Una noticia circuló este 1º de agosto: la estatua de Maimónides ubicada en el barrio judío de Córdoba, uno de los lugares más visitados de esa ciudad española, fue profanada con una esvástica. Se trata apenas de uno más de los incidentes “antisionistas” que se vienen sucediendo en España en los últimos años, como consecuencia del clima hostil contra los judíos que ha impulsado el gobierno de Pedro Sánchez. Las autoridades policiales indicaron que realizarán una investigación, pero ya sabemos a dónde conducen usualmente esas “investigaciones”.
Al respecto, viene al caso reproducir el siguiente texto de la ONG hispano-judía Acción y Comunicación sobre Oriente Medio (ACOM)
Maimónides y el mito de una España musulmana idealizada
La vida de Maimónides (Moisés ben Maimón, 1138-1204), uno de los más grandes filósofos, médicos y juristas de la historia judía, es un poderoso recordatorio de que la España medieval era mucho más compleja de lo que sugieren muchas narrativas contemporáneas.
Maimónides nació en Córdoba, que por entonces estaba bajo dominio musulmán. Sin embargo, no abandonó su tierra natal por voluntad propia. Su familia se vio obligada a huir cuando la dinastía almohade, un movimiento islámico rigorista del norte de África, conquistó Al-Ándalus a mediados del siglo XII y planteó a judíos y cristianos una disyuntiva crucial: convertirse al Islam, exiliarse o enfrentarse a la persecución.
La familia optó por el exilio. Durante años vagaron por distintas partes de la Península Ibérica antes de establecerse temporalmente en Fez, en el actual Marruecos. Allí, sin embargo, encontraron escaso refugio. Bajo el mismo dominio almohade, la presión sobre las comunidades judías seguía siendo severa. Según los relatos tradicionales, el propio Maimónides se vio obligado durante un tiempo a ocultar su identidad judía para sobrevivir.
Finalmente, abandonó el norte de África y se estableció en Egipto, bajo la dinastía ayubí de Saladino. Allí encontró un entorno relativamente más estable, en el que pudo producir las extraordinarias obras filosóficas, jurídicas y médicas que lo convirtieron en una de las figuras intelectuales más importantes de la Edad Media. Su biografía cuestiona la imagen idealizada de Al-Ándalus como una sociedad permanentemente tolerante y armoniosa. Si la España musulmana hubiera sido realmente un modelo constante de coexistencia religiosa, resulta difícil explicar por qué uno de los más grandes sabios judíos de la historia se vio obligado a huir de su tierra natal simplemente para preservar su fe y su libertad.
Al mismo tiempo, sería igualmente engañoso adoptar la simplificación opuesta. La coexistencia pacífica entre judíos, cristianos y musulmanes no fue exclusiva de Al-Ándalus. Durante siglos, los reinos cristianos de la Península Ibérica albergaron prósperas comunidades judías que realizaron extraordinarias contribuciones a la vida intelectual, científica, económica y política. La célebre Escuela de Traductores de Toledo simboliza esta cooperación. Eruditos cristianos, judíos y musulmanes trabajaron juntos para traducir textos griegos, hebreos y árabes al latín y al castellano, convirtiendo a la España cristiana en una de las principales puertas de entrada al conocimiento clásico y científico de la Europa medieval.
Maimónides ha sido tradicionalmente un motivo de orgullo en Córdoba, y su monumento constituye una atracción turística del antiguo barrio judío de la ciudad. Pero al parecer algunos cordobeses no comparten ese respeto
(Foto: redes sociales)
Los eruditos judíos también ocuparon puestos de gran influencia en los reinos cristianos. Judah ben Moses ha-Kohen, médico, astrónomo y traductor del rey Alfonso X de Castilla, desempeñó un papel fundamental en los proyectos científicos y jurídicos del monarca. Abraham Zacuto, nacido en Salamanca, elaboró obras astronómicas cuyas tablas serían de gran utilidad para los navegantes portugueses durante la Era de los Descubrimientos. Samuel ha-Levi Abulafia, tesorero del rey Pedro I de Castilla, se convirtió en uno de los funcionarios financieros y políticos más poderosos del reino, y patrocinó la construcción de la magnífica Sinagoga de El Tránsito en Toledo.
