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    Dossier

    Las piezas del Museo Británico que destruyen la mentira propalestina

    Published by Yossi Bentolila on 8 junio, 2026
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    • Dinah Bucholz
    • Karina Mariani
    • Museo Británico
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    • Propaganda palestina

    …y por qué armaron tanto escándalo

    Karina Mariani* / versión NMI

    La polémica desatada alrededor de la conferencia suspendida del famoso Museo Británico de Londres sobre Ancient Israel and Judah (“Los antiguos Israel y Judea”) deja al descubierto algo mucho más profundo que un escándalo sobre cancelaciones y postergaciones. Expone hasta qué punto el activismo propalestino no resiste enfrentarse a la historia del Medio Oriente.

    La conferencia, organizada como parte del Jewish Culture Month (Mes de la Cultura Judía) del Reino Unido, iba a estar a cargo del arqueólogo Paul Collins, director del Departamento del Medio Oriente de ese importante museo. Según explicó la institución, el evento fue suspendido (y luego, tras una catarata de críticas, pospuesto sine die) cuando se descubrió que una proporción significativa de los inscritos planeaba generar disturbios durante la actividad.

    El caso es extraordinario por sí mismo.

    No se trataba de una conferencia sobre la guerra actual, ni sobre el sionismo moderno. El eje de la charla era arqueológico: los objetos conservados por el Museo Británico que documentan la existencia histórica de Israel y Judea en la antigüedad, siglos y siglos antes de la irrupción del Islam como fenómeno político-religioso-militar.

    Y precisamente ahí reside el problema. Porque la arqueología posee una característica profundamente incómoda para los relatos ideológicos: los objetos existen independientemente de las consignas. Las inscripciones no pueden ser reinterpretadas infantilmente. Los relieves imperiales no modifican sus textos según los deseos de las hordas antisionistas. Los archivos asirios y persas conservan nombres, ciudades, campañas militares y estructuras políticas registradas hace casi tres mil años.

    El activismo propalestino está obligado a negar la legitimidad histórica de Judea como entidad política antigua; y esa batalla simbólica tiene hoy uno de sus escenarios más visibles en los museos.

    El Museo Británico como campo de guerra

    Meses antes de la suspensión de la conferencia, el museo ya había quedado en el centro de otra controversia relacionada con la historia antigua de la región. En febrero corrigió la terminología utilizada en algunas salas del antiguo Medio Oriente, y reemplazó referencias incorrectas que decían “Palestine” por denominaciones históricas específicas como “Canaan”, “Israel”, “Yehudá” o “Judea”, dependiendo del período tratado.

    El museo explicó que el término “Palestine” estaba siendo utilizado de manera históricamente inexacta en contextos de la Antigüedad. La realidad es que se trata de un concepto doblemente colonialista. Primero, porque el término Palaestina fue aplicado oficialmente a la región por el Imperio Romano (creando Syria Palaestina) en el año 135 d.C., bajo el emperador Adriano, tras aplastar la revuelta de Bar Kojba, con el objetivo explícito de borrar la conexión identitaria de los judíos con Judea. Y segundo, porque casi dos milenios después fue precisamente otro imperio, el británico, el que resucitó y consolidó el término para denominar a su administración colonial (el Mandato de Palestina) tras la caída del Imperio otomano.

    El activismo propalestino está obligado a negar la legitimidad histórica de Judea como entidad política antigua; y esa batalla simbólica tiene hoy uno de sus escenarios más visibles en los museos

    La reacción fue inmediata. Activistas, académicos militantes y organizaciones propalestinas denunciaron una supuesta “borradura” de Palestina de la historia. Se lanzaron peticiones, campañas públicas y acusaciones de presión “sionista” sobre la institución. Sin embargo, el núcleo del problema era muchísimo más simple: el museo estaba hablando de historia, no de ideología infectada de anacronismos.

    Aplicar retrospectivamente el término “Palestina” a toda la región produce precisamente lo que numerosos historiadores y especialistas vienen señalando desde hace décadas: la eliminación artificial de las entidades políticas reales que existieron allí en distintos períodos, entre ellas los reinos de Israel y Judea.

