
Rabino Isaac Cohén*
Es lo usual, en cada inicio de año, que se renueven los deseos de un auténtico cambio en nuestras vidas para que las cosas mejoren. Un error que con frecuencia cometemos es pensar que mejorar se refiere exclusivamente al plano material.
De ningún modo podemos negar la importancia de todo aquello relacionado con la parnasá, pero mejorar implica para el judaísmo de manera prioritaria la elevación espiritual. No en vano, la Mishná en el tratado de Rosh Hashaná (3:8) nos recuerda que “Mientras Moshé tenía la mano alzada llevaba Israel la ventaja, y cuando la bajaba vencía Amalek” (Shemot-Éxodo 17:11).
Lo mismo aplica para lo que está escrito “Haz una serpiente de bronce y ponla en lo alto de un mástil, y sucederá que el hombre mordido que la mire, vivirá” (Bamidbar-Números 21:8). Los jajamim preguntan entonces: ¿Acaso las manos de Moshé hacían la guerra? ¿O acaso alzar la vista para ver una serpiente de bronce cura del veneno de la mordida? En realidad, esto es para enseñar que cuando Am Israel dirige su mente hacia lo alto y pone su corazón en manos de Dios, prevalece y es protegido.
(Foto: Arutz Sheva)
Otro error, también muy frecuente, es esperar que los cambios provengan del exterior, de las demás personas, y en general del entorno que nos rodea. Pero el auténtico cambio se inicia necesariamente dentro de uno mismo. Mejorando las Midot, cultivando el Dérej Éretz, haciendo Teshuvá, y por medio del amor al prójimo acercándonos más a Dios. El amor al prójimo no es una utopía inalcanzable. Se trata, en principio, de tener presente en todo momento la regla de oro de Hilel HaZakén: “Lo que te resulte odioso no se lo hagas a tu prójimo” (Shabat 31a). La palabra shaná, que significa “año”, tiene la misma raíz que la palabra shinuy, que significa “cambio”.
La esencia de Rosh Hashaná es entender, tal como explican nuestros sabios, que el cambio empieza con uno mismo. Día tras día, a lo largo de todo el año, hacemos de nuestros errores una lamentable costumbre. Nos dormimos plácidamente en la comodidad de nuestros desaciertos. Pero Dios nos ha concedido el día largo, el día doble de Rosh Hashaná, en el que el tiempo y el espacio se comprimen para que la voz estridente del shofar nos despierte, y de una vez por todas dejemos atrás nuestra manera de siempre equivocarnos, y se produzca así en nosotros un profundo y permanente cambio espiritual.
Rosh Hashaná es Yom HaDin, el solemne Día del Juicio. Sin embargo, para Dios la acción de juzgar es ante todo una manifestación de Ahavá, del amor que siente por Sus criaturas. El Padre que juzga el comportamiento de sus hijos para recordarles el camino correcto.
El hombre juzga muchas veces con mezquindad y con odio, o motivado por la vanidad y el orgullo. La nefasta percepción de sentirse mejor que el prójimo. Dios, el Ser Supremo, juzga por amor, con infinita misericordia y suma humildad. Su veredicto, sea cual sea, siempre es para bien. Por eso Am Israel (Yerushalmi / Rosh Hashaná 1:3) se presenta a juicio como quien acude a una fiesta, con el corazón alegre y vistiendo sus mejores galas. Se debe amar a Dios y al prójimo, pero también a uno mismo. ¿Cómo amarnos a nosotros mismos? Cuidando nuestra neshamá, alejándonos del mal y haciendo el bien. ¿Qué es hacer el bien? Torá y mitzvot.
La esencia de Rosh Hashaná es entender, tal como explican nuestros sabios, que el cambio empieza con uno mismo. Día tras día, a lo largo de todo el año, hacemos de nuestros errores una lamentable costumbre
En la Torá de Moshé y en las enseñanzas de nuestros sabios se encuentra la respuesta que siempre funciona más allá de las ideologías de turno y de las tendencias caprichosas de la moda. Nuestra muy querida Venezuela sufrió, y continúa sufriendo, a consecuencia del trágico doble terremoto acaecido el pasado 9 de Tamuz (24 de junio), que dejó un saldo de miles de víctimas y cuantiosos daños materiales. Precisamente, un 9 de Tamuz los ejércitos de Babilonia abrieron una brecha en las murallas de Yerushalaim, y exactamente un mes después, el 9 de Av, el primer Bet Hamikdash fue destruido.
En lo personal pienso que cuando se desborda con tal ferocidad la enorme fuerza de la naturaleza debemos asumirlo —no solo para el país sino a nivel mundial— como una lección de anavá, de profunda humildad. Nuestro patriarca Abraham dijo en una ocasión (Bereshit-Génesis 13:16): Anojí Afar VaÉfer, “Soy polvo y ceniza”. ¿Quiénes somos entonces para juzgar, ofender o humillar a nuestro prójimo? Dios es el amo y el Señor de la naturaleza, y solo en Dios hallaremos el consuelo, el motivo de ser y la verdad acerca de nuestra existencia.
Este año, ya por fin, se dio inicio a un nuevo proceso de acercamiento diplomático entre Venezuela y Medinat Israel que, en una primera fase de relaciones consulares, busca de manera paulatina el pleno restablecimiento de los vínculos a todo nivel entre dos naciones hermanas que persiguen los mismos ideales de paz, justicia y libertad. Quiera el Todopoderoso que todo este proceso concluya para bien, y que traiga Shalom y Berajá a Venezuela, a Medinat Israel y a todas las naciones de la tierra, y que bendiga a esta muy distinguida y tan querida kehilá.
Para todos, un Shaná Tová Umetuká.
*Rabino Principal de la Asociación Israelita de Venezuela.