
El primer ministro tiene una estrategia bien conocida: tildar a sus oponentes de “izquierdistas”, advertir que Israel está en peligro y proclamar que solo él puede garantizar su seguridad. Sus rivales aún no han dado con la forma de responder
Ben Sales*
El viernes pasado, mientras los candidatos comenzaban a exponer sus argumentos finales de cara a las elecciones de hoy, el primer ministro Benjamín Netanyahu lanzó una advertencia inquietante: Israel debe prepararse para posibles sanciones contra su sistema bancario y, tal vez, recurrir a las criptomonedas como alternativa.
Estas contundentes declaraciones se produjeron pocos días después de que las Fuerzas de Defensa de Israel entraran en estado de alerta máxima, tras semanas de informaciones que sugerían que Netanyahu estaba presionando para reavivar el conflicto con Irán. El domingo, el Canal 12 informó que Netanyahu había protagonizado un «enfrentamiento sin precedentes» con el jefe de las FDI, Eyal Zamir, quien se resistió a una orden de emprender acciones militares contra Irán. Ese mismo día, Netanyahu publicó una imagen —generada mediante inteligencia artificial— de una bomba nuclear impactando en Tel Aviv, y advirtió sobre un «segundo Holocausto».
En resumen: el actual primer ministro de Israel dice a los votantes que deben prepararse para una realidad en la que su país se convierta en un Estado paria a nivel económico, que se encuentre en guerra con Irán —por tercera vez en 18 meses— y que corra el riesgo de sufrir un ataque nuclear. En sus propias palabras, sostiene que, tres años después del peor ataque en la historia de Israel —y tras una extenuante guerra en múltiples frentes que ha fracturado a la sociedad israelí y ha puesto a gran parte del mundo en su contra—, el país sigue enfrentándose a un «peligro existencial real».
Primera fila: Bezalel Smotrich, líder de Sionismo Religioso; Ofer Winter, líder de “Am Israel”; Yoaz Hendel, líder del partido Reservistas-Económico; Yousef Jabareen, líder de la Lista Conjunta árabe; Itamar Ben Gvir, líder de Otzma Yehudit.
Segunda fila: Yair Golan, líder de los “Demócratas”; Naftali Bennett, líder de BeYájad; Gadi Eisenkot, líder de Yashar; Avigdor Liberman, líder de Israel Beitenu; Mansour Abbas, líder de Raam
Tercera fila: Yaakov Asher, líder de Judaísmo Unido de la Torá; Benjamín Netanyahu, primer ministro y líder del Likud; Arye Deri, líder de Shas.
(Fotos: Flash90 y GPO)
En este contexto, él solicita un nuevo mandato. Y es muy posible que lo consiga.
Para ser claros, la victoria de Netanyahu no es un hecho garantizado; pero tampoco lo es su derrota. Independientemente de quién gane —si es que alguien resulta vencedor—, lo máximo a lo que se puede aspirar es a una coalición ajustada dentro de una Knesset profundamente polarizada. Es casi seguro que la votación no marcará una reconfiguración política histórica, y mucho menos supondrá el fin definitivo para el primer ministro que ocupaba el cargo el 7 de octubre de 2023.
Puede que el ataque liderado por Hamás lo haya cambiado todo en Israel —y respecto a Israel—, pero de algún modo la política del país ha permanecido inalterada. En estas elecciones, al igual que en tantas otras, el electorado se encuentra prácticamente dividido por la mitad; muchos de los políticos que se presentan son los mismos que estaban en el poder hace una década, y es probable que el resultado sea inconcluyente. Dado que Netanyahu es el primer ministro en ejercicio, esa incertidumbre juega a su favor.
En otras palabras, existen tres posibles desenlaces: que gane el bando de Netanyahu, que triunfen sus oponentes, o que Israel se encamine hacia una nueva ronda electoral, con el gobierno actual permaneciendo en funciones. En dos de estos tres escenarios, Netanyahu seguiría siendo primer ministro durante, al menos, los próximos meses.
¿Cómo es esto posible? ¿Por qué la dinámica electoral resulta tan inamovible cuando tantas otras cosas —la doctrina de seguridad de Israel, su reputación internacional e incluso el territorio que controla— son tan distintas a como eran el 6 de octubre de 2023?
La respuesta reside, en parte, en la evolución demográfica de Israel, en la ideología y en la estructura del sistema electoral del país. Pero en gran medida, se debe a la prolongada permanencia de Netanyahu en el poder y al férreo control que ejerce sobre su base electoral, lo cual coloca a sus oponentes ante un dilema imposible.
