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    Opinión

    Los archivos oscuros de Obama

    Published by Yossi Bentolila on 9 octubre, 2026
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    Un nuevo libro revela las mentiras, traiciones y abusos de poder de un presidente “libre de escándalos”. El siguiente texto aparece como Nota al Lector al inicio de la obra

    Pierre Rehov*

    Dos personas que pasaron años en la órbita de Barack Obama accedieron a hablar para este libro con la condición de que sus nombres nunca aparecieran en él. La información de ambas fuentes se contrastó con registros documentales, testimonios ante el Congreso, las conclusiones de los inspectores generales, documentos judiciales e información de inteligencia desclasificada. El resto proviene de fuentes abiertas; dicho de otro modo: estaba a la vista de todos.

    Informes del Congreso de cientos de páginas. Investigaciones de inspectores generales que duraron años y arrojaron conclusiones, que los grandes medios resumían en tres párrafos antes de pasar a otra cosa. Testimonios jurados —bajo pena de perjurio— ante comisiones cuyas actas ocupan miles de páginas que casi nadie lee. Documentos desclasificados gracias a litigios al amparo de la Ley de Libertad de Información por parte de organizaciones cuyos nombres no aparecen en programas de televisión. La base documental de este libro ya existía antes de realizarse una sola entrevista. El trabajo consistió en leer lo que ya estaba ahí, reunir lo que se había dispersado deliberadamente, y rechazar el consenso de Washington de que ciertas historias deberían dejarse de lado.

    Ese consenso era, en sí mismo, una historia que merecía la pena analizar.

    Una aclaración sobre lo que no es este libro.

    No contiene nada sobre el matrimonio de Barack Obama, su familia o su vida privada. Ninguno de esos temas aparece aquí porque no se buscaron; no por cortesía, sino porque resultan irrelevantes para el argumento central. El argumento trata sobre la gestión del poder. Sobre decisiones concretas tomadas por un hombre que ocupó el cargo más poderoso del mundo, y sobre la brecha entre lo que dijo al pueblo estadounidense que estaba haciendo y lo que los registros demuestran que realmente hizo. La vida privada de un político le pertenece a él, a menos que cause un perjuicio público directo. La trayectoria pública de Obama causó daños de tal magnitud que su vida privada no necesita añadirse.

    Barack Hussein Obama llegó al cargo con una autopercepción que marcó todo lo que hizo posteriormente. No se veía a sí mismo simplemente como un político que había ganado unas elecciones, sino como un factor de corrección histórica: un hombre cuya biografía, intelecto y visión lo situaban por encima de los actores habituales de la política democrática. No solo reformaría la política estadounidense, sino también el propósito mismo de la nación

    Los chismes pertenecen a otro ámbito. Lo que ocupó su lugar fue algo más exigente y condenatorio: los hechos reales, analizados sin el tono condescendiente que el periodismo de Washington ha aplicado habitualmente a esa presidencia.

    Barack Hussein Obama llegó al cargo con una autopercepción que marcó todo lo que hizo posteriormente. No se veía a sí mismo simplemente como un político que había ganado unas elecciones, sino como un factor de corrección histórica: un hombre cuya biografía, intelecto y visión lo situaban por encima de los actores habituales de la política democrática. No solo reformaría la política estadounidense, sino también el propósito mismo de la nación. Redirigiría el rumbo de lo que le gustaba llamar —tomando prestada la expresión de Theodore Parker a través de Martin Luther King— el universo moral. Poseía dotes excepcionales. Sin embargo, se equivocó de forma catastrófica al creer que tales dotes le facultaban para actuar como lo hizo con unas instituciones que había sido elegido para custodiar, no para trasformar.

    El desastre subsiguiente era previsible. Todas las instituciones que tocó acabaron supeditadas a un proyecto de mayor envergadura: el IRS (Servicio de Impuestos Internos) fue utilizado para sofocar a la oposición política; el Departamento de Justicia, para proteger a aliados y perseguir a enemigos; la comunidad de inteligencia, para gestionar una transición presidencial de modos no autorizados por la legislación vigente; el Departamento de Estado, para sostener relatos desmentidos por los propios cables clasificados; y el Departamento de Energía, para canalizar fondos públicos hacia iniciativas ideológicamente afines cuyas finanzas no habrían resistido un escrutinio honesto. Todo ello lo llevó a cabo manteniendo, con notable coherencia, la imagen pública de un hombre comprometido con las mismas normas que él mismo estaba socavando. Esa imagen era el elemento esencial de toda la operación; sin ella, el escrutinio habría llegado mucho antes.

    Una de las consecuencias exige atención, porque sigue acumulando efectos y porque la cadena causal se ha debatido con menos franqueza de la que permiten las pruebas.

