
A continuación se reproducen las intervenciones de Isaac Benjamín, presidente de la Asociación Israelita de Venezuela y del Vaad Hakehilot, y de Roberto Mishkin, presidente de la Unión Israelita de Caracas y vicepresidente del VH, durante la noche de Érev Rosh Hashaná 5787 en sus respectivas sinagogas
Con el permiso del Rab. Isaac Cohen y del Rab. Oshri Arguane,
Estimados miembros de nuestra kehilá, Kahal Kadosh:
Es para mí un honor y un privilegio, una vez más, dirigirme a ustedes en esta noche solemne en la que recibimos juntos el nuevo año 5787.
Rosh Hashaná nos invita a detener nuestro andar, mirar hacia atrás, agradecer las bendiciones recibidas y elevar nuestras plegarias al Todopoderoso por un futuro mejor para nuestras familias, nuestra comunidad, nuestro país y nuestro pueblo de Israel.
Pero el año 5786 que hoy despedimos no fue un año cualquiera. Ha sido uno de los más intensos y dolorosos y, al mismo tiempo, más luminosos que nuestra kehilá ha atravesado en mucho tiempo.
Nuestra realidad demográfica y económica continúa siendo un desafío. Somos menos, somos una comunidad de mayor edad y la situación financiera de nuestras instituciones nos ha obligado a tomar decisiones difíciles, siempre con una convicción: el bienestar colectivo debe estar por encima de los intereses individuales.
Sin embargo, este año nos enseñó algo que ninguna cifra puede medir: la verdadera fuerza de una comunidad no está en cuántos somos, sino en cómo respondemos cuando somos puestos a prueba.
Y este año fuimos puestos a prueba.
A principios de año, en Caracas y todo el país vivimos momentos de gran tensión política que nos mantuvieron durante casi un mes en una situación de nerviosismo e incertidumbre. Nuestra comunidad supo estar a la altura: nos dimos fuerza, sustento y contención, procurando que cada familia sintiera que, pasara lo que pasara afuera, aquí adentro estábamos bien y estábamos juntos.
Pocos meses después viviríamos una prueba aún mayor.
El 24 de junio de 2026, dos terremotos sacudieron a Venezuela. Ese día no solo se movió la tierra; se movió también el corazón de nuestra kehilá.
Activamos de inmediato el plan de emergencia comunitario y un Centro de Acopio Comunitario Nacional, donde voluntarios de todas nuestras instituciones trabajaron codo a codo.
Y en medio de aquella emergencia comprobamos que no estábamos solos.
El mundo judío y, de manera muy especial, el Estado de Israel nos demostraron que, aun separados por miles de kilómetros, seguimos siendo un solo pueblo.
Recibimos con enorme emoción a la delegación israelí que llegó a Venezuela para socorrernos. Recibimos también la visita de la Joint, Keren Hayesod, junto al trabajo incansable de IsraAID, Maguén, CADENA, Natán y ZAKA. Vivimos tres Shabatot comunitarios inolvidables en TIDE, la UIC y nuevamente TIDE.
Vale la pena destacar la magnitud de este esfuerzo: esta ha sido la misión de rescate más larga que Israel ha realizado en el mundo.
El esfuerzo trascendió nuestra comunidad. Fuimos recibidos por la presidenta de la República, Delcy Rodríguez, a quien expresamos nuestro agradecimiento por la presencia de las delegaciones israelíes. Posteriormente, la Presidencia de la República, junto con el canciller Félix Plasencia, ofreció un reconocimiento oficial a la delegación, a la que finalmente despedimos con un emotivo acto en Hebraica.
Superada la primera emergencia, nació el Vaad Neemán, el Vaad de la confianza, la comisión de reconstrucción comunitaria creada para canalizar con transparencia y profesionalismo cada esfuerzo de ayuda, bajo el liderazgo del Vaad Hakehilot.
Más de doscientas familias, además de nuestras instituciones comunitarias, han sido atendidas. Recibimos ayuda de nuestra propia comunidad, Panamá, Miami, Israel y muchas otras partes del mundo. Estamos infinitamente agradecidos con su apoyo incondicional.