Para comprender los vientos en contra a los que se enfrentan los opositores de Netanyahu, basta con viajar a la ciudad de Dimona, en el sur de Israel, un lugar que durante mucho tiempo ha sido un bastión del primer ministro. Cuando este visitó la ciudad la semana pasada para un mitin de campaña, una de sus entusiastas seguidoras llegó sosteniendo una pequeña almohada con la forma de Netanyahu.
«Es un muñeco con el que duermo por las noches», declaró al Canal 12 Noa Dadon, una de las asistentes al acto. «Admiro a Bibi. No hay nadie como él. Tengo sábanas con su imagen, incluso kipás con su imagen». Otros coreaban «Bibi, rey de Israel» o repetían su nombre de forma rítmica. A su llegada, Netanyahu dirigió una dinámica de interacción con el público: preguntaba si querían que diversos políticos de la oposición llegaran al poder, a lo que la multitud respondía, invariablemente: «¡No!».
Esta es la estrategia que Netanyahu ha empleado durante más de una década: etiquetar a todos sus oponentes como «de izquierda», demonizarlos sin tregua y advertir que Israel está en peligro, por lo que solo él puede garantizar su seguridad. En un país donde la mayoría de los votantes judíos se identifican con la derecha, este planteamiento ha demostrado ser eficaz una y otra vez.
Es una estrategia contra la que a sus diversos rivales les ha costado luchar, y ayuda a explicar cómo el primer ministro ha logrado sobrevivir políticamente, incluso cuando todo lo demás ha cambiado tras el 7 de octubre. El miedo se convierte en un motor aún más poderoso cuando las amenazas se perciben como cercanas. Al evocar y proyectar ese temor, Netanyahu obliga a sus adversarios a reaccionar ante sus declaraciones, manteniéndose así en el centro de atención.
Puede que el ataque liderado por Hamás lo haya cambiado todo en Israel —y respecto a Israel—, pero de algún modo la política del país ha permanecido inalterada
Desde hace tiempo, los opositores de Netanyahu han intentado enfrentarse a él no solo en el terreno político, sino también en el plano personal. En las elecciones de 2015, 2019 y nuevamente este año, han planteado la campaña como una elección entre Netanyahu —junto a sus aliados de extrema derecha— y un oponente de perfil más moderado, que promete devolver al país a la sensatez, la unidad y la moderación.
En 2015, el eslogan de Isaac Herzog, candidato del Partido Laborista, fue «Un líder reflexivo y responsable». Herzog hablaba con tono pausado y, en una ocasión, llegó incluso a pedir silencio a una multitud de seguidores que lo vitoreaban. En 2019, Benny Gantz, exjefe de las FDI, se presentó con el lema «Israel por encima de todo» y un partido llamado «Azul y Blanco»; decisiones que reflejaban una búsqueda de consenso, libre de una ideología específica.
Ninguno de ellos logró derrotar a Netanyahu. Este año, el principal candidato de la oposición, Gadi Eisenkot —también exjefe de las FDI y al frente de un partido de reciente creación—, se presenta de nuevo como una alternativa serena, moderada e incluso aburrida frente al primer ministro, quien actúa como un auténtico «hombre espectáculo». Sus actos se caracterizan por un discurso comedido y por los aplausos educados de los asistentes. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que nadie lleva consigo una almohada con la cara de Eisenkot.
Otro aspirante opositor a primer ministro, Naftali Bennett, ha intentado vencer a Netanyahu en su propio terreno. Él también emplea un tono de voz grave y contundente, y habla un inglés fluido, casi sin acento. Además, lanza declaraciones que acaparan los titulares y se desenvuelve con total naturalidad ante las cámaras de televisión.
Sin embargo, a Bennett le falta una base de apoyo sólida que respalde su grandilocuencia. Netanyahu puede decir y hacer cosas impactantes y divisivas, pero sus seguidores más acérrimos —aquellos que se aferran a él con devoción— permanecen a su lado pase lo que pase. Incluso el 20 de octubre de 2023, menos de dos semanas después de que presidiera el día más sangriento de la historia de Israel, una encuesta otorgaba a su partido, el Likud, 18 escaños, convirtiéndolo en la segunda fuerza política.