    Cuando una sala dedicada al segundo milenio antes de Cristo utiliza “Palestina” como etiqueta uniforme para toda la región, está falseando el mapa histórico real y borrando las trasformaciones concretas de la zona: Canaán, Israel, Yehudá, Yehud, Judea, las provincias romanas y bizantinas, los distintos dominios imperiales y las múltiples entidades políticas que existieron sucesivamente allí. Y es precisamente esa precisión histórica la que vuelve tan incómodas ciertas piezas del Museo Británico.

    El conjunto más impactante del museo son los relieves de Lajish, provenientes del palacio de Senaquerib en Nínive.

    Los relieves de Lajish representan el asedio contra la segunda ciudad más importante del Reino de Yehudá
    (Foto: Wikimedia Commons)

    Estas enormes placas representan la conquista asiria de Lajish en el año 701 antes de la era común. Lajish no era una ciudad marginal: era la segunda ciudad más importante del Reino de Yehudá después de Jerusalén.

    Los relieves muestran el asedio completo con un detalle extraordinario: arqueros asirios, máquinas de guerra, rampas de asalto, prisioneros judíos, deportaciones masivas y al propio Senaquerib recibiendo el botín tras la victoria. La inscripción identifica explícitamente la escena como la conquista de Lajish.

    La importancia historiográfica de estas piezas es inmensa. No son textos religiosos ni relatos nacionales posteriores. Son obras oficiales de propaganda imperial asiria. El imperio más poderoso de su tiempo dejó registrado monumentalmente su ataque contra el Reino de Judea.

    Décadas de excavaciones arqueológicas en Tel Lajish confirmaron posteriormente los elementos esenciales representados en los relieves: la ciudad fortificada, las capas de destrucción y hasta la gigantesca rampa de asedio construida por los asirios. La arqueología moderna terminó validando la representación imperial conservada en Londres.

    Si los relieves son la prueba visual de Judea, el Prisma de Taylor o Prisma de Senaquerib es la prueba textual más importante. Esta inscripción cuneiforme menciona explícitamente a “Ezequías de Yehudá”, y describe la campaña militar asiria contra las ciudades fortificadas judías. Senaquerib afirma haber encerrado a Ezequías en Jerusalén “como un pájaro en una jaula”.

    El Prisma de Senaquerib, denominado también Prisma de Taylor por el coronel británico que lo descubrió en 1830 en las ruinas de Nínive, antigua capital del Imperio Asirio (actual Mosul, Iraq). Puede considerarse afortunado que estas piezas hayan sido extraídas de sus lugares de origen, donde seguramente habrían sido destruidas por ISIS u otras fuerzas islamistas
    (Foto: Museo Británico)

    El valor histórico de esta pieza es difícil de exagerar: se trata de un documento producido por una potencia extranjera, que menciona directamente al Reino de Yehudá, a un rey judío identificable y a Jerusalén como centro político. No es tradición oral, son archivos imperiales del siglo VIII a.e.c.

    Y hay un detalle particularmente significativo: Senaquerib celebra la devastación de Judea y la toma de Lajish, pero jamás afirma haber conquistado Jerusalén. Esa omisión coincide tanto con el relato bíblico como con la evidencia arqueológica posterior.

    El museo también conserva otra pieza extraordinaria: el “Obelisco Negro” de Salmanasar III (siglo IX a.e.c.) El Obelisco Negro contiene una de las representaciones más antiguas conocidas de un rey israelita. Allí aparece Yehú, rey de Israel, o tal vez uno de sus emisarios, postrándose ante el rey asirio Salmanasar III y ofreciendo tributos. La pieza tiene casi 3000 años de antigüedad, y constituye una evidencia material extraordinaria de la existencia histórica de la monarquía israelita.

    Yehú, rey de Israel, o uno de sus emisarios, postrado ante el rey asirio Salmanasar III en una ilustración del llamado “Obelisco Negro”. Arriba: fragmento del original; abajo: reconstrucción de la imagen
    (Fotos: Wikimedia Commons)

    El museo conserva además una réplica de la famosa Estela de Tel Dan. La inscripción, fechada en el siglo IX a.e.c., contiene la referencia extrabíblica más antigua conocida a la “Casa de David”. Es decir: una dinastía davídica reconocida por enemigos regionales contemporáneos. Esto es demoledor para décadas enteras de revisionismo histórico que han intentado reducir a David y Salomón a un terreno puramente mítico.

