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    De Franco a Podemos: las raíces de la extrema hostilidad de España hacia Israel

    Published by Yossi Bentolila on 7 abril, 2026
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    • Alejandro Baer
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    Resulta difícil ignorar el vínculo entre la retórica de Madrid y las corrientes subterráneas no reconocidas del antisemitismo en el país. El retiro del embajador en Jerusalén cristalizó esta lógica

    Alejandro Baer*

    El 11 de marzo, España se convirtió en el primer país europeo en retirar a su embajador de Israel. Para muchos judíos españoles, este gesto fue más que una mera maniobra diplomática: reavivó la ansiedad por un pasado que esperaban haber dejado atrás.

    Durante décadas, España parecía avanzar en la dirección opuesta. La muerte del dictador Francisco Franco, el establecimiento de relaciones con Israel en 1986 y la ley que otorgaba la ciudadanía a los descendientes de los judíos expulsados en el siglo XV sugerían una lenta pero constante normalización de la vida judía. Era tentador creer que los arraigados reflejos antisemitas de España estaban finalmente desapareciendo. Pocos imaginaban la brusquedad con la que ese optimismo se desmoronaría tras los atentados del 7 de octubre de 2023 y la guerra de Gaza.

    El antisemitismo se ha extendido por Europa Occidental, pero la reacción de España ha sido particular: más contundente, más estridente y con mayor influencia política. Tres factores estructurales ayudan a explicar por qué el país se ha convertido en un terreno inusualmente fértil para el resurgimiento de discursos antisemitas.

    Franco-y-Pedro-Sanchez-OKDiario antisemitismo

    (Imagen: okdiario.com)

    En primer lugar, España se sitúa al margen de la cultura de la memoria europea. A diferencia de Alemania, Francia o incluso Italia, España nunca integró su trato a los judíos —durante el Holocausto o mucho antes— en su conciencia moral contemporánea. Como argumenta el filósofo Reyes Mate, España ha producido relatos históricos de su pasado judío, pero no una reflexión moral. El resultado es un vacío persistente: desde la transición a la democracia, ha habido poca reflexión sobre la ignorancia y los prejuicios que han moldeado las actitudes hacia los judíos, la identidad judía y el Estado de Israel.

    Si bien los actores políticos de centro y derecha moderada se han vuelto más conscientes de este legado, la ceguera persiste en la izquierda, especialmente a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde el antisionismo de estilo soviético ha sido durante mucho tiempo un pilar ideológico incuestionable. Paradójicamente, los herederos más visibles del marco franquista que veía al Estado de Israel bajo una luz plagada de estereotipos antisemitas tradicionales y modernos son partidos como Podemos y la plataforma electoral Sumar, que actualmente forma parte del gobierno de coalición español.

    Como argumenta el filósofo Reyes Mate, España ha producido relatos históricos de su pasado judío, pero no una reflexión moral. El resultado es un vacío persistente: desde la transición a la democracia, ha habido poca reflexión sobre la ignorancia y los prejuicios que han moldeado las actitudes hacia los judíos, la identidad judía y el Estado de Israel

    En segundo lugar, la dependencia del actual gobierno del PSOE de esa izquierda antisionista ha introducido estas narrativas en la corriente política principal. Inmediatamente después de las masacres del 7 de octubre, ministros de Podemos (socio de coalición del PSOE entre 2021 y 2023) acusaron a Israel de “genocidio” mientras aún se contabilizaban los cuerpos de las víctimas israelíes de los ataques de Hamás. Consignas como “Del río al mar”, escuchadas en manifestaciones por toda Europa, fueron amplificadas en España no por activistas marginales, sino por funcionarios del gobierno como la vicepresidenta Yolanda Díaz. Jone Belarra, secretaria general de Podemos y exministra de Derechos Sociales, plasmó la postura del partido en una impactante publicación de la Nochebuena de 2025 en X: “En estos tiempos en que todos aspiramos al bien, Israel encarna el mal absoluto. Detenerlo es la tarea política fundamental”.

    A medida que se intensificaba la guerra en Gaza, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, reconoció el capital político que podía obtener con sus aliados de izquierda y una gran parte del electorado español al posicionarse como el crítico más acérrimo de Israel en Europa. Sus decisiones se correspondieron con esta realidad: apoyó el boicot a la Vuelta a España por la participación de un equipo israelí, impulsó la retirada de España de Eurovisión y la imposición de sanciones contra Israel en foros internacionales.

