En una obra estremecedora, Rachel Goldberg-Polin se niega a que su hijo Hersh, asesinado por Hamás en un túnel de Gaza, sea reducido a un símbolo o una estadística
Alan Zeitlin*
En innumerables películas, los padres se ven obligados a asumir el papel de superhéroes, luchando contra viento y marea para traer de vuelta a sus hijos secuestrados. En la vida real, trágicamente, algunos hijos nunca regresan.
A finales de agosto de 1955, Emmett Till, de 14 años, fue secuestrado, torturado y asesinado. Su madre, Mamie Till-Mobley, insistió en que el ataúd permaneciera abierto. Quería que el mundo viera lo que le habían hecho a su hijo. Al hacerlo, provocó un enfrentamiento con una brutalidad que muchos habían podido ignorar.
A finales de agosto de 2024, Hersh Goldberg-Polin, de 23 años, fue asesinado a tiros por terroristas de Hamás en un túnel de Rafah tras ser secuestrado de un refugio el 7 de octubre y mantenido como rehén durante 328 días. La ley judía prohíbe los funerales con ataúd abierto, y en Israel los muertos suelen ser enterrados envueltos en sencillas mortajas de lino. Sin embargo, las memorias de Rachel Goldberg-Polin, When we see you again (Cuando te volvamos a ver) cumplen un propósito similar: revelan no solo lo que le hicieron a su hijo, sino también quién era él.
Hersh Goldberg-Polin
(Foto: campaña “Bring Hersh Home”)
Cuando te volvamos a ver es una autobiografía que narra los 328 días en que Hersh estuvo secuestrado por Hamás tras su rapto el 7 de octubre. Mitad diario, mitad testimonio, mitad registro de la espera, el libro describe la realidad cotidiana de la incertidumbre —fragmentos de información, rumores, una esperanza fugaz— junto con la campaña mundial que ella y su esposo emprendieron para traerlo de vuelta a casa.
Pero no se trata solo de un relato de los hechos. El libro transita entre el pasado y el presente, entrelazando la infancia, la personalidad y la vida interior de Hersh con la pesadilla que supuso su cautiverio. Al hacerlo, Goldberg-Polin se resiste a que su hijo quede reducido a un titular. En cambio, lo reconstruye en su totalidad: como lector, como amigo, como hijo, incluso cuando el mundo llegó a conocerlo principalmente como rehén.
Esta no es solo la historia de Hersh, a quien una granada le amputó el antebrazo izquierdo tras huir del festival de música Nova y esconderse con otros en un refugio abarrotado. Es también la historia del trauma sicológico de una madre: el surgimiento y el derrumbe de la esperanza, una y otra vez, y la insoportable incertidumbre de la espera.
El dolor de Goldberg-Polin no es abstracto. Es vívido, inmediato y, a menudo, difícil de interpretar.
En entrevistas, incluyendo una conmovedora aparición en el programa de la televisión estadounidense «60 Minutes» con Anderson Cooper, describió la agonía de saber que su hijo estaba vivo pero sufriendo. “Conocer que tu hijo está siendo torturado, atormentado, hambriento, maltratado, mutilado, es un sufrimiento insoportable”, dijo. “Y luego, cuando vinieron a decirnos que Hersh había sido ejecutado, me di cuenta de que esos días habían sido los mejores. Porque aún estaba vivo”.
Esa inversión —que el cautiverio se convirtiera, en retrospectiva, en una forma de esperanza— refleja el drástico cambio emocional que subyace en el corazón de su historia.
Una cronología medida en temor
El libro transita entre la memoria y la cronología. En su esencia, se trata de una línea temporal marcada por el temor.
A las 8:11 de la mañana del 7 de octubre, Hersh le envió un mensaje de texto a su madre: «Te quiero. Lo siento».
Durante horas, sus padres creyeron que estaba muerto.
Luego llegaron los videos. Una prueba de que estaba vivo, filtrada a través de la propaganda. Alivio mezclado con horror. Estaba vivo, y en manos de Hamás.
Lo que sigue no es un único arco emocional, sino un ciclo incesante: miedo, esperanza, agotamiento y el desgaste físico de la espera. Goldberg-Polin escribe sobre noches de insomnio, dependencia de medicamentos e incluso episodios de dolor físico agudo. Aun así, ella y su esposo viajaron por el mundo, reuniéndose con diplomáticos, suplicando públicamente y negándose a que su hijo cayera en el silencio.
Jonathan Polin y Rachel Goldberg, padres de Hersh, durante una manifestación de las familias de los rehenes en Tel Aviv en agosto de 2024
(Foto: AFP)
Quién era Hersh
En medio de la brutalidad, Goldberg-Polin insiste en algo más: la vida de Hersh, no solo su muerte.
