Netanyahu afirmó que la guerra tenía como objetivo frenar la amenaza iraní, y sugirió que había acercado a Estados Unidos e Israel más que nunca. Ahora, Trump ha excluido al primer ministro de las conversaciones que podrían dejar intacta dicha amenaza
Ben Sales*
Cuando el primer ministro Benjamin Netanyahu justificó la segunda guerra con Irán en ocho meses, presentó dos argumentos. El primero era que, para la supervivencia de Israel, resultaba necesario detener la amenaza que representaba el régimen de Teherán. “El objetivo de la operación es acabar con la amenaza del régimen de los ayatolás en Irán”, declaró en un video el 28 de febrero, inmediatamente después de otro del presidente estadounidense Donald Trump, a pocas horas del inicio de la campaña.
“Si no actuamos”, dijo Netanyahu, “nos enfrentaremos a un Irán nuclear, un Irán con decenas de miles de misiles balísticos, un Irán que busca destruirnos y que sería inmune a nuestras contramedidas”.
El segundo argumento, solo un poco más implícito, era que esta guerra representaba una oferta que Israel no podía rechazar: la oportunidad de luchar codo con codo contra su principal adversario con el ejército más poderoso de la historia. Al librar esta guerra, sugirió Netanyahu, Estados Unidos e Israel estaban más unidos que nunca. “Estamos haciendo esto en plena coordinación con nuestros amigos en Estados Unidos, bajo el valiente liderazgo de Trump. Como pueblo que valora la vida, no tenemos más remedio que ir a la batalla. Pero esta vez, lo hacemos con el poderoso poder combinado del Estado de Israel y los Estados Unidos de América”. Casi al comienzo de su discurso, aseguró a su país: “Esta operación continuará el tiempo que sea necesario”.
Trump y Netanyahu al concluir una rueda de prensa conjunta en la residencia de Trump en Mar-a-Lago, Florida, en diciembre de 2025.
(Foto: AFP)
Tres meses después, en Israel se ha convertido prácticamente en un hecho consumado que el primer conjunto de objetivos de la guerra —derrocar al régimen y eliminar su amenaza— no se ha cumplido. El régimen iraní sigue existiendo. Todavía posee gran parte de su arsenal de misiles balísticos y sus reservas de uranio enriquecido. Y también controla el estrecho de Ormuz.
Ahora, parece que la segunda razón de Netanyahu para la guerra —construir una relación sin precedentes entre Estados Unidos e Israel— también se está desmoronando. Netanyahu ha afirmado que él y Trump son socios, pero está terminando la guerra al margen. Y no es el único marginado: además de salir de la guerra con Irán en una posición estratégicamente precaria, Israel goza históricamente de impopularidad entre los ciudadanos de su mayor aliado.
Estados Unidos e Israel, en efecto, comenzaron esta guerra juntos. Pero la están terminando por separado o, más precisamente, Trump la está terminando él mismo, con Netanyahu como testigo. Trump, fiel a su estilo, lo ha dejado claro, al decir a la prensa la semana pasada que el líder de Israel hará “lo que yo quiera”.
Otra prueba de esta dinámica se presentó el sábado, cuando Trump, inmerso en negociaciones cruciales con Teherán, sostuvo una llamada de alto nivel con un grupo de líderes del Medio Oriente para informarles sobre las conversaciones. Netanyahu no fue incluido.
Netanyahu y Trump sí hablaron más tarde esa noche, después de que quedó claro que Washington y Teherán estaban cerca de firmar un memorando de entendimiento basado en conversaciones que excluían explícitamente a Israel.
Un acuerdo final con Irán bien podría conducir al desmantelamiento de su programa nuclear, o quizá incluso a la mejora de las relaciones entre Jerusalén y Riad. Pero Israel no tiene ninguna garantía de ello, y Netanyahu no estará presente en la mesa donde se decida el acuerdo
Según se informó, Trump instó a las naciones árabes y musulmanas presentes en la llamada a normalizar las relaciones con Israel. Y Netanyahu, en una publicación en X el domingo, insistió en que él y Trump “acordaron que cualquier acuerdo final con Irán debe eliminar el peligro nuclear”. Añadió: “Eso significa desmantelar las plantas de enriquecimiento nuclear de Irán y retirar su material nuclear enriquecido de su territorio”.
