El antisemitismo, la fobia a los judíos, es un fenómeno inmemorial. No se le consigue una explicación coherente. Los judíos han sido rechazados por ser monoteístas en la antigüedad. Han sido acusados y castigados por deicidas. Condenados por comunistas y degradados por capitalistas. Confinados y expulsados, quemados y gaseados. Culpables de crímenes no cometidos y despojados de derechos humanos básicos, entre ellos el derecho a la vida.
En los últimos años, particularmente luego de lo ocurrido en la Shoá, el Holocausto, el antisemitismo no se ha considerado una postura políticamente correcta. Se ve y percibe como una agresión a las minorías. Una xenofobia o racismo poco potable entre aquellos mismos que la profesan y enarbolan utilizando otras banderas, otros disfraces.
Desde la destrucción del Segundo Templo, los judíos fueron un pueblo errante, una nación desposeída. Asustados siempre, escondidos otras veces. Las conversiones y la asimilación no les salvaron el pellejo. La humanidad se acostumbró a tenerlos como chivo expiatorio. Sus méritos nunca los salvaron, y menos las culpas achacadas y sus castigos correspondientes. No hubo salvación cuando algunos cedieron a la expulsión de España, y acogieron el Cristianismo para ser perseguidos por la Inquisición. No hubo piedad para quienes tenían alguno de sus cuatro abuelos judío en la oscura era del nazismo.
Caricatura de “Matador”, Colombia, 2024. Este es un ejemplo notable de cómo se funden los prejuicios antisemitas místico-religiosos de la Edad Media (el judío como figura diabólica y el libelo de sangre del judío asesino de niños) con la demonización contemporánea del Estado de Israel
La creación del Estado de Israel en 1948 ha sido un hito en la historia judía y universal. Por primera vez en dos mil años, los judíos ejercen su derecho a la autodeterminación nacional. Tierra, himno, bandera y fuerzas armadas. La sangre judía empieza a tener precio, y uno muy alto. El Estado judío es una garantía de supervivencia, dentro y fuera de sus fronteras. También es el ente que priva de inmunidad a quienes cometan crímenes contra los judíos. Así fueron capturados nazis prófugos, o pagaron un alto precio quienes perpetraron la masacre de las olimpiadas de Múnich de 1972, o fueron rescatados los secuestrados del avión de Air France en Entebbe en 1976.
El antisemitismo de antes es el mismo de hoy, vestido de gala en las fachas del ataque a Israel. Eso parece más elegante. Es así como ese país resulta condenado por defenderse, y medido con estándares especiales que no se aplican a ningún otro. Un país que debe hacer proezas para subsistir, ser la Esparta de nuestros días, con el mar a sus espaldas y los medios internacionales pendiente de las noticias que genere.
Hasta hace unos muy pocos años, parecía que la animadversión a Israel se podría aplacar de ser aceptada la solución de “dos Estados para dos pueblos”. Aunque esto nunca ha podido materializarse, en la misma propuesta quedaba implícito el reconocimiento del derecho de los judíos a un Estado independiente. Se acataba de hecho y derecho la resolución de la ONU de noviembre de 1947 que establecía la creación de un Estado judío. Este reconocimiento imprescindible se ha venido desvaneciendo.
El antisemitismo de antes es el mismo de hoy, vestido de gala en las fachas del ataque a Israel. Eso parece más elegante. Es así como ese país resulta condenado por defenderse, y medido con estándares especiales que no se aplican a ningún otro
Muchos voceros importantes se han dedicado a señalar a Israel como culpable de los males del Medio Oriente y hasta del mundo. De nada vale señalar que es la única democracia operativa de la región, que actúa en defensa propia, que merece condolencias cuando sufre un ataque terrorista. Al culpar a Israel y descalificar a su movimiento de liberación nacional, lo que queda es entender que no se reconoce el derecho de los judíos a un Estado independiente. Ahora dicho sin tapujos.
El otrora alcalde de Londres, el actual alcalde de Nueva York, la corriente “progresista” y pujante del Partido Demócrata estadounidense van en esa línea. Las campañas en las universidades demonizando a Israel, los atentados y altercados de orden público que ocurren con demasiada frecuencia, indican un peligroso y desagradable resurgimiento del antisemitismo a nivel global. Resulta imposible separar Israel de lo judío, y atacar a uno es atacar al otro. Se puede hacer de manera accidental, y se hace también de forma absolutamente deliberada, provocando el caos y el miedo.
A pesar de que los judíos en muchas partes son víctimas del antisemitismo —en puntos tan lejanos entre sí como Australia y Europa— en niveles comparables a las peores épocas del pasado, no se puede decir que los judíos de Israel, los de otros países, las comunidades judías del mundo entero estén atemorizadas. No. Están todos muy incómodos, molestos con lo que ocurre y con los responsables de estas situaciones. Pero no se puede decir que haya miedo.
La razón de no tener miedo es una: la existencia del Estado judío. Porque de resto… el antisemitismo por siempre.