Jueves 27 de Agosto de 2026
    • @NMISRAELITA
    • @NMISRAELITA
    • @MUNDOISRAELITA
    logo nmi duelologo nmi duelologo nmi duelologo nmi duelo
    Suscríbete
    a nuestro boletín
    • INICIO
    • DOSSIER
    • KEHILÁ
      • Kehilá
      • Shivá
    • LEER PARA CREER
    • OPINIÓN
      • Perspectivas
    • VIDA RELIGIOSA
    • ISRAEL/DIÁSPORA
    • NOTICIAS
    • OBITUARIOS
    • SALUTACIONES
    • AGENDA COMUNITARIA
    • ESPECIALES
    • GASTRONOMÍA
    • EDICIONES IMPRESAS
    • QUIÉNES SOMOS
      • Quiénes somos
      • Nuestra Historia
      • Contacto
    ✕
    Cueva 2000-anos-Policia-de-Israel
    Policía descubre cueva funeraria de hace 2000 años bajo un edificio de Jerusalén
    27 agosto, 2026

    Perspectivas

    Soy una médica israelí voluntaria en Venezuela, donde pequeños momentos de consuelo pueden ser la mejor medicina

    Published by Yossi Bentolila on 27 agosto, 2026
    Categories
    • 2200
    • Destacados
    • Perspectivas
    Tags
    • Dvora Werber
    • Natán
    • Terremoto en Venezuela 2026
    • Voluntarios de Israel en Venezuela

    A pesar de la precaución de que nos mantuviéramos de bajo perfil, nuestro equipo de ayuda humanitaria recibió una acogida inesperadamente cálida, y un recordatorio de que la medicina a menudo consiste tanto en presencia como en tratamiento

    Dvora Werber*

    El olor. El silencio. El polvo infinito.

    Tras cuatro vuelos en tres días —50 horas de tránsito desde Israel a Venezuela, al otro lado del mundo— llegamos a La Guaira, donde diez días antes edificios de apartamentos se habían derrumbado como bloques de juguete. Esperaba ruido y actividad, maquinaria pesada y sirenas, pero me encontré con una abrumadora sensación de silencio: todos esperando, la vida suspendida, mientras los cuerpos emergían lentamente de entre los polvorientos escombros. Nubes de polvo llenaban el aire. Y había un olor constante. Estaba ahí todo el tiempo. El olor a muertos y, también, a destrucción.

    “¿Qué puedo lograr realmente aquí como médica voluntaria?”, me pregunté. ¿En qué estaba pensando al dejar a mi familia, mi hogar y mis pacientes para viajar a través de siete husos horarios a un lugar donde el sufrimiento supera cualquier capacidad humana de ayuda? Pero pronto mis preguntas dieron paso al trabajo.

    Recorríamos largas distancias entre clínicas y pueblos. Nuestras jornadas eran largas y llenas de contrastes: pobreza extrema en el campo, inmensa riqueza en Caracas; hospitales obsoletos con equipos anticuados, décadas por detrás de lo que usamos a diario en Israel. Una vez que llegas, no paras: no te tomas un descanso, te quedas hasta que la gente deja de venir. Vas a otro barrio y la gente sigue llegando, cada vez más.

    La doctora Werber atendiendo a un damnificado en La Guaira
    (Foto: Natán)

    Es un trabajo muy intenso, pero puede ser bastante sutil. No hablo español, así que trabajé con traductores locales y Google Translate, y mucho lenguaje corporal. Es asombroso cuánto se puede aprender de alguien y cuánto consuelo se puede brindar, sin palabras, con una sonrisa o un gesto amable.

    Quienes se enteran de que soy voluntaria en zonas de conflicto me preguntan cuántas vidas salvé, qué actos heroicos me hicieron el día. Pero mi trabajo es más complejo; la medicina es compleja, y las personas también. Los pequeños momentos de consuelo y apoyo pueden ser tan poderosos como la propia medicina.

    Algunos, jamás los olvidaré.

    Un paciente perdió a toda su familia en los terremotos; vio cómo se derrumbaba su edificio, aplastándolos, mientras jugaba a las cartas afuera. Escuchamos su historia y luego le preguntamos: «¿Cómo está? ¿Cómo podemos ayudarle? ¿Qué es lo más importante ahora?». Si le das a un hombre así una razón para seguir viviendo, probablemente le hayas salvado la vida.

    Luego estaba una niña pequeña, de no más de cuatro años. Soy madre; cuando se acercó y me abrazó la pierna, me llamó «mamá». «No», le dije, «no soy tu mamá; vamos a buscarla». Así que la tomé de la mano y me acerqué a un grupo de mujeres para preguntar: «¿Dónde está su madre?». Una de las mujeres respondió: “Su abuela está allí. Su madre falleció”.

    ¿Salvé la vida de esa niña? No, no lo hice. Pero al tomarla de la mano, abrazarla, llevarla con su abuela, devolverle un poco de normalidad —apoyar a las personas con amabilidad— espero que eso la ayude a sanar. No podemos exigirnos más.

