Raquel Markus-Finckler
Querido y admirado doctor Ernesto Kahan:
Leí su texto “Entre el grito y el silencio”, y quiero que sepa que no cayó en el vacío. Al menos, no del todo. Porque hay algo que usted nombra allí, quizá sin decirlo directamente, que es tan devastador como una guerra: ese momento en que la palabra deja de encontrar conciencia del otro lado del escrito.
Ese instante en que el mensaje no muere, pero queda suspendido: sin cuerpo y sin respuesta. Se trata de una de las experiencias más duras que puede atravesar quien escribe: descubrir que la palabra expresada no ha encontrado dónde posarse.
Usted dice que está cansado. Y yo lo entiendo. No como se entiende una idea abstracta, sino como se reconoce un temblor en el cuerpo, en la mente, en la psique. Un temblor que yo también he sentido.
Por eso entiendo que su cansancio no viene del esfuerzo físico, sino del exceso de lucidez. De ver demasiado claro. De haber sostenido durante demasiado tiempo una ética sin medida, para luego descubrir que otros —aquellos con quienes alguna vez se compartió un camino— la usan a conveniencia, la ajustan según la dirección del viento. Así luce y así duele una traición.
Y ese temblor no es lo único que nos une, pues usted y yo compartimos un mismo origen. Los dos somos judíos, los dos llevamos en la sangre y en la conciencia el peso de una historia que no se borra. No lo digo para reclamar un privilegio, pues ¿qué clase de privilegio podría ser ese hoy en día?
(Imagen: psicologiaymente.com)
Lo digo porque esa pertenencia compartida hace que su dolor no me sea ajeno. Hace que su indignación no sea para mí un concepto abstracto, sino una emoción que reconozco porque también la he sentido. En este tiempo, en este mundo, ser judío es cargar con una memoria que no se apaga y también, a pesar de todo, una lucidez que no se negocia.
Yo no quiero responderle desde la política, ni desde los bandos que usted menciona. Quiero responderle desde donde usted realmente escribió: desde la poesía. Porque lo que usted escribió no es un artículo, es un poema roto. Un poema que no busca la belleza como adorno, sino la verdad como bandera.
Una verdad que, al no encontrar asidero, se convierte en indignación. Es la que aparece cuando algo esencial ha sido traicionado sin ruido, con buenos modales, con argumentos pulcros, con esa forma tan moderna en que la indiferencia se disfraza de equilibrio y de “justicia”.
Usted escribió contra la indiferencia y la respuesta que recibió fue mínima. Eso, mi querido doctor, no es nuevo; es muy antiguo. Los profetas nunca hablaron a multitudes. Hablaron a la intemperie. La mayor parte del tiempo predicaron a un paisaje de piedra, a una tierra seca, a un conjunto de cactus que no responde.
Y, sin embargo, hablaron. No para ser escuchados. Hablaron porque no podían callar. Allí está la diferencia entre quien emite opinión y quien sostiene una verdad. La poesía necesaria, la que usted encarna, no depende de la recepción; depende de la urgencia. De esa fuerza interior que no pregunta si vale la pena hablar, sino que arde hasta que no podemos quedarnos en silencio.
Por eso entiendo que su cansancio no viene del esfuerzo físico, sino del exceso de lucidez. De ver demasiado claro. De haber sostenido durante demasiado tiempo una ética sin medida, para luego descubrir que otros —aquellos con quienes alguna vez se compartió un camino— la usan a conveniencia, la ajustan según la dirección del viento. Así luce y así duele una traición
En este punto recuerdo a Paul Celan, ese poeta que escribió dentro de las cenizas. Un poeta que no quería adornar el lenguaje, sino arrancarle verdad a una lengua quebrada, a una lengua que había sido cómplice del horror. Y, quizá, por eso su poesía sigue siendo tan necesaria hoy: porque no tranquiliza, no decora, no reconcilia. No hay en Celan la comodidad del símbolo bien educado; quien lo lee se encuentra con una intensidad que no permite salir intacto.
Al leerlo a usted, pensé en Celan. Quizá por eso me duele tanto leer que usted se siente un poeta cansado. Al final es una pérdida para todos, porque cuando se cansa quien ha sostenido la palabra, no se agota solo una voz; también se va acabando una forma de resistencia. Y eso es más grave que cualquier fatiga física.
Su texto me dolió, me entristeció y me indignó porque sus palabras dejan ver el eco de una traición: de gente que ahora le demuestra que la conciencia puede volverse muy selectiva. Y eso, doctor, más que una diferencia de opinión es una fractura interior.
Sepa usted que su cansancio no es derrota; es la consecuencia de haber sostenido una coherencia que pocos resisten sin quebrarse. Usted ha pasado una vida dedicado a salvar vidas, a advertir contra las armas, a luchar a favor de la paz, a sostener el juramento de no hacer distinciones entre razas, religiones o nacionalidades; y ahora debe enfrentar el hecho de saber que quienes una vez lo acompañaron a luchar por la paz ahora empiezan a hacer esas distinciones que usted nunca permitió.
Tanto usted como yo sabemos lo que es pertenecer a un pueblo que aprendió en carne propia que el mundo bien sabe mirar hacia otro lado mientras todo arde, y que ese gesto tan educado, tan correcto, también mata, aunque no ensucie las manos del “indiferente”
Tal vez al mundo no le guste la poesía dolorosa, la poesía que muerde, la que no negocia, la que señala y advierte; pero esa poesía no necesita multitud. Necesita verdad. Y la verdad, aunque parezca que está arando en el desierto, siempre deja marca, aunque no haya aplauso o no produzca respuesta inmediata.
Tanto usted como yo sabemos lo que es pertenecer a un pueblo que aprendió en carne propia que el mundo bien sabe mirar hacia otro lado mientras todo arde, y que ese gesto tan educado, tan correcto, también mata, aunque no ensucie las manos del “indiferente”.
Pienso en Jeremías, que hablaba a una ciudad que no quería oír. Pienso en Paul Celan, que escribía en alemán después de Auschwitz. Pienso ahora en usted, que ha dedicado su vida a la paz y hoy se siente solo porque quienes alguna vez caminaron a su lado han empezado a aplicar la conciencia a conveniencia. Voces distintas, siglos distintos, pero una misma intemperie: hablar cuando nadie quiere escuchar, seguir escribiendo cuando el lenguaje mismo parece haberse quedado sin espacio para la fe.
Aunque la respuesta a su llamado contra la indiferencia haya sido mínima, aunque sus amigos y compañeros de ruta no hayan respondido, somos varias las personas que leímos su texto y no pudimos pasar de largo. Y que esas personas, desde distintos rincones del mundo, le gritan con palabras escritas: gracias por no haber callado.
Ante su pregunta no explícita, solo tengo una contestación que ofrecerle: entre el grito y el silencio lo que nos queda es la poesía.
A usted, a mí, y a todos los humanos que todavía necesitan en sus vidas Verdad y Belleza (aunque sea dolorosa y aunque no lo sepan).
Con mi admiración, respeto y cariño de siempre,
Su amiga, y ahora, hermana
Raquel.