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    6 agosto, 2026

    Perspectivas

    La España que pudo haber sido

    Published by Yossi Bentolila on 6 agosto, 2026
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    • Antisemitismo
    • Daphne Lazar Price
    • España
    • Judíos en España
    • Maimónides

    Cuando expulsó a una de sus comunidades más intelectuales y creativas, el país perdió no solo a sus judíos, sino también sus futuros proyectos

    Daphne Lazar Price*

    Hay actos de vandalismo que dañan la propiedad, y también están los actos que revelan que la historia nunca ha terminado realmente. La reciente profanación de la estatua de Maimónides en Córdoba, España, con una esvástica, es uno de esos momentos. Es tentador verlo como un simple incidente antisemita. No lo es.

    Una esvástica en la estatua de Maimónides es un ataque a ocho siglos de historia judía. Reduce la Inquisición española y el Holocausto a una sola imagen. Nos recuerda que las fuerzas que una vez intentaron expulsar a los judíos de España y luego exterminarlos en Europa estaban animadas por la misma idea persistente: “los judíos no pertenecen aquí”. Lo cual plantea una pregunta: ¿Por qué Maimónides?

    Maimónides nació en Córdoba en 1138. Se le recuerda como una de las mayores autoridades jurídicas y filosóficas del judaísmo, autor de la Mishné Torá y la Guía de los Perplejos, y un médico cuya influencia trascendió al mundo judío. Sus escritos moldearon el derecho judío, influyeron en teólogos cristianos y fueron estudiados por eruditos musulmanes. Pocas figuras encarnan mejor la idea de que el conocimiento puede trascender las fronteras religiosas.

    (Imagen: piel-l.org)

    Su efigie no es simplemente un monumento a un pensador judío; es un monumento a uno de los hijos más ilustres de España. Y es un monumento a una civilización.

    Durante siglos, los judíos contribuyeron a moldear la vida española a través de la erudición, la medicina, la filosofía, el comercio, la diplomacia, la poesía, el derecho y la ciencia. Córdoba fue una de las grandes capitales intelectuales de la Europa medieval. Pensadores judíos tradujeron textos clásicos, asesoraron a reyes y califas, fueron pioneros en medicina, compusieron poesía imperecedera y contribuyeron a convertir la Península Ibérica en uno de los centros intelectuales de su época.

    Luego, en 1492, ese mundo se hizo añicos. El Decreto de la Alhambra ordenó a los judíos españoles convertirse al cristianismo o abandonar el país. Decenas de miles huyeron. Quienes se quedaron a menudo vivieron bajo sospecha, perseguidos por la Inquisición por supuestamente practicar el judaísmo en secreto. España no solo perdió una minoría religiosa, sino que expulsó a una de sus mayores comunidades intelectuales.

    La pérdida no puede medirse únicamente por el número de judíos que se marcharon. También debe medirse por los libros que nunca se escribieron en España, las universidades que nunca se fundaron, los descubrimientos que nunca se realizaron, las empresas que nunca se construyeron, los pacientes que nunca se curaron y los diálogos entre civilizaciones que nunca tuvieron lugar. La expulsión empobreció a los judíos forzados al exilio, y también a la nación que los expulsó.

    Es imposible leer esa historia sin plantearse otra pregunta: ¿Qué habría pasado si la Inquisición nunca hubiera existido?

    La pérdida no puede medirse únicamente por el número de judíos que se marcharon. También debe medirse por los libros que nunca se escribieron en España, las universidades que nunca se fundaron, los descubrimientos que nunca se realizaron, las empresas que nunca se construyeron, los pacientes que nunca se curaron y los diálogos entre civilizaciones que nunca tuvieron lugar. La expulsión empobreció a los judíos forzados al exilio, y también a la nación que los expulsó

    Hoy en día, la comunidad judía de España cuenta con tan solo entre 45.000 y 50.000 personas en un país de casi 50 millones de habitantes. Muchos son descendientes de judíos que regresaron recién en el siglo XX, o inmigrantes de Marruecos, Latinoamérica, Israel y otras partes de Europa. La civilización judía que floreció en España durante más de mil años se interrumpió hace más de cinco siglos.

    Pero imaginemos otra historia. Imaginemos qué habría pasado si las comunidades que dieron origen a Maimónides, Yehudá Haleví, Salomón ibn Gabirol, Hasdai ibn Shaprut y generaciones de médicos, filósofos, comerciantes, poetas, juristas y científicos hubiesen permanecido en España. Imaginemos barrios judíos que nunca se convirtieron en museos, porque nunca dejaron de serlo. Imaginemos sinagogas que nunca se trasformaron en iglesias. Imaginemos universidades, editoriales, hospitales, instituciones benéficas y centros de estudio de la Torá que evolucionaran continuamente a través del Renacimiento, la Ilustración, la industrialización, la democracia y hasta el siglo XXI.

