Cuando un pelotón ultraortodoxo se unió a mi unidad de la reserva, descubrí qué es lo que realmente los impulsa a alistarse y por qué la coerción no es la solución
Yafit Assyehen*
Durante años, el debate en Israel sobre el servicio militar haredí me pareció abstracto. Era una discusión legal en la Knesset, en carteles de protesta y en titulares.
Creía tener una postura clara.
Luego, después del 7 de octubre, un pelotón entero de haredim se unió a mi unidad de reserva de búsqueda y rescate, y el debate se volvió personal.
Entre misiones operativas y largas noches en la base, me di cuenta de la gran brecha que existe entre el discurso público y la realidad. Como muchos israelíes, me había acostumbrado a ver a los haredim como un grupo único y uniforme, desconectado de la educación superior, ausente del mercado laboral y con opiniones rígidas. En cambio, lo que encontré fue diversidad. Serví junto a estudiantes universitarios, abogados, contratistas, contables y padres jóvenes. Algunos eran de derecha, otros de izquierda. Más allá de los titulares, conocí gente.
El diálogo fue lo primero.
Hablamos de familia, relaciones, el costo de la vida y la ansiedad compartida de volver a estudiar o trabajar después de otra ronda de servicio en la reserva. Solo después de que se forjó la confianza, comencé a hacer la pregunta que más me interesaba: ¿Por qué te alistaste?
Soldados judíos ultraortodoxos de la Brigada Hasmonea participan en una marcha con sus boinas tras completar los siete meses de entrenamiento básico y avanzado, en el Kótel de Jerusalén en agosto de 2025
(Foto: Flash90)
La respuesta que escuché repetidamente fue simple: «Después del 7 de octubre, no podía quedarme al margen. Quería formar parte, quería contribuir». Entre quienes se alistan la motivación es genuina, incluso cuando el costo personal y social es alto.
Aun así, es importante poner esta experiencia en contexto. Según datos del Instituto para la Democracia de Israel, en el año de reclutamiento de 2024 aproximadamente 3060 hombres haredim, alrededor de 22% de una sola cohorte, ingresaron al servicio militar o civil. Esta sigue siendo una clara minoría. Además, el alistamiento aún no refleja un cambio comunitario amplio.
Lo que distingue a esta minoría de la mayoría no es la falta de compromiso religioso, sino la disposición a servir a pesar de la importante presión social. Esa presión no termina a las puertas de la base.
Un soldado con el que sirvo vive en Bnei Brak, un barrio haredi. Al volver a casa, se viste de civil y esconde su arma. Nadie en su vecindario sabe que sirve en las Fuerzas de Defensa de Israel. El miedo al estigma social lo persigue incluso fuera de su servicio. Y sin embargo, sigue presentándose.
Junto a esta fuerte motivación, existen innegables desafíos estructurales. Desde que el pelotón haredi se unió a nuestra unidad, he visto de primera mano el gran esfuerzo que se requiere para facilitar el servicio sin obligar a los soldados a abandonar su estilo de vida. Las estrictas normas kosher, los espacios designados para la oración en cada área operativa, y los constantes ajustes en torno al Shabat y las festividades, requieren un compromiso real.
Algunas adaptaciones funcionaron, otras no.
En más de una ocasión, quedó claro que el sistema en sí no estaba completamente preparado, lo que dejaba a los soldados con la responsabilidad de gestionar sus necesidades básicas por sí solos. Pero esto no es solo un desafío militar. Las normas sociales dentro de las comunidades haredim, la ausencia de un liderazgo rabínico que los apoye y los incentivos políticos para preservar el statu quo desempeñan un papel fundamental. Las FDI por sí solas no pueden resolver un desafío arraigado en la ideología, la economía y la estructura comunitaria.
Mientras la Knesset debate una vez más el proyecto de ley en medio de enfrentamientos políticos y presiones presupuestarias, la realidad de quienes ya prestan servicio militar está en gran medida ausente del debate. La discusión pública a menudo oscila entre la coerción y la exención. La realidad, como aprendí en la reserva, es mucho más compleja. Si Israel se toma en serio el aumento de la participación haredi en el servicio militar, la solución no vendrá solo de la legislación. La experiencia demuestra que las leyes basadas en sanciones y objetivos abstractos rara vez modifican el comportamiento. Lo que sí funciona es un marco basado en incentivos, una presupuestación clara y el respeto por la realidad social.
La política debe pasar de la coerción a la motivación. El alistamiento aumentará gradualmente, no por la fuerza. Una minoría ya ha elegido servir, ya sea en las FDI o en estructuras civiles, y el Estado debería centrarse en fortalecer ese impulso existente mediante incentivos claros, condiciones predecibles y financiación específica
En primer lugar, la política debe pasar de la coerción a la motivación. El alistamiento aumentará gradualmente, no por la fuerza. Una minoría ya ha elegido servir, ya sea en las FDI o en estructuras civiles, y el Estado debería centrarse en fortalecer ese impulso existente mediante incentivos claros, condiciones predecibles y financiación específica.
En segundo lugar, el servicio debe formar parte de una trayectoria vital más amplia. Sin formación profesional, estabilidad económica y una vía clara de acceso al mercado laboral, el servicio sigue siendo un riesgo en lugar de una oportunidad. Cuando el servicio se vincula a perspectivas reales de futuro, la participación se convierte en una elección racional en lugar de una exigencia simbólica.
El debate sobre el reclutamiento haredi se presenta a menudo como una prueba de igualdad. En la práctica, es una prueba de gobernanza. Un Estado que exige el servicio sin construir estructuras viables fracasará, no por ideología, sino por política.
La responsabilidad no recae únicamente en las FDI. El ejército puede adaptarse a las necesidades religiosas, pero no puede sustituir al liderazgo político ni la responsabilidad comunitaria. Un cambio significativo requiere inversión estatal, incentivos claros y planificación a largo plazo, junto con el compromiso honesto de los líderes haredim, dispuestos a preparar a los jóvenes para la participación en lugar de protegerlos de ella. El verdadero desafío ya no es convencer a la gente para que sirva, sino demostrar que el Estado, junto con el liderazgo comunitario, sabe cómo apoyar a quienes ya lo hacen.
*Mujer reservista, comandante de la Brigada de Búsqueda y Rescate de las FDI, y estudiante de Comunicaciones en la Universidad Reichman.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.