Es posible que Trump y Netanyahu hayan acordado todo eso. Pero Trump se contradice con frecuencia en público, y tiene una notoria afición por los acuerdos, un arte que generalmente implica cambiar de postura y hacer concesiones. Así lo afirmó en una publicación de su red Truth Social el domingo, donde escribió que cualquier acuerdo que alcanzara con Irán sería «bueno y apropiado», pero que «nadie lo ha visto ni sabe en qué consiste. Ni siquiera se ha negociado por completo».
En otras palabras, un acuerdo final con Irán bien podría conducir al desmantelamiento de su programa nuclear, o quizá incluso a la mejora de las relaciones entre Jerusalén y Riad. Pero Israel no tiene ninguna garantía de ello, y Netanyahu no estará presente en la mesa donde se decida el acuerdo.
Esto no se trata solo de Netanyahu, quien, después de todo, podría ser o no primer ministro dentro de unos meses. No es el único primer ministro israelí que ha tenido disputas con un presidente estadounidense, incluso cuando la alianza marcha bien. El problema para los líderes israelíes de todo el espectro político es que, al menos en el futuro cercano, Trump podría ser el presidente estadounidense más amigable que puedan esperar. La semana pasada, una nueva serie de encuestas confirmó lo que ya se está convirtiendo en un hecho recurrente: tras las guerras en Gaza, Líbano e Irán, la opinión pública estadounidense se está desencantando con Israel.
El presidente estadounidense excluye a Israel de las conversaciones con Irán, y se jacta públicamente de controlar al primer ministro israelí. El statu quo se caracteriza por una caída en picado del apoyo de los votantes estadounidenses a Israel, justo cuando Estados Unidos negocia un acuerdo que podría determinar la seguridad y la posición de Israel en el Medio Oriente durante años
La encuesta de The New York Times/Siena reveló que la mayoría de los estadounidenses desaprueba la gestión de Trump en la guerra con Irán y el conflicto israelí-palestino, y se opone al apoyo militar y económico estadounidense a Israel. En ambos casos, la desaprobación es abrumadora entre los demócratas, pero aproximadamente una cuarta parte de los republicanos también se opone a las políticas de Trump en esos frentes. Solo el 56% de los republicanos afirmó que desea que su próximo candidato a la presidencia siga el ejemplo de Trump en lo referente a Israel.
Otra interpretación de estos datos, por supuesto, es que la mayoría de los republicanos —si no la mayoría de los estadounidenses— aún apoya a Israel. Así pues, si los republicanos logran de alguna manera mantener el control del gobierno tras las elecciones de mitad de mandato de noviembre, el statu quo podría continuar.
Pero ese statu quo no implica la estrecha colaboración entre Estados Unidos e Israel descrita en el discurso de Netanyahu. Más bien se trata de una situación en la que el presidente estadounidense excluye a Israel de las conversaciones con Irán, y se jacta públicamente de controlar al primer ministro israelí. El statu quo se caracteriza por una caída en picado del apoyo de los votantes estadounidenses a Israel, justo cuando Estados Unidos negocia un acuerdo que podría determinar la seguridad y la posición de Israel en el Medio Oriente durante años.
Trump ha dejado claro en repetidas ocasiones su deseo de ser visto como un artífice de la paz, y si logra poner fin a la guerra que él mismo inició, podría volver a reivindicar ese papel. Pero si bien Israel comenzó la guerra con Estados Unidos, su desenlace dependerá principalmente de este último. Es probable que las mismas amenazas belicistas y destructivas contra Israel persistan, mientras que el apoyo estadounidense para combatirlas se desvanece.
*Periodista.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.