Los reinos cristianos también dieron origen a algunos de los más grandes pensadores religiosos del judaísmo medieval. Najmánides (Ramban), nacido en Girona, escribió gran parte de su monumental obra rabínica y filosófica bajo la Corona de Aragón. Asher ben Jehiel (el Rosh) fundó en Toledo una de las academias talmúdicas más importantes de Europa. Su hijo, Jacob ben Asher (Baal ha-Turim), compuso el Arba’ah Turim, una de las codificaciones fundamentales de la ley judía. En Zaragoza, Hasdai Crescas se erigió como uno de los filósofos judíos más destacados del siglo XIV, cuyas ideas influirían posteriormente en pensadores como Spinoza. Poco después, Joseph Albo, también residente en Aragón, escribió el Séfer ha-Ikkarim (“Libro de los Principios”), una de las obras más importantes de la teología judía medieval.
Estos ejemplos demuestran que la España cristiana no fue simplemente un lugar donde sobrevivieron las comunidades judías; también florecieron durante siglos la erudición, la ciencia, la filosofía, el servicio público y el liderazgo político judíos. Nada de esto disminuye la trágica realidad de lo que siguió. Los pogromos de 1391, las conversiones forzadas, el establecimiento de la Inquisición y, finalmente, la expulsión de los judíos en 1492, fueron profundas injusticias que pusieron fin a más de un milenio de vida judía en España.
Sin embargo, reducir toda la historia de la España cristiana a esas tragedias finales sería tan engañoso como presentar a toda la España musulmana como una época dorada de tolerancia. La realidad histórica es considerablemente más compleja. Tanto la España musulmana como la cristiana experimentaron períodos de notable cooperación, así como de persecución y fanatismo. Bajo el dominio islámico, los judíos vivían generalmente como dhimmis: comunidades protegidas, pero legalmente subordinadas a los musulmanes, sujetas a impuestos especiales y diversas restricciones legales y sociales. Este estatus podía resultar relativamente estable bajo gobernantes pragmáticos, pero podía desaparecer casi de la noche a la mañana cuando el poder caía en manos de extremistas religiosos como los almohades.
La vida de Maimónides ilustra esta realidad mejor que cualquier argumento abstracto. Nació en España, se vio obligado a abandonarla debido a la persecución de los almohades, continuó huyendo por el norte de África porque dicha persecución persistía, y solo encontró la estabilidad necesaria para desarrollar su potencial intelectual tras llegar a un lugar donde la presión religiosa era considerablemente menor. Al mismo tiempo, algunos de los más grandes eruditos, científicos, estadistas y administradores del judaísmo produjeron sus mejores obras bajo la soberanía de los reinos cristianos de Castilla y Aragón. Sus logros demuestran que la coexistencia no fue patrimonio exclusivo de Al-Ándalus, y que el florecimiento intelectual judío continuó durante siglos en la España cristiana.
Por ello, presentar a la España musulmana como el único modelo de tolerancia, mientras que a la España cristiana se la describe simplemente como una historia de intolerancia, refleja una interpretación selectiva del pasado. La evidencia histórica apunta, en cambio, a una conclusión mucho más equilibrada: ambas civilizaciones experimentaron períodos de apertura y períodos de opresión; ambas produjeron gobernantes ilustrados y fanáticos; ambas fueron testigos de una colaboración extraordinaria, así como de episodios de violencia. Las vidas de Maimónides, Najmánides, Judá ben Moisés, Samuel Leví, Abraham Zacuto, Aser ben Jehiel, Jacob ben Aser, Hasdai Crescas y José Albo demuestran que la civilización judía realizó contribuciones indispensables tanto a la España musulmana como a la cristiana. Convertir un período en un mito de perfecta coexistencia, mientras se reduce el otro a una narración de persecución constante, no hace justicia ni al registro histórico ni a la experiencia vivida por los judíos españoles.
Hoy en día, Maimónides es venerado en su ciudad natal de Córdoba, en España, donde el monumento que lo honra ha sido profanado. No existe ni una sola estatua en su honor en ninguna de las ciudades musulmanas donde vivió el resto de su vida, desde Marruecos hasta Egipto.
Fuente: cuenta de “X” de Acción y Comunicación sobre Oriente Medio (@acom_es)