

Jo-ann Peña Angulo*
La cultura escrita del pueblo judío cuenta la historia de su naturaleza diaspórica. Identificarse e historiarse como comunidad es un proceso de valores compartidos que se fraguan en el tejido de “sentir y encontrarse”. Las fuentes y textos escritos que narran sus itinerarios de migración son fundamentalmente testimonios de sus experiencias afectivas y sensoriales. En sus líneas se tejen históricamente las emociones que emergen, se aprenden y consolidan como “instrumentos de socialización” y “señales sociales” de la diáspora.
Si hacemos una lectura, desde la historia de las emociones, del trabajo de Alberto Moryusef La continuidad de las comunidades judías en América Latina, podemos afirmar que su escrito es una invitación a reflexionar sobre el papel de las emociones en la cohesión y desarticulación de las comunidades judías en América Latina. En sus palabras: “…cuando hablamos de continuidad judía debemos considerar tanto la del judío como individuo como la de su comunidad, íntimamente asociadas ya que sin uno no existe la otra” En este sentido, el desarraigo es un tema de preocupación para el autor. Entiende que dicha acción no solo involucra la materialidad de la separación física de los orígenes y de la “tierra de los padres”, sino también el distanciamiento sentimental y emocional entre los miembros de la comunidad. El autor parece advertir sobre el peligro latente que representa la ruptura de la continuidad comunitaria.
Ahora bien, descubrir las emociones de la inmigración sefardí del norte de Marruecos llegada a Venezuela a mediados del siglo XX es adentrarnos en los sentimientos y las sensibilidades derivadas de las experiencias temporales de mujeres y hombres. En este caso y desde distintas miradas Alegría Bendelac, Sara Fereres de Moryoussef y Moisés Garzón Serfaty nos muestran a Tánger, Tetuán y Larache como asentamientos de comunidades enlazadas por emociones a través de sus vivencias y desde las memorias de otros sefardíes marroquíes. Podemos hablar así de comunidades textuales y comunidades emocionales.
Tarjeta postal de finales del siglo XIX que muestra a una mujer judía del norte de Marruecos
(Foto: Flickr)
La práctica cultural compartida de recordar “aquello que fue” y que muchas veces “ya no es” convierte al pretérito marroquí en una dinámica pasado-presente de reforzamiento identitario y emocional. En este proceso, Sefarad es el núcleo afectivo de la conciencia histórica de estas comunidades. El vínculo emocional con ella como el lugar de los orígenes es el lazo indisoluble de su historicidad.
El valor emocional que tienen los lugares y los espacios físicos marroquíes para Alegría Bendelac, Sara Fereres de Moryoussef y Moisés Garzón Serfaty muestran esta “toponimia de los afectos” como una de las partes de su historicidad como comunidad emocional. Para comprender la importancia de este proceso acudimos a la historiadora Agnes Heller: “La conciencia histórica es la conciencia de la historicidad: lo abarca todo. En todos los estadios, la conciencia histórica se manifiesta en cada objetivación cultural, creada y absorbida…”
Pensar en dicha inmigración desde la historia de las emociones, es acercarnos al rol de estas en las dinámicas históricas-culturales de esta diáspora. Nos aproximamos así, por una parte, al proceso cultural experimentado en la sociedad de acogida, y por la otra, a su adaptación a algunos parámetros culturales venezolanos en el seno de esta comunidad, sin que esto signifique la pérdida de su identidad, especialmente cuando algunos autores se refieran a dicha inmigración como comunidad sefardí marroquí venezolana.
La presencia de las emociones en las prácticas escriturales, en la oralidad y la vida cotidiana nos muestran las experiencias temporales de una comunidad con los lugares habitados en Marruecos y recordados fuera de él. Nos hablan de la historia de una inmigración que, establecida en Venezuela, en este caso a mediados del siglo XX, contiene y da forma a su historicidad desde y por medio de las emociones.
*Investigadora y profesora universitaria. Doctoranda en Historia, Universidad de Sevilla. Miembro del HICPAN, Sevilla y de IRN-HISTEMAL, París.