

Raquel Nuchi*
El teléfono no dejaba de timbrar y el eco de los sismos todavía vibraba en la voz de la gente. Del otro lado de la línea no había solo solicitudes; había angustia contenida, paredes agrietadas y vidas puestas en pausa. Para Yájad, la Red de Bienestar y Desarrollo comunitario, la primera respuesta tuvo que ser el sosiego, pero de inmediato se activó una maquinaria incansable. Había que escuchar con el corazón y registrar con la mente fría: nombre, cédula, título de propiedad, dirección exacta, número de contacto. Cada llamada abría un expediente, y cada expediente era una familia esperando que alguien tocara a su puerta para decirle que no estaba sola.
Nació el proyecto “Reconstrucción de viviendas”, producto de la generosidad venida de todos los rincones del mundo. Sin pérdida de tiempo se activa el día uno el Vaad Hakehilot, creando el Vaad Neemán, “la mesa de la confianza”, con un nutrido grupo de voluntarios que con absoluta entrega se dispusieron a armar un aparataje que permitiera organizar la respuesta de ayuda a las familias afectadas. Frente al impacto, sobraron manos y talento para levantar un engranaje donde la técnica y el corazón marcharon al mismo compás. Cada clavo, cada cálculo y cada aporte encontraron su lugar en un sistema de absoluta transparencia y trazabilidad gracias a la pericia de la voluntad, la creatividad y la IA.
A partir de ahí comenzaba un engranaje milimétrico donde el tiempo corría en contra. La información pasaba a la Comisión de Infraestructura, que desplegaba a sus diez frentes compuestos por 26 voluntarios sobre el terreno. San Bernardino de lo más afectado. Los Dos Caminos, Los Palos Grandes y Sebucán, también. Había que caminar la ciudad, subir escaleras cuando los ascensores estaban clausurados, medir grietas, calcular metros cuadrados de friso y evaluar techos comprometidos. En muchos casos, quien levantaba el daño era el mismo contratista que de inmediato estructuraba la cotización. La dinámica no daba tregua: domingos enteros, madrugadas, semanas intensas donde el único respiro sagrado era la pausa de Shabat. Era un ritmo de 24 horas al día para revisar presupuestos al detalle, validar facturas de quienes habían iniciado reparaciones por cuenta propia, ajustar cada renglón a los baremos comunitarios y vaciarlo todo en la aplicación, para que el Vaad Neemán, la mesa de la confianza, diera la luz verde financiera.
Sin embargo, la realidad de la calle siempre desafía a los planos. Coordinar esta reconstrucción fue como armar un rompecabezas cuyas piezas cambiaban de forma a mitad del camino. Un contratista llegaba con sus herramientas listo para iniciar obra y se encontraba con que la Alcaldía acababa de marcar el edificio con etiqueta roja, obligando a frenar en seco; o surgía el anuncio repentino de que la Alcaldía reconstruiría las fachadas, exigiendo replantear el cronograma de inmediato. Había que sortear trabas de condominios recelosos, lidiar con inmuebles bajo etiqueta amarilla, y gestionar permisos mientras se coordinaba la logística de materiales para que los trabajos operaran bajo la modalidad de “llave en mano”: demoler, botar escombros, sanear tuberías, rehacer cableados, encamisar paredes y entregar cada espacio en orden y habitable. Un solo contratista podía estar gestionando diez apartamentos en simultáneo, cuidando cada detalle como si se tratara de su propio hogar.
Para las familias cuyos edificios amanecieron marcados con la temida etiqueta roja de inhabitabilidad, el drama no permitía pausas: de pronto, no había suelo firme al cual volver. Para ellas, la comunidad abrió las puertas de sus propios inmuebles para ofrecer un refugio inmediato y digno, acogiendo y arropando bajo un techo seguro — y con especial cuidado y esmero— mientras avanzaba el camino para devolverlos a sus casas.
El proyecto deja una gran satisfacción: una labor que dignifica a quien la llevó a cabo y a quien la recibió. Un balance constante entre la ingeniería más rigurosa, la auditoría de cada centavo y la sensibilidad de entender que no se estaban reparando cuatro paredes, sino reconstruyendo el refugio y la paz de toda una comunidad
Pero más allá del cemento, el polvo y las cuadrillas, el verdadero centro siempre fue lo humano. En el censo se contaron casi 68 personas de la tercera edad —hombres y mujeres de 85 y hasta 90 años—, para quienes el ruido del taladro y el polvo representaban una amenaza directa a su salud. Si un abuelo caía enfermo, las obras se detenían con paciencia y respeto hasta que estuviera a salvo. En medio del camino, el dolor también se hizo presente con el fallecimiento de tres beneficiarias muy queridas, recordándonos a todos la fragilidad de la vida y la urgencia de nuestro propósito.
Cuando el supervisor de obra firmaba el acta de cierre certificando que cada detalle técnico estaba en orden, se despertaba la emoción de marcar la obra como completada. Nunca un clic del mouse llegó a ser tan esperado. Llegaba entonces el momento de sellar el proceso con el alma. Ahí entraba la Comisión Lev, junto al voluntariado del grupo Nehama, para tocar la puerta de un viernes y entregar un ramo de flores y jalot. Era el broche humano, la manera más sensible de pronunciar un sincero Hineni: aquí estuvimos, aquí estamos.
Todo el proceso ha sido una avalancha de voluntades; así mismo lo comentó uno de nuestros contratistas: “es que no hemos parado”. El proyecto deja una gran satisfacción: una labor que dignifica a quien la llevó a cabo y a quien la recibió. Un balance constante entre la ingeniería más rigurosa, la auditoría de cada centavo y la sensibilidad de entender que no se estaban reparando cuatro paredes, sino reconstruyendo el refugio y la paz de toda una comunidad. Casa por casa, expediente por expediente, la respuesta llegó.
*Gerente del proyecto Vaad Neemán.