    Paradójicamente, los herederos más visibles del marco franquista que veía al Estado de Israel bajo una luz plagada de estereotipos antisemitas tradicionales y modernos son partidos como Podemos y la plataforma electoral Sumar, que actualmente forma parte del gobierno de coalición español

    Desde el inicio de la guerra con Irán, Sánchez ha recuperado el lema “No a la guerra”, asociado al movimiento contra la guerra de Iraq de 2003, un punto de inflexión político en la España moderna que contribuyó a la caída del gobierno conservador de José María Aznar. “No a la guerra” es, una vez más, una postura oportunista que capitaliza la animosidad generalizada hacia el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, pero que también refleja una visión del mundo que oculta lo que Irán y sus aliados representan para el Estado de Israel y las comunidades judías a nivel mundial.

    Resulta difícil ignorar la conexión entre esta retórica y las corrientes subterráneas no reconocidas del antisemitismo español. La decisión de retirar definitivamente al embajador español en Israel, tomada mientras los cohetes iraníes impactaban en ciudades israelíes, cristalizó esta lógica: una acción singular dirigida exclusivamente a un país.

    A medida que se intensificaba la guerra en Gaza, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, reconoció el capital político que podía obtener con sus aliados de izquierda y una gran parte del electorado español al posicionarse como el crítico más acérrimo de Israel en Europa

    Siguiendo esta línea, el gobierno español convocó el lunes al encargado de negocios de Israel en Madrid después de que la policía israelí, con excesivo celo, decidiera bloquear la misa del Domingo de Ramos en el Santo Sepulcro ante el temor de que misiles iraníes pudieran alcanzar la iglesia. Este episodio, exagerado y que desestima las restricciones de seguridad impuestas por la guerra, evoca la lógica del tuit navideño mencionado anteriormente. En conjunto, demuestran la rapidez con la que se pueden movilizar los arraigados prejuicios antisemitas y los sentimientos religiosos al criticar a Israel.

    En tercer lugar, España carece de una masa crítica judía capaz de contrarrestar estas narrativas. Con una comunidad estimada en tan solo 40.000 a 50.000 personas, las voces judías siguen estando prácticamente ausentes de la corriente cultural e intelectual dominante del país. Los autores judíos españoles son escasos en las librerías, mientras que las últimas obras de escritores antisionistas como Ilan Pappe o Peter Beinart están ampliamente disponibles. En las universidades públicas, organizar una conferencia abierta sobre política del Medio Oriente que incluya voces judías o israelíes no alineadas con el antisionismo militante conlleva un alto riesgo de interrupción o cancelación. Los especialistas en estudios árabes e islámicos destacan como comentaristas mediáticos del conflicto israelí-palestino, mientras que las perspectivas israelíes o judías mayoritarias rara vez se presentan. Aparte de pequeños pero estridentes grupos proisraelíes alineados con la extrema derecha —un tema que merece un artículo aparte—, pocas voces moderadas y bien informadas de la comunidad logran llegar a la corriente principal.

    Pocos creen que sea posible un progreso significativo sin un cambio en la postura del gobierno hacia Israel. Los incentivos políticos, sin duda, apuntan en la dirección opuesta. Así, la comunidad judía española se encuentra atrapada en una situación sin salida: colabora con funcionarios bienintencionados encargados de combatir el antisemitismo, mientras que esos mismos funcionarios comparten el espacio político con algunos de sus más persistentes promotores

    Tan solo un día después de que el gobierno anunciara la retirada de su embajador de Israel, se presentó en el Centro Sefarad-Israel de Madrid un informe independiente de Networks Overcoming Antisemitism (Red para Superar el Antisemitismo), que describe los actuales desafíos en el país. El evento reunió a funcionarios gubernamentales, académicos y organizaciones judías. Sin embargo, una contradicción central flotaba en el ambiente: ¿cómo puede un gobierno combatir el antisemitismo al mismo tiempo que empodera a actores políticos que contribuyen a normalizarlo?

    Pocos creen que sea posible un progreso significativo sin un cambio en la postura del gobierno hacia Israel. Los incentivos políticos, sin duda, apuntan en la dirección opuesta. Así, la comunidad judía española se encuentra atrapada en una situación sin salida: colabora con funcionarios bienintencionados encargados de combatir el antisemitismo, mientras que esos mismos funcionarios comparten el espacio político con algunos de sus más persistentes promotores.

    *Sociólogo, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC). Es autor del libro Antisemitismo. El eterno retorno de la cuestión judía.
    Fuente: The Jewish Chronicle (thejc.com).
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
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