    España albergaría casi con toda seguridad una de las comunidades judías más antiguas, grandes e influyentes del mundo, y no una que se reconstruye minuciosamente tras siglos de ausencia. Hoy los visitantes pasean por juderías bellamente restauradas que a menudo parecen yacimientos arqueológicos. Son recordatorios no solo de la vida judía, sino también de su ausencia.

    Los vándalos que pintaron una esvástica en la estatua de Maimónides condensaron siglos de odio en una sola imagen. Su mensaje no era simplemente que odian a los judíos de hoy, sino que los judíos nunca pertenecieron a este país

    Cabe destacar que España ha dedicado durante las últimas décadas a intentar recuperar esa historia perdida. Se han restaurado sinagogas históricas. La herencia judía se ha convertido en parte de la historia nacional de España. Incluso se creó una vía hacia la ciudadanía para los descendientes de judíos sefardíes expulsados en 1492, un reconocimiento extraordinario de que la expulsión no fue solo una tragedia para los judíos, sino también para España.

    Todo lo anterior hace que el momento de este ataque sea aún más inquietante. Las autoridades españolas no han identificado a los responsables, pero la historia nunca se desarrolla en el vacío. Desde el 7 de octubre el antisemitismo se ha disparado en toda Europa, y España no le ha sido ajena. El debate público sobre la guerra de Israel contra Hamás se ha polarizado profundamente. El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, se ha erigido como uno de los críticos más acérrimos de Israel en Europa. Estos debates políticos son legítimos en cualquier democracia, pero la historia nos enseña que cuando los judíos se convierten en símbolos de grandes batallas políticas, la línea entre la crítica a Israel y el odio hacia los judíos puede difuminarse peligrosamente.

    Una esvástica no es una crítica a la política israelí, ni una protesta contra un gobierno. Es una declaración de odio hacia los judíos.

    España, como gran parte de Europa, también se enfrenta a cuestiones de inmigración, identidad y cohesión social. Los periodos de incertidumbre a menudo han dado lugar a teorías conspirativas y a la búsqueda de chivos expiatorios. A lo largo de la historia europea, los judíos han desempeñado repetidamente ese papel. Los agravios cambian, pero los objetivos del odio permanecen.

    Los vándalos pretendieron profanar un monumento judío pero, al hacerlo, nos recordaron por qué existe ese monumento. Representa no solo a un extraordinario pensador judío y a una civilización. Representa a la España que fue y a la España que pudo haber sido

    Por eso la esvástica en la estatua de Maimónides resulta tan chocante. No se trata simplemente de odio dirigido a los judíos de hoy; es odio dirigido a la mera posibilidad de que los judíos pertenezcan a España. El simbolismo es inconfundible. La Inquisición intentó borrar la vida judía de España, y el Holocausto intentó borrarla del mundo.

    Los vándalos que pintaron una esvástica en la estatua de Maimónides condensaron siglos de odio en una sola imagen. Su mensaje no era simplemente que odian a los judíos de hoy, sino que los judíos nunca pertenecieron a este país. Hay una profunda ironía en ello.

    El propio Maimónides encarnó la riqueza de la civilización que España ahora intenta recordar. Nacido en la Córdoba musulmana, forzado al exilio por la persecución religiosa y posteriormente médico del sultán de Egipto, su vida trascendió fronteras religiosas y políticas. Demostró que la fe y la razón, la tradición y la investigación, podían coexistir.

    Marcar su estatua con el emblema del nazismo es rechazar no solo la contribución judía a España, sino la idea misma de que las civilizaciones pueden aprender unas de otras. Los vándalos pretendieron profanar un monumento judío pero, al hacerlo, nos recordaron por qué existe ese monumento. Representa no solo a un extraordinario pensador judío y a una civilización. Representa a la España que fue y a la España que pudo haber sido, y a la responsabilidad permanente, compartida por judíos y no judíos por igual, de asegurar que ninguna de las dos caiga en el olvido.

    *Profesora adjunta de Derecho Judío en el Centro de Derecho de la Universidad de Georgetown, y exdirectora ejecutiva de la Alianza Feminista Judía Ortodoxa de EEUU.
    Fuente: The Times of Israel.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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