    Personas que tenían muy, muy poco lo perdieron todo. Es difícil de imaginar: no hay seguros, nadie tiene dinero en el banco, todo se ha perdido, todo se ha derrumbado. Cuando vamos a atenderlos, les demostramos con nuestras acciones, con nuestros cuidados, que «hay gente en el mundo que se preocupa por ustedes, su vida importa»

    Conocí a una mujer de 80 años que nunca había sido examinada por un médico. Conocí a madres que cuidaban a hijos adultos con discapacidad, sin acceso a agua potable ni medicamentos. No puedo darles un lugar donde vivir; no puedo curar la pobreza ni la discapacidad. Pero tampoco puedo quedarme de brazos cruzados.

    Personas que tenían muy, muy poco lo perdieron todo. Es difícil de imaginar: no hay seguros, nadie tiene dinero en el banco, todo se ha perdido, todo se ha derrumbado. Cuando vamos a atenderlos, les demostramos con nuestras acciones, con nuestros cuidados, que «hay gente en el mundo que se preocupa por ustedes, su vida importa». En los primeros días después de los terremotos, sobrevivir era lo único que importaba, pero después de esos primeros días, esto también significa salvar vidas; salvar a las personas como seres humanos.

    Nos sentimos acogidos también por muchos miembros de la comunidad judía de Caracas, quienes recibieron con agrado la ayuda israelí. Antes de viajar nos habían advertido que no hiciéramos demasiado pública nuestra identidad israelí, pero en cuanto llegamos la gente se asombró. «¡Tienen tanto que hacer en su país, y cruzaron el mundo para ayudarnos!». Esta cálida bienvenida alivió nuestras preocupaciones.

    Cada día veía a un hombre silencioso con una pala y un pequeño cubo de plástico. Cavaba sin parar entre un montón de hormigón pulverizado y hierro retorcido. Llenaba su cubo, lo vaciaba y volvía a excavar. Dos semanas antes, aquel montón de escombros albergaba a decenas de familias: todo un ecosistema humano. Cuando la estructura se derrumbó, un grupo de niños —invitados a una fiesta de cumpleaños— quedaron sepultados bajo los escombros. Ahora sus padres esperaban noticias de sus hijos, vivos o muertos. El hombre de la pala seguía excavando.

    Él fue mi maestro, aunque nunca pronunció una palabra. Persistía porque alguien tenía que seguir intentándolo. Encarnaba un principio ancestral: “No es tu deber terminar el trabajo, pero tampoco tienes la libertad de abandonarlo. No es mi trabajo resolver yo solo una crisis global; no puedo salvar todas las vidas, pero no puedo darles la espalda”.

    Antes de viajar nos habían advertido que no hiciéramos demasiado pública nuestra identidad israelí, pero en cuanto llegamos la gente se asombró. «¡Tienen tanto que hacer en su país, y cruzaron el mundo para ayudarnos!». Esta cálida bienvenida alivió nuestras preocupaciones

    Una y otra vez aprendemos que la realidad no siempre se puede arreglar. Algunas enfermedades no tienen cura, el tiempo perdido no se puede recuperar y el dolor no siempre se puede evitar. Pero podemos aliviar el dolor, ofrecer nuestra presencia, escuchar con compasión y ayudar a las personas a sobrellevar las insoportables cicatrices de una pérdida total, repentina, violenta y brutal.

    La medicina es más que un frasco de pastillas. A menudo es la voluntad de no apartar la mirada, una cuidadosa pregunta de seguimiento después de la respuesta inicial, o una simple mano en el hombro que confirma la realidad del dolor invisible. La simple humanidad —acompañar a una persona que lo ha perdido todo, ofrecer a una madre un breve respiro mientras examinan a su hijo, o brindar a una enfermera local un momento de calma y protección para sentarse y llorar— tiene la misma importancia.

    Cada día, cuando regresaba al lugar del desastre, el hombre con la pala seguía removiendo la tierra. Y comprendí que una sola gota en el vasto océano de la humanidad nunca es insignificante. Una sola gota no llenará el océano, no revertirá una catástrofe ni devolverá las vidas perdidas. Pero sigue siendo agua. Y en un océano reseco, en un páramo desolado, incluso unas pocas gotas pueden mantener la vida.

    *Dvora Werber es médica de familia, especialista en cuidados paliativos y voluntaria de Natán Worldwide Disaster Relief.
    Fuente: The Jewish Chronicle (thejc.com).
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

    Share
    0
    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

    Related posts

    Cueva 2000-anos-Policia-de-Israel
    27 agosto, 2026

    Policía descubre cueva funeraria de hace 2000 años bajo un edificio de Jerusalén


    Read more

    Deja un comentario Cancelar la respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Portal informativo de la comunidad judia de venezuela

    © Copyright Nuevo Mundo Israelita 2026 - Powered by

        Todos los viernes recibirá los artículos
        publicados durante la semana


        X