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    “Nosotros no tenemos un Israel adonde huir”: la crisis de confianza en Alemania y Europa

    Published by Yossi Bentolila on 2 junio, 2026
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    El auge del nacionalismo y el odio aviva los temores de que la democracia liberal no sea tan segura como muchos creían. Es un temor que los judíos conocen bien

    Sharon Pardo*

    Un académico alemán lo expresó en voz baja durante una reunión de profesores en Frankfurt la semana pasada. La conversación había derivado hacia Alternativa para Alemania (AfD) y las posibles consecuencias de que ese partido llegara al gobierno. Alguien mencionó la posibilidad de abandonar el país. Otro asintió. Entonces llegó la frase que puso fin a la conversación: “Los judíos tienen a Israel. Nosotros no tenemos adónde ir”.

    La comparación es imperfecta, pero también reveladora. No significa que Alemania esté regresando a la década de 1930, ni que la AfD pudiera equipararse a los nazis. Señala algo más inmediato: una pérdida de confianza, en Alemania y en otras partes de Europa, en la permanencia de la democracia liberal. Para los judíos, ese temor tiene una larga historia.

    Durante décadas, muchos europeos dieron por sentado que las lecciones políticas del siglo XX habían sido asimiladas. El nacionalismo, el colapso democrático y las políticas excluyentes se consideraban peligros que Europa había superado. Alemania tenía un peso especial en ese contexto: tras el Holocausto, reconstruyó su vida pública en torno a límites constitucionales, instituciones democráticas y el deber de la memoria.

    Protesta-contra-AfD-AP partidos

    Manifestación contra el partido AfD en Giessen, Alemania, en 2025
    (Foto: AP)

    Para muchos judíos e israelíes, la Alemania de la posguerra demostró que una sociedad podía cambiar tanto moral como materialmente. Ofreció a Europa la prueba más contundente de que la democracia liberal podía contener el nacionalismo extremo y el odio. Esa confianza se está debilitando.

    El canciller Friedrich Merz se enfrenta a uno de los índices de aprobación más bajos registrados para un líder alemán de posguerra. Su coalición parece dividida y agotada. Mientras tanto, la AfD está en ascenso; una reciente encuesta de INSA sitúa al partido en el 28%, por delante de todos los demás. Las encuestas no son resultados electorales, pero en Alemania estas cifras tienen una resonancia particular. También tienen consecuencias prácticas: configuran alianzas, la atención de los medios y las decisiones de los partidos mayoritarios.

    Los críticos de AfD la acusan de normalizar la xenofobia y debilitar las normas cívicas construidas después de 1945. Sus partidarios argumentan que da voz a la indignación legítima por la inmigración, el estancamiento económico y una clase política que ha ignorado las preocupaciones comunes durante demasiado tiempo.

    Ambas afirmaciones pueden ser ciertas de diferentes maneras. Muchos votantes de AfD tienen quejas reales; ignorarlas profundizaría la desconfianza. Pero las sociedades democráticas también deben establecer un límite entre abordar la indignación pública y aceptar una política que trata a las minorías como una amenaza, o que convierte la identidad étnica en una medida de pertenencia.

    Lo que resulta diferente ahora no es simplemente el auge de los partidos nacionalistas; Europa ya ha experimentado oleadas populistas. Lo diferente es que profesionales con formación académica se preguntan abiertamente si permanecerían en sus países en caso de que partidos como AfD adquirieran mayor protagonismo en el gobierno. Estas conversaciones tienen lugar en universidades, iglesias, cafés y hogares. Médicos, periodistas, ingenieros y académicos hablan de marcharse, no principalmente por la guerra o la economía, sino porque temen una cultura política basada en el resentimiento y el desprecio por el pluralismo. Cuando personas así empiezan a planear su partida, la democracia ya está bajo presión.

