Rabino Eitan Weisman*
Tishá BeAv, el 9 de Av, es el día más triste del calendario judío. Es una fecha en la que ocurrieron enormes calamidades al pueblo; las más resaltantes, la destrucción del Primer y Segundo Templo. Ambos fueron edificados en Jerusalén, y el segundo Beit Hamikdash fue reducido a ruinas por los romanos hace ya mil novecientos cincuenta y seis años.
No era un magnífico palacio el que derruyeron; no fue un símbolo nacional el que fue arrasado. Era la casa de Dios, el lugar más sagrado del globo terráqueo, el lugar en el cual la Presencia Divina se hacía percibir de manera evidente; ese fue el lugar que fue reducido a cenizas.
Hubo quienes afirmaron entonces que la desaparición del pueblo judío era inminente. Las persecuciones y masacres que enfrentaban, aunado a la ausencia del apoyo espiritual que proporcionaba la sagrada edificación que se había erigido en la Ciudad Santa, auguraban el final de Am Israel.
Lamentablemente, la hecatombe sucedida hace casi dos mil años no fue un episodio aislado. A lo largo de casi veinte siglos, los hijos de Israel han enfrentado situaciones que parecían dictaminar su extinción. En el presente no parece existir de manera inminente ese peligro, pero sin duda alguna Am Israel enfrenta situaciones difíciles. ¿Habrá claridad al final del túnel? Tishá BeAv pudiese ser la esperanza de distinguir la luz al final de un largo y oscuro trayecto.
El asedio y destrucción de Jerusalén por los romanos, óleo de David Roberts, 1850
(Imagen: Wikimedia Commons)
La Guemará, finalizando el Tratado de Sucot, relata lo siguiente: “Ocurrió que una vez se encontraban Rabán Gamliel, rabí Elazar ben Azaria, rabí Yehoshúa y rabí Akiva caminando hacia Jerusalén. Cuando llegaron a Har haTzofim, desde donde divisaron el Templo destruido, rasgaron sus vestiduras en señal de luto. Al llegar al monte del Templo y ver a un zorro salir del lugar que había ocupado en el santuario el Kodesh Hakodashim, tres de ellos derramaron numerosas lágrimas, mientras que rabí Akiva rió. Le preguntaron por qué, y él les contestó: “¿Por qué lloran?”
Si nos detenemos en el relato, podríamos inferir que rabí Akiva enloqueció, pues ¿qué tenía de gracioso un zorro atravesando el lugar más sagrado del pueblo judío? Debe recordarse que únicamente el Cohén Gadol (Sumo Sacerdote) podía entrar en el Kodesh Hakodashim, y solo en Yom Kipur. Adicionalmente, no parece racional la interrogante de rabí Akiva, pues es evidente el motivo del llanto de sus tres ilustres acompañantes.
Rabí Akiva respondió a los tres prominentes sabios que lo acompañan que en la Torá se mencionan dos profecías. Una de Ovadyá, que se refiere a la destrucción del Beit Hamikdash. La segunda profecía corresponde a Zejaryá (Zacarías), y trata de la reconstrucción del Templo. Afirma rabí Akiva: “Hasta tanto no ocurrieron los desastres mencionados por Ovadyá, dudaba que pudiesen ocurrir las maravillas que predijo Zejaryá. Pero ahora que se cumplieron los desastres profetizados por Ovadyá, tengo la fe y la certeza de que ocurrirán los prodigios prometidos por Zejaryá. ¡Por eso estoy riendo!”
Rabí Akiva no había enloquecido. Él también rasgó sus vestiduras al divisar la destrucción del Beit Hamikdash. Su grandeza radica en haber podido apreciar la luz al final del túnel. El motivo por el cual sus colegas manifestaban enorme tristeza fue la razón de la esperanza que lo alegró a futuro. Al entender los tres jajamim el planteamiento de rabí Akiva, exclamaron: ¡Akiva nijamtánu, Akiva nijamtánu! (“¡Akiva, nos consolaste!”).
El profeta Yirmiyáhu (Jeremías) presenció la destrucción del Primer Templo, ocurrida seis siglos antes de la historia de rabí Akiva referente a la destrucción del segundo. Él afirmó: “Es tiempo de tribulaciones para Yaakov, pero será librado de ellas”. Explican los sabios que Yirmiyáhu no afirmaba que al finalizar las dificultades se iniciarían necesariamente tiempos favorables, sino que la redención comienza precisamente cuando los sufrimientos son mayores. Yirmiyáhu manifiesta el mismo mensaje que siglos más tarde mencionará rabí Akivá.
El presente está plagado de incertidumbre, de crisis. Si se internaliza el enfoque de rabí Akiva no habrá desesperación, sino que se tendrán las fuerzas para superar las dificultades
En el Midrash, los jajamim ejemplifican lo relatado hasta el momento. Un padre camina con su hijo hacia una ciudad, y el trayecto es sumamente largo; el hijo, desesperado, pregunta constantemente cuánto falta para llegar. El padre le dice: “Cuando veas un cementerio, sabrás que la ciudad está cerca”. Este ejemplo nos explica una ley de vida. Los momentos difíciles son señal de la luz que se acerca; mientras más oscuridad, mayor será la claridad. La oscuridad es más intensa justo antes del alba, así como los dolores del parto preceden a la inmensa alegría que produce el alumbramiento de una nueva criatura.
Esta manera de enfocar la vida permitió a los hijos de Israel sobrevivir pogromos, asesinatos en masa, expulsiones e innumerables sufrimientos durante estos últimos dos mil años. La fe en tiempos mejores es lo que proporcionó la fortaleza requerida para superar tan difícil prueba.
El presente está plagado de incertidumbre, de crisis. Si se internaliza el enfoque de rabí Akiva no habrá desesperación, sino que se tendrán las fuerzas para superar las dificultades. Tishá BeAv es el día de mayor tristeza en el calendario, pero simultáneamente es la fuente de la energía que trasformará esa fecha en el momento de máxima alegría, cuando ocurra lo que diariamente se manifiesta en las plegarias matutinas de Benéi Israel: “Que Dios se apiade de nosotros y nos lleve de la angustia al alivio, de la oscuridad a la luz, de la opresión a la redención”.
Sea Su voluntad la pronta construcción del Tercer Templo, requisito final del reconocimiento de la llegada del Mashíaj. A partir de ese momento, el 9 de Av será una fecha de alegría y regocijo para todo Am Israel. ¡Amén!
*Rabino de la Unión Israelita de Caracas.
Adaptado de Nuevo Mundo Israelita, edición del 25 de julio de 2012.