Este año comprobamos el verdadero significado de una enseñanza que tantas veces repetimos: Kol Israel arevim ze lazé. Todo Israel es responsable el uno del otro. No es solamente una frase. Este año fue una realidad que pudimos tocar con nuestras propias manos cuando más la necesitábamos.
Después de un año en el que vimos temblar la tierra, pero también vimos la capacidad de nuestra gente para levantarse; después de recibir ayuda de tantos rincones del mundo judío; después de ver a Venezuela e Israel reencontrarse, tenemos razones para recibir el 5787 con esperanza. Porque esperanza no significa pensar que no tendremos dificultades. Esperanza significa saber que, cuando lleguen, las enfrentaremos juntos.
El 5786 quedará marcado también por un acontecimiento histórico: el 11 de agosto de 2026 se restablecieron las relaciones diplomáticas y consulares entre Venezuela e Israel. Quiero, en nombre de la Asociación Israelita de Venezuela y del Vaad Hakehilot, reconocer públicamente el trabajo silencioso, constante y decidido del Rab. Isaac Cohén para alcanzar este logro. Después de diecisiete años, poder decir que Venezuela e Israel vuelven a mirarse de frente es motivo de profunda gratitud a Hashem.
Mientras todo esto ocurría en Venezuela, nuestros corazones nunca dejaron de estar con nuestro pueblo en el Medio Oriente. Fue un año de guerra, tensión e incertidumbre, que llevó incluso a que Estados Unidos e Israel atacaran instalaciones en Irán. Pero también vivimos aquello por lo que rezamos durante tanto tiempo: la inmensa alegría de la liberación de los rehenes.
En Hebraica realizamos un acto en honor a quienes pudieron regresar y en memoria de los rehenes, soldados y civiles que no lograron volver con vida. Con el corazón encogido retiramos aquella pancarta que durante tanto tiempo nos recordó que no los olvidábamos.
También continuamos trabajando en otro pilar fundamental: la educación. Lo he dicho en cada una de estas noches: sin colegios no hay continuidad comunitaria.
Este año dimos un paso decisivo para el futuro del Colegio Sinaí. Hoy contamos con un fondo que nos respalda para garantizar la educación religiosa ortodoxa comunitaria. Procedimos a la venta de su sede actual y al alquiler de una nueva sede en el este de Caracas.
Existen dos propuestas educativas dentro de nuestra comunidad. Ambas merecen sus espacios y ambas son nuestra responsabilidad como institución.
Todos estos acontecimientos nos han permitido cohesionarnos como comunidad y han vuelto a colocar a Venezuela y a nuestra kehilá en el foco de la atención internacional, despertando la solidaridad del Estado de Israel y de comunidades judías de distintas partes del mundo.
Quiero agradecer el trabajo conjunto del Vaad Hakehilot, nuestra Junta Directiva, nuestros rabinos, voluntarios, profesionales y todo el personal de nuestra institución. A todos ustedes, mi más sincero reconocimiento y gratitud.
Querido Kahal:
Rosh Hashaná es un tiempo en el que pedimos a Hashem paz, salud, prosperidad y bendiciones. Pero también es un tiempo de teshuvá, de reflexión y de compromiso.
Nuestros sabios enseñan que cada ser humano llega al mundo con una misión única. El Midrash Bereshit Rabá 44:1 compara al pueblo de Israel con las estrellas del cielo: cada estrella brilla con una luz distinta, pero todas juntas forman el esplendor del firmamento.
Este año lo comprobamos.
Cuando la tierra tembló, nuestras pequeñas luces se unieron y formaron un resplandor que ninguna crisis pudo apagar.
Pero al comenzar un nuevo año, nuestra mirada debe dirigirse también hacia el futuro.
El panorama económico y social de Venezuela comienza a mostrar signos de recuperación, y con ellos se abre nuevamente la puerta al reencuentro.