    El museo también conserva numerosos sellos administrativos y bullae del período del Primer Templo (siglos X a VI a.e.c.). A primera vista pueden parecer objetos menores frente a los enormes relieves asirios, pero desde el punto de vista historiográfico son fundamentales.

    Las bullae eran pequeñas piezas de arcilla utilizadas en la Antigüedad para sellar documentos oficiales, paquetes o recipientes administrativos y funcionaban como un mecanismo de autenticación estatal: un documento escrito en papiro o pergamino se ataba con una cuerda, se colocaba arcilla húmeda sobre el nudo y, cuando la arcilla se secaba, quedaba marcada la impresión del sello; si alguien abría el documento, la bulla se rompía. Su importancia arqueológica es enorme porque, aunque los papiros casi nunca sobreviven al paso de los siglos, la arcilla sí puede conservarse durante milenios, especialmente cuando fue endurecida por incendios o destrucciones urbanas.

    Muchas bullae halladas en Jerusalén y otras zonas de Judea contienen nombres hebreos, escritura paleohebrea, títulos administrativos y símbolos oficiales del período del Primer Templo. En conjunto, constituyen evidencia directa de que los reinos de Israel y Yehudá poseían burocracia estatal, administración organizada, circulación documental y funcionarios identificables, es decir, un aparato político plenamente real y operativo. Judea aparece así no como una identidad religiosa abstracta, sino como un Estado plenamente operativo, con funcionarios, archivos y aparato administrativo.

    La continuidad histórica posterior también queda reflejada en uno de los objetos más famosos del museo: el Cilindro de Ciro.

    El Cilindro de Ciro, documento en el que dispuso el retorno de los pueblos deportados por los babilonios a sus tierras originales, lo que incluyó a los judíos
    (Foto: imperiopersaaquemenida.blogspot.com)

    Emitido tras la conquista persa de Babilonia en 539 a.e.c., este cilindro describe la política persa de restauración de cultos y retorno de pueblos deportados. Aunque no menciona específicamente a los judíos, encaja perfectamente con el contexto histórico del retorno judío a Jerusalén y la creación de la provincia persa de Yehud.

    Ese punto es crucial, porque muestra algo que suele desaparecer completamente en los discursos políticos contemporáneos: la notable continuidad histórica de la identidad judía a través de distintos imperios y trasformaciones lingüísticas. La Yehudá de los hebreos se convierte en Yehud bajo los persas, y luego en Judea bajo griegos y romanos. Cambian las lenguas imperiales dominantes: hebreo, arameo, griego, latín, pero persiste la referencia territorial y política derivada de Judea.

    Precisamente por eso, el debate terminológico del Museo Británico resultó tan explosivo. Porque una vez que se abandona la fantasía de utilizar “Palestina” maniqueamente, reaparece inevitablemente la geografía histórica real del período: Canaán, Israel, Yehudá, Yehud y Judea. Esto explica por qué sectores militantes contemporáneos se interesan tanto por inscripciones asirias, bullae hebreas, numismática hasmonea o estelas del Levante de la Edad del Hierro. Aquí es donde los militantes judeófobos comienzan a chocar frontalmente contra la evidencia arqueológica. Es una batalla retrospectiva por el control del pasado.

    Esta evidencia material destruye uno de los grandes mitos ideológicos del progresismo contemporáneo: la idea de que Israel sería simplemente un proyecto moderno de “colonialismo”, sin raíces históricas profundas en la región

    Porque toda esta evidencia material destruye uno de los grandes mitos ideológicos del progresismo contemporáneo: la idea de que Israel sería simplemente un proyecto moderno de “colonialismo”, sin raíces históricas profundas en la región.

