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    Opinión

    Europa, ¿ahora sí estás dispuesta a escuchar el canto de los canarios?

    Published by Yossi Bentolila on 28 octubre, 2026
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    • Raquel Markus
    • Violencia callejera en Europa

    Raquel Markus-Finckler*

    ¿Me lo explicas como a un niño de diez años?

    Tengo una duda, querido lector, y me gustaría que me ayudaras a resolverla como si yo tuviera solo diez años y necesitara explicaciones simples y contundentes.

    ¿Sabes? Tiene que ver con lo que acaba de pasar en Europa, y que tal vez sigue sucediendo mientras escribo estas líneas.

    Quiero entender algo aparentemente simple… ¿Hasta dónde debe sacrificarse una sociedad en nombre de grandes ideales que una vez defendió para que los demás (o solo algunos de los demás) la aplaudan y celebren desde las gradas?

    ¿Quién decidió que una sociedad que decide cuidarse a sí misma está traicionando una supuesta causa encomiable? ¿Cositas como libertad, igualdad y fraternidad? ¿Te suenan?

    Los hechos han llegado a un punto tan absurdo que, si no me hicieran llorar, me estarían causando risa. Al parecer, cualquier sacrificio personal por una causa que otros consideran justa merece aplausos, medallas y hasta monumentos. Pero basta con que alguien se atreva a poner por delante su tranquilidad, su seguridad o su simple bienestar para que le caiga encima la palabra más sucia del diccionario contemporáneo: egoísta.

    Qué curiosa manera de entender la libertad, la igualdad o la fraternidad: sacrificarse por los demás es admirable, sobre todo cuando el sacrificio lo hace otro.

    ¿Arde París? Sí (Foto: Corrientes te Informa)

    Desde los podios es fácil señalar con un dedo al toro y al torero. Ellos ponen la sangre, el sudor y las lágrimas. El del podio solo pone su juicio.

    La historia está empedrada de epitafios grandilocuentes para el heroísmo suicida. Sobre el hombre que siguió viviendo a pesar de las circunstancias, el que cuidó a su familia y procuró el bienestar de los suyos, rara vez encontramos páginas enteras en los libros o grandes titulares en las noticias.

    Parece que sobrevivir no tiene tanta gloria como morir. Especialmente cuando los que reparten las medallas están cómodos, a salvo y hasta van a conciertos.

    ¿Por qué hay tantas estatuas de los que murieron y tan pocas de los que consiguieron que otros siguieran viviendo? Quizás porque el martirio es fotogénico; la supervivencia, en cambio, recuerda que alguien tuvo que tomar decisiones difíciles y vivir con sus consecuencias.

    Mientras seguimos discutiendo cuánto hay que sacrificar para demostrar nuestra bondad, Europa, esa cuna de tantos ideales de la civilización occidental, se enfrenta a unas contradicciones que apestan a hipocresía.

    El pasado 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron a las calles de Francia para protestar por el costo de la vida, los salarios y el deterioro de los servicios públicos. Hasta ahí, nada extraordinario: manifestarse es un derecho. Pero mientras unos marchaban pacíficamente, otros incendiaban vehículos, atacaban edificios públicos y saqueaban comercios. En París, las vidrieras rotas y las tiendas desvalijadas terminaron compartiendo protagonismo con las reivindicaciones sociales.

    En Italia pasó algo parecido. Una manifestación contra el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos terminó acompañada de disturbios, saqueos y enfrentamientos en Milán.

    ¿Desde cuándo reclamar mejores condiciones de vida incluye el derecho a destruir las formas de sustento de los demás?

    El comerciante que perdió su negocio, ¿también estaba obligado a sacrificarse por una causa que quizás ni siquiera comparte?

    ¿Quiere decir que si yo protesto porque no tengo dinero, puedo romperle la tienda al vecino para que él tampoco tenga?

    Porque la solidaridad es maravillosa. Especialmente cuando se practica con el patrimonio ajeno.

    ¿Quién le paga el negocio al que no protestaba?

    Y aquí aparece un dato que merece algo más que una mirada de reojo.

    En 2025, Francia registró oficialmente 1320 actos antisemitas: el 53% de todos los actos antirreligiosos del país. La cifra bajó un 16 % respecto a 2024, pero el propio Ministerio del Interior reconoce que sigue siendo históricamente alta.

    Los judíos representamos menos del 1% de la población francesa. En el mundo, apenas alrededor del 0,2 % de la población, es decir, dos de cada mil habitantes.