Sabemos que nuestra comunidad probablemente no volverá a ser exactamente la misma de décadas pasadas. Pero eso no significa que no pueda volver a crecer. La paulatina vuelta de nuestra gente puede devolvernos aquello que necesitamos para nuestra continuidad: jóvenes, vida escolar, nuevos nacimientos, familias y futuro.
Estamos a las puertas de un nuevo capítulo.
Después de un año en el que vimos temblar la tierra, pero también vimos la capacidad de nuestra gente para levantarse; después de recibir ayuda de tantos rincones del mundo judío; después de ver a Venezuela e Israel reencontrarse, tenemos razones para recibir el 5787 con esperanza. Porque esperanza no significa pensar que no tendremos dificultades. Esperanza significa saber que, cuando lleguen, las enfrentaremos juntos.
Que el sonido del shofar resuene en nuestros corazones y nos recuerde la importancia de la fe, la unidad y nuestra responsabilidad con quienes vendrán después de nosotros.
Si Dios quiere, seremos partícipes y testigos del renacer de nuestra comunidad y de este país que durante tantas generaciones nos ha acogido.
Que vuelvan nuestros jóvenes.
Que se llenen nuestros colegios.
Que nazcan nuevas familias.
Que nuestras instituciones se fortalezcan.
Que haya paz en Venezuela.
Que haya paz en Israel.
Y que podamos continuar construyendo, juntos, el futuro de nuestra comunidad.
En este inicio del año 5787, pido al Creador que nos inscriba y selle a todos en el Libro de la Vida y que conceda a nuestras familias, nuestra comunidad, Venezuela y Medinat Israel un año de esperanza, paz, prosperidad y salud.
¡Shaná Tová Umetuká!
Queridos amigos,
Le di muchas vueltas a qué quería decirles este Rosh Hashaná, porque este año tenemos mucho que conversar.
Han pasado muchas cosas. Algunas difíciles, otras extraordinarias. Y este es un buen momento para detenernos, mirar lo que vivimos como comunidad y pensar juntos en lo que viene.
Hace exactamente un año hablábamos, inspirados en Rav Jonathan Sacks, del “yo” y del “nosotros”. De preguntarnos un poco menos “¿qué necesito yo?” y un poco más “¿en qué puedo ayudar yo?”.
Este año he pensado mucho en otra idea que aprendí de Rav Abraham Isaac Kook: Ajdut, unidad. Rav Kook decía que unidad no significa uniformidad. Que no tenemos que pensar igual, rezar igual ni vivir nuestro judaísmo de la misma manera para entender que formamos parte de algo mayor. Rav Sacks nos invita a pasar del “yo” al “nosotros”. Rav Kook nos recuerda que ese “nosotros” puede construirse desde nuestras diferencias.
Y este año tuvimos la oportunidad de comprobarlo.
El 24 de junio, literalmente, nos tembló la tierra debajo de los pies. De un momento a otro cambiaron nuestras prioridades. Muchas familias sufrieron daños en sus hogares, nuestras instalaciones quedaron afectadas y tuvimos que responder a una emergencia para la cual nadie estaba preparado.
Pero en medio de todo aquello ocurrió también algo extraordinario.
Vimos a una comunidad que reaccionó. Personas dejando a un lado sus ocupaciones para ayudar. Voluntarios trabajando durante horas. Familias pendientes de otras familias. Profesionales poniendo su tiempo y su experiencia al servicio de los demás.
Vimos a la Unión y a Hebraica convertirse en refugio.
Y vimos a nuestra gente responder desde cerca y desde lejos. Desde Panamá, Miami, Israel y muchos otros lugares, personas que llevan años fuera de Venezuela estuvieron presentes como si nunca se hubieran ido.
También estuvieron el Joint, KKL, Keren Hayesod, ZAKA, IsraAID, Maguén y CADENA, entre otras organizaciones, acompañándonos desde los primeros momentos.
Fueron semanas difíciles, pero también profundamente humanas.
Y cuando pasó la emergencia entendimos que el trabajo apenas empezaba. Así nació el Vaad Neemán, la mesa de la confianza. Arquitectos, ingenieros, sicólogos, abogados, administradores y muchos otros han dedicado durante meses su tiempo a acompañar a más de doscientas familias.