    Los judíos comprenden esta fragilidad de una manera particular. La vida judía en Europa a menudo ha dependido de condiciones políticas que podían cambiar rápidamente. Israel surgió, en parte, del reconocimiento de que incluso las sociedades europeas avanzadas podían volverse contra los judíos en condiciones de miedo, polarización y debilidad institucional

    La referencia a la historia judía resulta incómoda y debe manejarse con cuidado. La Alemania contemporánea no es la Alemania de Weimar, AfD no es el partido nazi. El comentario en Fráncfort no fue una analogía histórica seria, sino una expresión del temor a que la estabilidad democrática sea menos duradera de lo que muchos europeos habían supuesto. Recurrió a la experiencia judía porque ofrece el ejemplo más crudo de ese temor.

    Los judíos comprenden esta fragilidad de una manera particular. La vida judía en Europa a menudo ha dependido de condiciones políticas que podían cambiar rápidamente. Israel surgió, en parte, del reconocimiento de que incluso las sociedades europeas avanzadas podían volverse contra los judíos en condiciones de miedo, polarización y debilidad institucional. Al mismo tiempo, la vida judía en Europa ha florecido cuando se protegen las normas liberales, las instituciones sólidas y el pluralismo cívico. Para muchos judíos, la seguridad de Israel y la democracia europea parecían reforzarse mutuamente.

    Esa relación ahora es más difícil de describir. Durante décadas, el apoyo europeo a Israel provenía principalmente de partidos democráticos liberales, marcados por la memoria del Holocausto y por los compromisos de posguerra con los derechos de las minorías. Eso ha cambiado. Algunos movimientos nacionalistas y euroescépticos se encuentran ahora entre los más firmes defensores de Israel en Europa, aun cuando promueven culturas políticas que muchos judíos liberales ven con recelo.

    Los sucesivos gobiernos de Netanyahu han cultivado estas relaciones, utilizándolas para reducir la presión de las instituciones de la Unión Europea críticas con la política israelí. Existen también afinidades ideológicas reales: énfasis en la soberanía nacional, desconfianza hacia los organismos supranacionales y hostilidad hacia ciertos sectores del orden internacional liberal.

    Algunas de las voces más firmes a favor de Israel en Europa provienen ahora de partidos que cuestionan los principios democráticos en los que se ha basado la seguridad de la vida judía en la diáspora. Para los judíos que observan simultáneamente la situación de Israel y Europa, las antiguas categorías ya no funcionan con claridad

    Esto crea un grave dilema. Algunas de las voces más firmes a favor de Israel en Europa provienen ahora de partidos que cuestionan los principios democráticos en los que se ha basado la seguridad de la vida judía en la diáspora. Para los judíos que observan simultáneamente la situación de Israel y Europa, las antiguas categorías ya no funcionan con claridad. El comentario de Frankfurt fue hiriente porque se basa en una distinción que antes parecía clara: los judíos tenían un refugio mientras que los europeos tenían democracias liberales estables. Hoy, ninguna de las dos partes de esa distinción resulta tan sencilla.

    La solución no puede ser tachar a todo votante nacionalista de extremista. Muchas personas que se inclinan por AfD o partidos similares se sienten ignoradas por líderes que hablan con fluidez sobre valores, pero con menos convicción sobre seguridad, salarios, educación, vivienda y cohesión social. Las democracias deben tomarse en serio estas preocupaciones, pero no pueden hacerlo normalizando un lenguaje que presente a las minorías como marginadas permanentes ni debilitando las instituciones que protegen la igualdad de ciudadanía.

    Europa aprendió, a través de la catástrofe, que la erosión democrática no suele producirse de repente: avanza mediante la polarización, el agotamiento de las instituciones y la lenta pérdida de confianza. Por eso, el comentario de Frankfurt es importante. Su relevancia radica menos en su precisión histórica que en lo que revela sobre el resurgimiento de la duda política, en sociedades que creían haberla superado.

    Alemania ha sido durante mucho tiempo el ejemplo más importante de recuperación democrática en Europa. Si los propios alemanes empiezan a dudar de la durabilidad de esa recuperación, las consecuencias no se limitarán a Alemania. Los judíos tienen motivos para tomarse en serio esa duda; Europa también debería hacerlo.

    *Investigador principal del Jewish People Policy Institute (JPPI) y profesor en la Universidad Ben Gurión del Néguev.
    Fuente: The Times of Israel.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
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