    ¿No resulta inquietante que en una nación que convirtió la libertad, la igualdad y la fraternidad en su carta de presentación, más de la mitad de los actos antirreligiosos registrados estén dirigidos contra una minoría tan pequeña?

    ¿Los judíos también estamos incluidos en eso de la fraternidad, o hay que llenar una planilla especial para permitir nuestro ingreso a ese pacto?

    No digo que quienes saquearon los comercios sean necesariamente los mismos que cometen actos antisemitas. Tampoco que una cosa sea consecuencia de la otra.

    Pregunto algo más elemental: ¿qué está pasando con la convivencia en una sociedad que presume de tolerancia mientras enfrenta semejantes cifras de intolerancia?

    ¿Y de qué sirve que todos tengan derecho a ser diferentes, si algunos tienen miedo de que se note justamente esa diferencia?

    Mientras tanto, Polonia ha tomado otro camino. Desde marzo de 2025 restringe la presentación de solicitudes de asilo en su frontera con Bielorrusia, alegando razones de seguridad nacional y presión migratoria instrumentalizada por el régimen bielorruso. La medida, prorrogada hasta noviembre de 2026, contempla excepciones para determinados grupos vulnerables, y ha recibido críticas por sus posibles consecuencias sobre los derechos de quienes necesitan protección internacional.

    Pero hay otro dato: ese mismo país acogía, a finales de junio de 2026, a cerca de 960.000 personas desplazadas de Ucrania bajo protección temporal, según Eurostat. Entonces, ¿Polonia es un país que renunció a la solidaridad, o uno que intenta fijar sus propios límites?

    ¿Se puede ayudar a unos y poner límites a otros sin que eso convierta automáticamente a nadie en santo o demonio? ¿Quién determina qué sacrificios son razonables y cuáles excesivos? Si abro las puertas de mi casa, ¿también tengo que entregar las llaves y prometer que jamás podré poner condiciones? Y si decido cerrarlas, ¿eso significa que los problemas de quienes quedaron afuera dejaron de existir?

    No tengo respuestas sencillas. Tampoco creo que una frontera cerrada resuelva por arte de magia los problemas de una sociedad, ni que una frontera abierta sea garantía de humanidad. Pero sí me pregunto por qué hemos llegado a considerar sospechoso que alguien quiera preservar lo que ha construido. Y aquí, como judía, la reflexión deja de ser solamente filosófica.

    Llevamos años repitiendo una advertencia que la historia nos obligó a aprender a golpes: lo que empieza con los judíos nunca termina solamente con los judíos.

    No todos los conflictos nacen del antisemitismo. Pero cuando una sociedad empieza a aceptar que ciertos ciudadanos pueden ser amenazados, discriminados o perseguidos por ser quienes son, el problema difícilmente se queda en ellos. Se extiende como una mancha de aceite, silenciosa, hasta que un día nadie recuerda cuándo empezó.

    Durante mucho tiempo fuimos los canarios de la mina: esos pajaritos cuya muerte avisaba a los mineros que el aire se había vuelto tóxico. Cantábamos para alertar del peligro.

    ¿Y de qué sirve un canario muerto si nadie presta atención a su silencio?

    No se trata de decir «se lo advertimos». ¿A quién? ¿Quién estaba escuchando?

    Tengo un poema que dice: «Solo nos quieren para el recuerdo, solo importamos si estamos muertos».

    ¿Será que la supervivencia de los judíos incomoda más que nuestro sufrimiento?

    El judío muerto es un mártir cómodo; el judío vivo que se defiende se convierte en un incordio.

    Los judíos lo sabemos: siempre es más fácil predicar el sacrificio cuando quien lo pide no es el mismo que tiene que pagar la factura.

    Porque una cosa es decidir sacrificarse por un ideal. Otra muy distinta es que alguien decida, en nuestro nombre, cuánto debemos estar dispuestos a perder. Y que encima se llame egoístas a quienes se niegan a dejar que las llamas consuman el fruto de una vida dedicada al trabajo.

    Así que vuelvo a la pregunta del principio, con una pequeña variación:

    ¿Desde cuándo, para demostrar que somos buenos, tenemos que aceptar que otros decidan cuánto podemos perder? ¿Y por qué esa decisión nunca la toma el que pone la sangre, el sudor y las lágrimas?

    Ya ves, querido lector: aparentemente tengo diez años, porque nadie ha sabido explicármelo.

    Querida Europa, ¿ahora sí estás dispuesta a escuchar el canto de los canarios?…

    Tranquila, no respondas, es solo retórica.

    *Periodista, poeta y escritora

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    Yossi Bentolila
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