Recibimos recursos extraordinarios, una enorme demostración de confianza. Y esa confianza nos obliga a actuar con sensibilidad, criterio y transparencia, para que quien realmente necesite la ayuda de la comunidad pueda encontrarla.
Porque Kol Israel Arevim Ze LaZé: todos somos responsables los unos por los otros. Este año esas palabras dejaron de ser una frase. Las vivimos.
Nuestra institución también sufrió el terremoto. Todavía quedan marcas. Ustedes las pueden ver. Y quizá no esté mal que algunas queden. Porque también las comunidades tienen cicatrices. Ojalá que más adelante, cuando miremos esas grietas, no recordemos solamente el día que tembló, sino también cómo reaccionamos.
Alexander Fincheltub, Eduardo Solar, Eduardo Milgram, Lorraine Kirmayer, Jesús Osorio y sus equipos: gracias por todo lo que hicieron para que pudiéramos volver a estar aquí.
Y gracias a todos los voluntarios, directivos y profesionales que hicieron y hacen posible que nuestra comunidad siguiera funcionando. Porque una sinagoga no vuelve a ser una sinagoga simplemente porque reparamos sus paredes y sus techos. Vuelve a ser una sinagoga cuando su comunidad vuelve a entrar por sus puertas. Y aquí estamos.
Este año nos dejó también otro momento que difícilmente vamos a olvidar.
Después del terremoto recibimos en Venezuela una misión humanitaria oficial del Estado de Israel, la más larga de su historia. Después de tantos años sin relaciones diplomáticas entre nuestros países, ver a soldados israelíes uniformados entrando en nuestra sinagoga tuvo un significado muy especial. Verlos acompañándonos, rezando con nosotros, haciendo Shabat con nosotros. Compartiendo en nuestras mesas, en nuestras sinagogas y en nuestra Hebraica. Y abrazándonos como hermanos.
Durante años hemos hablado de Israel, hemos defendido nuestro vínculo con Israel y hemos enseñado a nuestros hijos a querer a Israel. Pero esos días Israel estaba aquí, con nosotros. Y ellos mismos nos dijeron que nunca, en ninguna de sus misiones, habían tenido un recibimiento como el que tuvieron aquí. Ustedes los hicieron sentir en casa. Gracias.
Desde 2009 no contamos con representación diplomática de Israel en Venezuela. Hoy todavía seguimos sin ella. Pero este año tenemos una razón importante para celebrar: estamos un paso más cerca. El anuncio de la renovación de las relaciones diplomáticas entre nuestros países lo recibimos con enorme alegría y esperanza. Todavía queda camino por recorrer, pero esperamos que pronto podamos volver a contar con un embajador de Israel en nuestro país.
Quiero regresar a mi reflexión inicial: Yo, Nosotros, Unidad.
Todo lo que vivimos este año nos dejó una pregunta.
Cuando ocurre una emergencia, muchas de nuestras diferencias pasan naturalmente a un segundo plano. Hay alguien que necesita ayuda y hay una comunidad dispuesta a responder. Pero la vida comunitaria no ocurre solamente durante las emergencias. ¿Cómo hacemos para que ese mismo espíritu trascienda a nuestra vida cotidiana?
Ajdut no significa que todos tengamos que pensar igual. Una comunidad judía puede tener distintas sensibilidades, distintas formas de observar, distintas maneras de relacionarse con la tradición y distintas visiones sobre muchos temas. Eso no tiene por qué debilitarnos.
El verdadero desafío es aprender a convivir con esas diferencias sin permitir que nos dividan. Entender que aquello que compartimos —nuestra identidad, nuestra historia, nuestro vínculo con Israel, nuestra responsabilidad por el otro y nuestro deseo de continuidad— es mucho más grande que aquello en lo que podemos pensar distinto.
Y hay además una realidad que ninguno de nosotros puede ignorar: somos una comunidad más pequeña. No podemos seguir funcionando exactamente como lo hacía una comunidad mucho más grande. Pero ser menos no significa resignarnos a seguir siendo menos.