En el pasado, Bennett también contaba con una base: votantes sionistas religiosos, partidarios de los asentamientos y sus simpatizantes. Pero se jugó esa base en 2021, cuando decidió formar gobierno con partidos situados a su izquierda, además del partido islamista Raam. Actualmente, aliado con el líder de la oposición, Yair Lapid, la propuesta de Bennett —centroderechista, con un enfoque tecnocrático y de gestión— resulta atractiva para los votantes; las encuestas lo sitúan como la tercera fuerza política.
No obstante, la popularidad no equivale a la lealtad, y Bennett aún no ha logrado reconstruir el respaldo incondicional del que gozaba antaño. De hecho, nadie en la oposición es capaz de aglutinar el apoyo de todo el bloque opositor. A diferencia de lo que ocurre en la derecha, ni siquiera logran ponerse de acuerdo sobre cuál candidato debería ser primer ministro.
Los otros dos partidos de la oposición, liderados por judíos, sí cuentan tanto con una ideología como con una base de apoyo. El partido «Demócratas», de Yair Golán, enarbola la bandera de la izquierda sionista socialdemócrata —popular en el Tel Aviv laico y sus alrededores—, mientras que el partido Israel Beitenu, de Avigdor Liberman, ha contado desde hace tiempo con votantes de línea dura, laicos y de habla rusa. Sin embargo, ninguno de estos sectores es, ni de lejos, lo suficientemente grande como para conquistar al electorado.
Los políticos de la oposición sostienen, naturalmente, que estas elecciones giran en torno al fondo de las cuestiones, no a las formas. Sus partidos coinciden en varias políticas clave, más allá de su oposición a Netanyahu: el reclutamiento de los hombres ultraortodoxos (haredim) en el ejército, la reversión de la reforma judicial impulsada por el gobierno saliente, y la creación de una comisión estatal de investigación sobre el ataque del 7 de octubre.
Los observadores también han señalado que contar con un primer ministro que no sea Netanyahu —además de prescindir de sus socios de extrema derecha— ayudaría a reparar la deteriorada imagen de Israel a nivel internacional. Desde Golán hasta Liberman, todos coinciden en que estas medidas son fundamentales para rescatar a Israel de la espiral descendente en la que se encuentra hoy en día.
Sus rivales argumentan que Netanyahu ha estado en el poder durante casi la totalidad de los últimos 17 años; por tanto, las fallas en la seguridad del país son responsabilidad suya
Aquí es donde entran en juego las declaraciones cada vez más alarmistas de Netanyahu. Su apuesta es la siguiente: si el votante considera que estas elecciones tratan sobre temas como el sistema judicial, las relaciones entre los sectores ultraortodoxos y seculares, o el tipo de investigación necesaria para esclarecer un ataque ocurrido hace tres años, es probable que se sienta tentado a votar por la oposición. Pero si, por el contrario, cree que lo que está en juego es la propia supervivencia de Israel, quizá prefiera mantener al mando a quien ya tiene la mano en el volante, contando, además, con el respaldo del presidente de Estados Unidos.
Sus rivales no tardan en responder, argumentando que Netanyahu ha estado en el poder durante casi la totalidad de los últimos 17 años; por tanto, las fallas en la seguridad del país son responsabilidad suya. Sostienen que ha tenido todas las oportunidades para hacer frente a las amenazas que, según él, podrían condenar ahora al país. Y añaden que no ha logrado ganar la guerra sobre la cual articula su propia campaña electoral.
En los últimos días, ante las informaciones que apuntan a que Netanyahu estaría impulsando una nueva guerra con Irán, sus oponentes lo han acusado de instrumentalizar la seguridad de Israel con fines políticos. Cuando trascendió su enfrentamiento con el jefe de las FDI, Liberman lo acusó de «traición», mientras que Lapid afirmó que había «perdido el juicio».
Sea como fuere, Netanyahu ha logrado mantenerse en el centro del debate, marcando la agenda y obligando a sus adversarios a reaccionar ante él. Mientras tanto, su base de apoyo —influida por el Canal 14, abiertamente partidario del gobierno— sale en su defensa.
¿Le permitirá esto obtener una mayoría en la Knesset? Probablemente no. Pero no necesita ganar; le basta con no perder. A diferencia de lo que ocurre en la oposición, todos los aliados de Netanyahu sostienen que él debe ser el primer ministro. Y si se suma su base electoral a los votantes ultraortodoxos y a los de extrema derecha —dos sectores estrechamente vinculados a él—, es posible que obtenga los escaños suficientes para evitar la derrota, mientras Israel se encamina, a trompicones, hacia unas nuevas elecciones y hacia cualquier crisis que pueda surgir a continuación.
*Periodista.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.