    El antiguo Israel representa un problema conceptual enorme para amplios sectores de la izquierda woke y también para las corrientes “decoloniales” occidentales, porque la continuidad histórica judía en la región pulveriza décadas de simplificaciones ideológicas construidas sobre categorías modernas proyectadas artificialmente.

    Por eso el conflicto ha terminado trasladándose a museos, universidades, archivos y espacios culturales. En todo Occidente empieza a consolidarse este patrón de instituciones y organizadores de eventos que terminan adaptando su programación no en función del interés académico o artístico, sino del temor a campañas de hostigamiento, amenazas o disturbios organizados. El Museo Británico probablemente sea sincero cuando habla de “preocupaciones de seguridad”, pero el resultado práctico sigue siendo el mismo: grupos radicalizados adquieren la capacidad de decidir qué actividades o personas pueden presentarse en el espacio público.

    En todo Occidente empieza a consolidarse este patrón de instituciones y organizadores de eventos que terminan adaptando su programación no en función del interés académico o artístico, sino del temor a campañas de hostigamiento, amenazas o disturbios organizados

    Y esta ya es una constante en el Reino Unido. Actuaciones musicales, festivales de comedia, exposiciones históricas e incluso conferencias políticas han sido suspendidas después de campañas de presión o advertencias sobre posibles protestas. Cada nueva cancelación refuerza la idea de que cualquier actividad asociada a los judíos puede convertirse en un problema operativo.

    Precisamente por eso, la disputa alrededor del Museo Británico es mucho más que un escándalo pasajero. Lo que está en juego es el divorcio entre historia e ideología. Esto terminará por convertirse en un deterioro más amplio de la cultura histórica occidental.

    Pero al final, y más allá de todas las cancelaciones, las cobardías y la violencia; las piezas del Museo Británico siguen diciendo algo que no se puede negar: el reino de los judíos estaba ahí.

    *Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Especializada en comunicación política y campañas políticas.Fuente: Substack de Karina Mariani.
    Versión Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

    Ámsterdam: Otra conferencia, otra cancelación, otro chantaje

    El Museo Nacional del Holocausto de Ámsterdam canceló la semana pasada una conferencia sobre antisemitismo en los campus universitarios, lo que obligó a sus organizadores a trasladar el evento a una iglesia. El museo alegó como motivo la protesta convocada por un grupo que se oponía a la conferencia y que planeaba manifestarse frente al museo.

    En una entrevista, el político judío conservador neerlandés que había organizado la conferencia expresó su desconcierto. “Un museo del Holocausto es el mejor lugar para hablar sobre antisemitismo, así que me sorprende la cancelación”, declaró el eurodiputado Bert-Jan Ruissen, del Partido Político Reformado (SGP). “Es el lugar idóneo”. Añadió que al museo le preocupaba la posibilidad de que aparecieran grafitis en sus paredes antes de la visita de la reina de los Países Bajos y el presidente de Alemania.

    “¿Cuán bajo puede caer un país, cuando ya ni siquiera el Museo Nacional del Holocausto es un lugar donde se puede debatir abiertamente la lucha contra el antisemitismo?”

    El director general del museo, Emile Schrijver, declaró en un comunicado que el museo canceló el evento para evitar su politización, lo que, según los críticos, demuestra precisamente la necesidad de la conferencia. “No permitiremos que el Museo Nacional del Holocausto se convierta en el centro de una disputa política en el contexto de un evento alquilado”, afirmó Schrijver. “Proteger la integridad del Museo Nacional del Holocausto no debería ser una postura política; es nuestro mandato fundamental y nos lo tomamos muy en serio”.

    El director para Europa de la Fundación Aliados de Israel, Leo van Doesburg, critica duramente la decisión. “¿Cuán bajo puede caer un país, cuando ya ni siquiera el Museo Nacional del Holocausto es un lugar donde se puede debatir abiertamente la lucha contra el antisemitismo en los campus universitarios?”, declaró.

    El eurodiputado Ruissen afirmó que unas 100 personas asistieron finalmente a la conferencia en la iglesia, donde manifestantes antisemitas intentaron interrumpirla de todos modos.

    Fuente: Dinah Bucholz, Jewish Breaking News (jewishbreakingnews.com)

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