Samy Yecutieli
Hay personas que uno recuerda por lo que enseñaron. A Daniel Gil’Adi lo recordaré por algo más profundo: por la forma en que me enseñó a mirar hacia dentro.
Su muerte movió algo en mucha gente. Alumnos, colegas y amigos escribieron recuerdos y mensajes de afecto. No eran respuestas formales. Eran comentarios de personas que, décadas después, todavía sentían que Daniel les había dejado algo.
Eso no ocurre con cualquier profesor.
Daniel nació en Caracas en 1948, pero Israel ocupó siempre un lugar central en su identidad. Lo amaba, aunque nunca desde la ceguera ideológica ni desde la complacencia. Daniel miraba a Israel con amor, sentido crítico y una enorme preocupación humana.
Varios de sus amigos de juventud me comentaron sobre su vida en Venezuela, su paso por el movimiento juvenil sionista, sus vivencias en el kibutz y su incorporación al ejército israelí en 1967. Ese recorrido ayuda a entender algo esencial: Daniel no vivía su identidad israelí como una idea abstracta. La vivía con compromiso.
Sirvió como oficial paracaidista en las Fuerzas de Defensa de Israel y llevó sobre su cuerpo las marcas de esa historia. Quedó marcado por lo ocurrido, pero no reducido a ello. Trasformó esa experiencia en vida, pensamiento y resiliencia para superar adversidades.
Estudió, enseñó y acompañó a otros. Obtuvo un PhD en Sicología Clínica y realizó estudios posdoctorales. También fue campeón paralímpico en natación, atletismo y voleibol.
Pero enumerar sus títulos y logros no alcanza para explicar quién fue.
Daniel era intenso.
Daniel Gil’Adi Z’L (izquierda) con el autor
Cuestionaba, confrontaba e incomodaba. No para destruir, sino para provocar algo real. En sus grupos de liderazgo en el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) no se hablaba solamente de gerencia, equipos o toma de decisiones. Se hablaba de miedo, ego, vulnerabilidad, responsabilidad, propósito y autenticidad.
Muchos de sus alumnos recuerdan sus ejercicios, frases y momentos específicos. Algunos mencionaron el curso de liderazgo y supervivencia como una experiencia imposible de olvidar. Otros recordaron frases que siguen usando hasta hoy.
Daniel no dejaba únicamente aprendizajes. Dejaba experiencias, preguntas y marcas que muchas personas siguen llevando décadas después. No pasaba inadvertido en la vida de quienes lo conocían.
Daniel no enseñaba liderazgo como teoría. Lo vivía. Por eso tenía autoridad. No una autoridad formal, sino una autoridad ganada por la experiencia, el dolor trabajado, la inteligencia y una manera muy particular de estar frente a la vida.
Lo vi de cerca también en Israel. Apenas comenzó la guerra del 7 de octubre, Daniel vino a Israel para ayudar terapéuticamente a personas afectadas por la tragedia. No vino a observar desde lejos ni a opinar desde la comodidad de la distancia. Vino a estar presente, a escuchar y acompañar. Meses después volvió nuevamente para seguir apoyando.
Israel es conocido como la Startup Nation, pero Daniel fue una de las primeras personas que me habló del concepto de Post Trauma Nation. En ese momento entendí que miraba a Israel desde una comprensión profunda del trauma colectivo.
Conservo dos de sus libros sobre liderazgo con dedicatorias personales. En una de ellas compartió una reflexión inspirada en Séneca: “No tenemos que preocuparnos de vivir largos años, sino satisfactoriamente”.
Años después, en otra dedicatoria, citó una frase atribuida a Chaplin: “Un individuo se ha levantado y ha proyectado su sombra sobre el mundo”.
En perspectiva, esas dos frases hablan de él: vivir con sentido y entender que el cambio empieza cuando un individuo se levanta y asume una posición.
Daniel vivió intensamente. Alguna vez me dijo que sentía que había vivido varias vidas. Creo que tenía razón.
También recuerdo el Canon de Pachelbel como una forma de entrar en otro lugar interno, silencioso y sensible.
Detrás del hombre confrontacional, brillante y exigente, había una profundidad emocional muy grande. Quizá por eso su muerte generó tantas reacciones. Fue un excelente profesor, pero sobre todo muchas personas sintieron que Daniel les dejó una pregunta abierta, una exigencia interna, una influencia positiva.
Su vida conecta con algo profundamente israelí: la capacidad de seguir construyendo después de la adversidad.
Daniel convirtió heridas en pensamiento; pensamiento en enseñanza; y enseñanza en una huella profunda en los demás. Ese legado sigue vivo en quienes lo conocimos.
Daniel, gracias por todo.