Este fin de semana, la organización Médicos Sin Fronteras anunció el cese de ciertas actividades en Gaza porque en los hospitales se encontraban con sujetos armados. Es una de las pocas veces que alguien distinto a los israelíes expresa algo así. Sin ser una denuncia formal, resulta en una descripción necesaria dentro de una narrativa siempre ausente.
Por supuesto, Israel se ha cansado de denunciar ante el mundo la presencia y actividad de Hamás y la Yijad Islámica Palestina en Gaza. En centros hospitalarios utilizados como comandos de operaciones han tenido facilidades para guardar armamento y realizar interrogatorios. Los hospitales también se conectan en forma subterránea con la más grande y extensa red de túneles de que se tenga conocimiento. Una infraestructura de comunicaciones fabricada a un costo multimillonario, bajo las narices de la siempre denunciada “ocupación”, con fondos de comprobada y tolerada procedencia.
Boca de un túnel que según las FDI conectaba al Hospital al-Shifa de Gaza con la red subterránea de Hamás
(Foto: Reuters)
No ha sido sorpresa la tenue declaración de Médicos Sin Fronteras. Tampoco ha causado sorpresa la casi inexistente reacción de nadie ante esto. Claro, se trata de algo relacionado con Israel, un país al cual se juzga con criterios muy particulares. Denunciarlo con o sin razón, sí; defenderlo, casi nunca.
El mundo es muy exigente con Israel. En honor a la verdad, y con apego a la justicia y los derechos humanos, la supervisión de las acciones y omisiones de todos los países debería ser muy estricta para evitar desmanes. En la práctica esto no sucede. Israel es frecuentemente señalado y condenado por situaciones de las cuales resulta inocente. Las Naciones Unidas y otras organizaciones parecieran ciegas a lo que pasa en otras partes, y con visión defectuosa acerca de la realidad de Israel y sus conflictos. Ya estamos acostumbrados, pero no por ello complacidos ni satisfechos.
Hace ya varios meses que la Republica Islámica de Irán vive momentos muy difíciles. Las calles parecen estar llenas de violencia y represión. Las llamadas a un cambio de gobierno y las protestas han cobrado proporciones y números lamentables. Las acciones de Estados Unidos se han visto limitadas a declaraciones y amenazas, pero las calles han seguido incendiadas. No hay comparación alguna entre la supervisión y crítica que se le hace siempre a Israel, en cualquier circunstancia, y el silencio y atención relacionados con Irán. ¿Por qué? Todos saben la respuesta.
Este es el mundo de nuestros agitados días. La complacencia y la falta de solidaridad con las causas justas, la indiferencia, están a la orden del día. Siempre ha sido así. En la antigüedad, seguramente; en el siglo pasado, durante la Segunda Guerra Mundial, por citar solo un triste y emblemático ejemplo. Solo que en pleno siglo XXI, la inmediatez de las comunicaciones, las redes sociales y las censuras vencidas nos dan las evidencias que denuncian nuestra indiferencia.
Vemos cómo los organismos internacionales pierden su autoridad y su prestigio. Se tornan más influyentes y decisorios los países que detentan el verdadero poder: el de las armas y los recursos
Ante este panorama, vemos cómo los organismos internacionales pierden su autoridad y su prestigio. Se tornan más influyentes y decisorios los países que detentan el verdadero poder: el de las armas y los recursos.
Así las cosas, el futuro parece lleno de nuevas ideas, iniciativas que pretenden ocupar espacios perdidos. Es el caso de la recién establecida Junta de Paz para Gaza, que pretende resolver un conflicto muy largo sobre la base de dinero, seguridad y sentido común. Ingredientes que, en manos de organismos internacionales establecidos ya, o a través de muchas y fallidas rondas de iniciativas de paz, acuerdos y desacuerdos, no han dado resultado.
La verdad sea dicha, la indiferencia ante las injusticias y el sufrimiento, las agendas ocultas pero conocidas, y muchas fobias presentes, son el caldo de cultivo. A esto le podemos agregar una gran cantidad de testigos silentes, compacientes y cómplices.
Esperando siempre algo mejor… y pronto.