Significa entender nuestra realidad y construir un plan comunitario sostenible a futuro: integrar esfuerzos donde tenga sentido, fortalecer lo que funciona y transformar lo que sea necesario para que dentro de veinte o treinta años siga existiendo aquí una comunidad judía fuerte.
No se trata de conservar cada estructura exactamente como la recibimos. Se trata de preservar aquello para lo cual fueron creadas: nuestra vida judía, nuestra educación, nuestra identidad y nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros. Y eso requiere decisiones. Decisiones que no siempre serán fáciles, pero que deberían partir de una pregunta muy sencilla: no solamente qué es mejor para mi institución, para mi grupo o para mí, sino qué es mejor para nuestra comunidad.
Ahí está, para mí, una de las expresiones más importantes de Ajdut.
Nuestra educación es quizá uno de los mejores lugares para pensar en el futuro. Durante generaciones, los colegios judíos han sido mucho más que lugares donde nuestros hijos reciben una educación académica. Allí construyen identidad, conocen su historia, aprenden nuestras tradiciones, desarrollan su relación con Israel y, sobre todo, aprenden a formar parte de una comunidad.
Ajdut no significa que todos tengamos que pensar igual. Una comunidad judía puede tener distintas sensibilidades, distintas formas de observar, distintas maneras de relacionarse con la tradición y distintas visiones sobre muchos temas. Eso no tiene por qué debilitarnos
Hoy tenemos que preguntarnos cómo fortalecer esa educación para la realidad que vivimos y para la comunidad que queremos tener dentro de veinte o treinta años.
Debemos aspirar a una educación judía comunitaria fuerte, capaz de respetar distintas sensibilidades y, al mismo tiempo, construir una identidad común. Queremos formar jóvenes con una identidad judía sólida, una relación profunda con Israel y con nuestros valores judeo-sionistas. Pero también jóvenes que sepan convivir, respetar sus diferencias y entender que no todos tienen que vivir su judaísmo exactamente de la misma manera. Porque si queremos que algún día sean ellos quienes trabajen juntos, dirijan juntos y tomen decisiones por una misma comunidad, tenemos que enseñarles desde jóvenes a conocerse, respetarse y construir juntos.
Y también prepararlos para el mundo diverso que encontrarán fuera de nuestras paredes.
Ese aprendizaje tiene que comenzar aquí.
Y eso nos lleva a una pregunta todavía más importante: ¿Qué comunidad queremos dejarles?
Nuestros padres y nuestros abuelos construyeron nuestras sinagogas, nuestro colegio, nuestra Hebraica. Construyeron para nosotros. Y nos enseñaron que pertenecer a una comunidad significa también asumir una responsabilidad con ella.
Este año tenemos un ejemplo muy especial.
En las próximas semanas estaremos realizando el acto de nombramiento oficial de la sinagoga de la Unión Israelita de Altamira en honor a Nathan Miodownik, como reconocimiento a la generosa donación que Nathan y Denise hicieron a nuestra institución. Nathan, Denise y familia: muchísimas gracias por su generosidad y por seguir apostando por nuestra comunidad y por su futuro. Ese sentido de pertenencia y responsabilidad es también lo que debemos transmitir a nuestros hijos.
Para eso necesitamos de todos. No solamente dinero: tiempo, experiencia, ideas. Necesitamos incorporar a nuestros jóvenes, acercar a quienes se han ido alejando y preguntarnos cada uno qué podemos aportar. Porque cuando la tierra tiembla, todos sabemos que tenemos que correr a ayudar.
Ahora viene la pregunta más difícil: ¿Qué hacemos por la comunidad cuando la tierra deja de temblar?
Que en este Rosh Hashaná sepamos cuidar lo que recibimos y seguir construyendo una comunidad que nuestros hijos y nuestros nietos quieran algún día recibir de nosotros.
Que seamos inscritos todos en el Libro de la Vida, de la salud, de la paz y de la bendición.
Shaná Tová Umetuká.
Gmar Jatimá Tová.