Rabino Isaac Cohen Anidjar*
Desde hace siglos y siglos, en los hogares judíos esparcidos alrededor del mundo, se da lectura durante el Séder de Pésaj al relato de la salida de Egipto, la Hagadá, para cumplir cabalmente con el precepto formulado en Shemot (13:8) que se inicia con las siguientes palabras: “Y le contarás a tu hijo en aquel día…”.
Un pasaje en particular de la Hagadá, tanto en nuestros días como en los días de antaño, nos resulta —y de seguro nos resultó— perturbadoramente cierto: Shebejol Dor Vador Omedim Alenu Lejalotenu (“En cada generación y generación se alzan contra nosotros para destruirnos”). Pero las palabras con las cuales concluye el pasaje son en verdad reconfortantes: VeHakadosh Baruj Hu Matsilenu Miyadán (“Y el Santo, Bendito Seam nos salva de sus manos”).
Así ha sido en los días de antaño y también así será, Beezrat Hashem, en nuestros días. Dios jamás abandona a Su pueblo.
Es por todos conocido que una renovada y virulenta ola de odio contra el judío sacude actualmente cada rincón del mundo. Pero es algo a lo que tristemente ya estamos acostumbrados. Lo único nuevo es que ahora, el mismo odio de siempre, se disfraza de falsas e hipócritas consideraciones legalistas y humanitarias. Todo esto es sencillamente el reflejo de la pérdida de valores y de principios de una sociedad imbuida, por un lado, en la frivolidad y en el materialismo y, por otro lado, enferma de intolerancia y de violencia. Un mundo de valores invertidos donde con frecuencia se elogia y se admira al malvado, y se hace escarnio del inocente.
Se cuenta en Pesajim (50a) que Rabí Yosef, hijo de Rabí Yeoshúa Ben Levi, enfermó al punto de encontrarse más muerto que vivo. Pero milagrosamente se recuperó, y entonces su padre le preguntó: “¿Qué fue lo que viste?” y Rabí Yosef le respondió: “Un mundo al contrario de este. Los que aquí están abajo allá están arriba, y los que aquí están arriba allá están abajo”. Entonces, Rabí Yeoshúa le dijo: “Hijo mío, has visto el mundo del Emet, el mundo verdadero”.
De ningún modo el pueblo judío debe contagiarse con los males de nuestro tiempo. El antídoto que nunca ha fallado es la Torá y sus mitzvot. Un camino por el cual todo judío debe transitar. Cada cual, a su propio ritmo, a su propio compás, por medio de la tefilá y del estudio, en el contexto de sus posibilidades y de su realidad existencial.
No se trata de quién llegue primero, sino de que al final todos lleguemos. De esto depende la supervivencia y la perdurabilidad de nuestro pueblo. El judío contrapone la espiritualidad y el altruismo a la frivolidad y al materialismo, y la comprensión y el Shalom a la intolerancia y la violencia. Así tiene que ser. El destino del pueblo judío no estará jamás signado por la espada de Esav ni por la fiera mano de Ishmael, “su mano contra todos” (Bereshit 16:12), sino por la voz de Yaakov, por las palabras llenas de sabiduría que promueven el respeto, el entendimiento y la solidaridad entre todos los seres humanos.
Pésaj es precisamente una fecha consagrada a la humildad, a la Anavá. Es cuando recordamos que nuestros orígenes no se remontan a héroes míticos y legendarios, a quienes se les atribuye epopeyas impresionantes y fantasiosas, colmadas de exageraciones y de falsedades, tal como pretenden algunas de las demás naciones. Pésaj nos recuerda que fuimos esclavos, hijos de esclavos, que nada teníamos y que nada sabíamos, y que Dios en Su infinita misericordia nos liberó, nos entregó la Torá y nos dejó por herencia la tierra de Israel
Nuestros enemigos viven inmersos en el jametz de la vanidad y de la arrogancia, nosotros en la matzá de la modestia y de la benevolencia. Pésaj es precisamente una fecha consagrada a la humildad, a la Anavá. Es cuando recordamos que nuestros orígenes no se remontan a héroes míticos y legendarios, a quienes se les atribuye epopeyas impresionantes y fantasiosas, colmadas de exageraciones y de falsedades, tal como pretenden algunas de las demás naciones. Pésaj nos recuerda que fuimos esclavos, hijos de esclavos, que nada teníamos y que nada sabíamos, y que Dios en Su infinita misericordia nos liberó, nos entregó la Torá y nos dejó por herencia la tierra de Israel.
Nunca olvidemos que el pueblo judío es el representante del Shalom, de la comprensión, de la tolerancia, del libre pensamiento, de la oportunidad de preguntar y de disentir, pero siempre y ante todo del compromiso con Dios en la misión de cultivar y desarrollar la verdad, la justicia y la bondad en el mundo en el que vivimos. Somos la voz de Yaakov, consciencia de la humanidad, y esto es lo que en última instancia nos define.
Que Dios Todopoderoso bendiga y proteja a Medinat Israel, y le conceda el reposo y el Shalom que tanto necesita. Que Dios Todopoderoso bendiga y proteja a Venezuela, una nación generosa y noble a la que tanto tenemos que agradecerle. Que Dios Todopoderoso bendiga y proteja a esta distinguida y querida kehilá, y le conceda la oportunidad de tener un Pésaj en paz y en armonía, Kasher Vesaméaj, Amén.
*Rabino Principal de la Asociación Israelita de Venezuela.