Era zurdo, vegetariano y un ferviente seguidor del equipo Hapoel Jerusalén. Hablaba en voz baja, pero tenía un carisma magnético: era de esas personas que atraen a los demás con discreción. De adolescente, cautivó a un grupo de personas en un centro comercial con su conocimiento enciclopédico de los presidentes estadounidenses.
Incluso durante el cautiverio, esa presencia perduró. Convenció a sus captores para que le permitieran tener un libro: la novela de fantasía juvenil Sombra y hueso, de la autora judía Leigh Bardugo, que compartió con otros rehenes. Para su madre, ese acto tenía un significado: regalar el libro sugería que él creía que sobreviviría.
Otros también lo vieron. Eli Sharabi, uno de los rehenes liberados, describió posteriormente a Hersh como una fuente de fortaleza, alguien que se mantuvo positivo a pesar de su herida. A menudo repetía una frase de El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl: “Quien tiene un porqué puede soportar cualquier cómo”.
En un momento dado, incluso escuchó la voz de su madre en un noticiero. Sabía que ella estaba luchando por él.
El inquietante presagio
Tras su muerte, Goldberg-Polin descubrió algo que no pudo explicar.
En una entrada de su diario de 2015, escrita cuando Hersh tenía solo 15 años, describió la vida como una serie de túneles: pasajes hacia lo desconocido, a los que se entraba sin saber cuándo ni cómo se saldría.
La palabra “túnel” aparece una y otra vez.
Leerlo años después, tras haber sido retenido y asesinado en un túnel, resulta casi insoportable. No es profético, exactamente, pero resuena de forma escalofriante.
Rechazando la narrativa fácil
Rachel Goldberg-Polin se convirtió en una de las voces más visibles en defensa de los rehenes, reuniéndose con líderes mundiales y hablando en foros internacionales. Podría haber dirigido su ira hacia afuera: hacia los gobiernos, las instituciones o la comunidad internacional. En cambio, ella resiste ese instinto. “No me gusta culpar a nadie”, escribe, aun reconociendo la magnitud del fracaso. Esta afirmación no es tanto una absolución como una muestra de agotamiento: una negativa a simplificar algo que, para ella, resulta inmensamente complejo.
En el epílogo del libro, su esposo, Jonathan Polin, le escribe directamente a su hijo. El mensaje es a la vez desgarrador y sereno: el dolor perdurará para siempre, pero no se puede permitir que consuma lo que queda de sus vidas.
Portada del libro (Imagen: Unpacked)
Redefiniendo la fuerza
En cierto momento, Goldberg-Polin retoma la imagen de Supermán, concretamente la del actor Christopher Reeve, quien quedó paralizado en un accidente pero siguió viviendo con un propósito. La metáfora es imperfecta, pero intencional. “Aunque yo también estoy rota, mi disfraz dice lo contrario”, escribe.
En esta versión, la fuerza no reside en el triunfo, sino en la adaptación. Consiste en aprender a desenvolverse en un mundo que ha cambiado permanentemente.
Los demás en el refugio
El libro también amplía su perspectiva para incluir a otras personas secuestradas en el mismo momento. Se cree que Aner Shapira, amigo de Hersh, arrojó de vuelta varias granadas fuera de un refugio después de que militantes de Hamás las lanzaran al interior, lo que le dio valiosos segundos a quienes lo rodeaban antes de ser asesinado. Es una de las muchas historias que amplían la narrativa, trasformándola de una tragedia individual a una colectiva.
Esperanza, contra toda razón
Quizá la pregunta más difícil que plantea el libro es cómo, después de todo, sobrevive la esperanza.
Goldberg-Polin no ofrece una respuesta sencilla. En cambio, describe la esperanza como algo interno, casi mecánico: una fuerza que debe generarse, no encontrarse. “El motor del amor”, escribe, “puede impulsarnos y alimentarnos por completo”.
Durante el cautiverio de Hersh, ese amor se trasformó en acción: defensa de los derechos, viajes, entrevistas, resistencia. Incluso ahora, permanece.
Tras lo sucedido, surgen un sinfín de hipótesis contrafactuales. Si se hubiera quedado en casa. Si lo hubieran llevado a otro lugar. Si el 7 de octubre nunca hubiera ocurrido.
Pero cuando finalmente liberaron a los demás rehenes, Goldberg-Polin no dijo que debería haber sido su hijo.
Dijo que se alegraba por ellos.
Es una frase corta.
Lo contiene todo.
*Periodista.
Fuente: Unpacked (unpacked.media).
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.