    La conexión con el 7 de octubre de 2023 no es mera especulación. Escribo estas palabras desde una ciudad cercana a Gaza que ha pasado más de dos años bajo el fuego de cohetes lanzados por organizaciones a las que la política de Obama fortaleció considerablemente. Los túneles, las armas, la confianza operativa para sostener un ataque a gran escala contra civiles: nada de esto habría alcanzado tal magnitud sin el oxígeno financiero que proporcionó el JCPOA

    Para enero de 2017, Irán era un país estratégicamente distinto del que existía antes del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés). Se había desmantelado el entramado de sanciones que restringía su economía, sus adquisiciones militares y su capacidad para financiar a organizaciones interpuestas (proxies). Se le habían liberado entre cincuenta mil y cien mil millones de dólares en activos congelados. Las capacidades más sensibles del programa nuclear se habían preservado bajo restricciones temporales, programadas para expirar. El programa de misiles balísticos —el sistema de lanzamiento que a la larga resultaría más decisivo— había quedado intacto. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica tenía acceso a recursos que el régimen de sanciones se había diseñado específicamente para impedir.

    Hezbolá recibió aumentos de financiación que su propia cúpula reconoció públicamente e invirtió en municiones de precisión. Hamás reconstruyó la infraestructura militar que conflictos anteriores habían deteriorado. Los hutíes recibieron armas lo suficientemente sofisticadas como para amenazar la navegación en el Mar Rojo y atacar objetivos en Arabia Saudita. Las capacidades específicas que la administración Trump ha intentado contrarrestar desde su regreso al poder —las reservas de misiles, los programas de drones, el alcance de la red de proxies— se construyeron, financiaron y desarrollaron durante los años en que la política de Obama eliminó las restricciones financieras que antes limitaban su creación.

    La conexión con el 7 de octubre de 2023 no es mera especulación. Escribo estas palabras desde una ciudad cercana a Gaza que ha pasado más de dos años bajo el fuego de cohetes lanzados por organizaciones a las que la política de Obama fortaleció considerablemente. Los túneles, las armas, la confianza operativa para sostener un ataque a gran escala contra civiles: nada de esto habría alcanzado tal magnitud sin el oxígeno financiero que proporcionó el JCPOA. No existe una respuesta clara sobre si unas sanciones más estrictas habrían bastado para evitar el 7 de octubre; sin embargo, las pruebas responden sin ambigüedad a la pregunta de si levantarlas hizo que tal evento fuera más probable.

    Los estudiantes de los campus universitarios estadounidenses que celebraron la masacre inmediatamente después de que ocurriera, que equipararon a las víctimas asesinadas con sus asesinos y que convirtieron sus instituciones en territorio hostil para los estudiantes judíos a pocos días de la peor atrocidad antisemita que se recuerde, no llegaron a esa postura de la nada. Operaban dentro de un marco intelectual que los años de Obama habían construido, amueblado y legitimado: el poder estadounidense como el problema principal, la violencia palestina como una “resistencia” comprensible, y las preocupaciones de Israel por su seguridad como obstáculos para la paz regional. Los estudiantes que celebraron a Hamás fueron la consecuencia lógica de un marco cuyos arquitectos se habrían horrorizado de ser considerados responsables de lo que este produjo. Aun así, deben ser responsabilizados.

    Las decisiones que marcaron aquellos años no fueron tomadas por un mito. Fueron tomadas por un hombre, en contextos institucionales concretos, con asesores específicos y bajo presiones determinadas; un hombre que tomó decisiones cuyas consecuencias siguen manifestándose hoy en la deuda, el desorden regional, los precedentes institucionales y el sufrimiento humano

    Este libro responsabiliza a Barack Obama por su gestión. No por sus intenciones, que fueron genuinas. No por su visión, que fue coherente. Sino por las decisiones concretas que tomó con el poder que se le otorgó, las consecuencias específicas que dichas decisiones generaron, y la brecha concreta entre lo que dijo al país que estaba haciendo y lo que los registros demuestran que realmente hizo.

    El mito que se forjó en torno a su presidencia —“libre de escándalos”, posracial, moralmente sofisticada— cumplió funciones sicológicas y políticas para quienes apostaron por él. Sin embargo, no contribuye a la precisión histórica. Esta distinción es importante, porque las decisiones que marcaron aquellos años no fueron tomadas por un mito. Fueron tomadas por un hombre, en contextos institucionales concretos, con asesores específicos y bajo presiones determinadas; un hombre que tomó decisiones cuyas consecuencias siguen manifestándose hoy en la deuda, el desorden regional, los precedentes institucionales y el sufrimiento humano que los informes del Congreso y las conclusiones de los inspectores generales vinculan directamente con su gestión.

    Los hechos recopilados en estos capítulos ya estaban disponibles antes de que se escribiera este libro. No estaban ocultos; simplemente estaban dispersos, minimizados y sepultados bajo la narrativa de una presidencia que las instituciones culturales dominantes habían decidido, de antemano, que sería recordada como un éxito.

    La historia lleva un registro distinto. Este libro es un intento de leerlo con honestidad, realizado por alguien que ha pagado un precio personal por las consecuencias que aquí se documentan y que, por tanto, ha agotado su paciencia ante los intentos de disfrazar la realidad.

    *Cineasta de investigación, escritor y columnista.
    Fuente: Substack de Pierre Rehov.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
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