Soledad Morillo Belloso*
El restablecimiento de relaciones consulares entre Venezuela e Israel tiene la textura de esas mañanas en que el sol entra por la ventana sin pedir permiso y uno siente, en la piel, que algo cambió. No es un anuncio grandilocuente ni un giro dramático de la historia. Es más bien un shalom dicho en voz baja, como cuando dos vecinos que dejaron de hablarse por años se cruzan en la bodega y, sin saber cómo, terminan compartiendo un comentario sobre el precio del café.
En Venezuela, la política siempre se cuela por las rendijas de la vida diaria. La ruptura de 2009 fue un acto de estridencia ideológica, pero también tuvo su costumbrismo: la gente comentándolo en la cola del pan, los mototaxistas repitiendo lo que escucharon en la radio, las señoras del mercado diciendo que “esto no está bien”. Mientras tanto, la comunidad judía venezolana siguió con su ritmo: encendiendo velas, horneando jalá, celebrando sus fiestas en sinagogas que resisten la intemperie política. Como quien sigue regando las matas aunque el cielo esté encapotado.
(Foto: archivo NMI)
Y entonces tembló la tierra. Dos veces. El 24 de junio, los terremotos sacudieron casas, calles, rutinas. En Venezuela, la gente salió con el susto en la cara, algunos con el rosario en la mano, otros con esa costumbre tan nuestra de mirar al mar para ver si algo había cambiado. En medio del polvo y las grietas, llegó la ayuda israelí: ingenieros, especialistas, manos que saben leer paredes fracturadas como si fueran líneas de la palma. Llegaron con el shalom en la mirada, la punta de la lengua y las manos. Fue un gesto práctico, sí, casi doméstico: revisar techos, medir inclinaciones, apuntalar muros. Como cuando el vecino con el que uno tuvo un pleito aparece con una escalera para ayudar a reparar el techo roto.
Ese gesto abrió una rendija. Pequeña. Y por esa rendija entró el acuerdo consular. No es una embajada reluciente ni un embajador con traje recién planchado. Es más bien una oficina pequeña, un escritorio donde se sellan papeles, un teléfono que vuelve a sonar. Es el equivalente diplomático de encender la luz del porche después de años de tenerla apagada. Un acto modesto, pero cargado de significado. Un shalom administrativo, pero shalom al fin.
Los antecedentes históricos están ahí, como fotos guardadas en una gaveta que uno abre de vez en cuando. En los años sesenta y setenta, ingenieros israelíes trabajaron en proyectos agrícolas; técnicos venezolanos viajaron a kibutzim para aprender métodos de riego; médicos se formaron en hospitales israelíes. Era una relación tejida con hilos prácticos, sin estridencias, como esas amistades que se construyen compartiendo café y conversación en la mesa de la cocina. La ruptura de 2009 fue un corte abrupto, más teatral que estratégico. Ridículo y tan doloroso. Lo que ocurre ahora es un retorno a esa textura original, aunque sea apenas un primer pequeño paso.
En los años sesenta y setenta, ingenieros israelíes trabajaron en proyectos agrícolas; técnicos venezolanos viajaron a kibutzim para aprender métodos de riego; médicos se formaron en hospitales israelíes. Era una relación tejida con hilos prácticos, sin estridencias
Es un deshielo lento, como cuando la escarcha de una madrugada fría empieza a ceder y deja ver la tierra debajo. Porque desmonta absurdas liturgias ideológicas que no sirven ni para encender un fogón. Porque reconoce que la política exterior no puede seguir siendo un altar donde se sacrifican relaciones útiles para alimentar narrativas gastadas. Y porque, en el fondo, es profundamente humano: los ciudadanos necesitan papeles, protección, alguien que responda cuando están lejos de casa. La diplomacia, al fin y al cabo, también es costumbre.
Este gesto es como volver a barrer la entrada de la casa después de años de polvo acumulado. No transforma el mundo, pero prepara el terreno. No ilumina todo, pero enciende una lámpara. Y en un país que ha vivido tanto tiempo en penumbra, una lámpara —y un shalom— pueden ser indicio de un camino a la indispensable normalidad.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.