Eduardo Milgram Azrak
Cuando la tierra tembló, la comunidad judía venezolana no esperó instrucciones. No esperó a que alguien organizara, que alguien llamara, que alguien dijera qué hacer. Reaccionó como lo que es: una familia.
Desde las primeras horas, las estructuras comunitarias se activaron con una claridad que sorprendería a cualquier observador externo. Hebraica Venezuela —nuestro centro social, cultural, deportivo y religioso— se trasformó de inmediato en algo que va mucho más allá de sus instalaciones deportivas y salones de eventos: se convirtió en refugio. Familias completas, muchas de ellas sin hogar de un momento a otro, pasaron días y noches resguardadas entre sus paredes, acogidas con la calidez y el sentido de responsabilidad que definen a nuestra comunidad. No hubo burocracia. No hubo listas de espera. Las puertas se abrieron, y punto.
El principio que guió cada decisión, cada gesto, cada turno de voluntariado tiene nombre propio en nuestra tradición: Kol Israel arevim ze la ze— todo Israel es responsable el uno por el otro. Esas palabras del Talmud no son un eslógan ni una frase decorativa en las paredes de una sinagoga. En los días que siguieron a la emergencia, se convirtieron en un programa de acción.
Durante una visita de la delegación israeli a una vivienda afectada, los esperaba una bandera de Israel hecha a mano
Pero lo que ocurrió en Venezuela no fue solo una historia local. Fue la demostración, una vez más, de que el pueblo judío tiene una arquitectura de respuesta humanitaria que pocos pueblos en el mundo pueden igualar.
ZAKA llegó. Sus voluntarios —reconocibles por su vestimenta anaranjada y su entrenamiento especializado en situaciones de colapso estructural— entraban a los edificios dañados en busca de vida. No había heroísmo fácil en eso, sino determinación metódica y un respeto profundo por cada ser humano que pudiera estar atrapado entre los escombros.
MAGUÉN, empresa israelí líder con más de 25 años de experiencia en formación de fuerzas de rescate y gestión de sitios de desastre, no tardó en llegar. Sus voluntarios se desplegaron sobre el terreno junto a SmartAID, realizando evaluaciones estructurales urbanas y participando directamente en la extracción de sobrevivientes de edificios colapsados —el mismo nivel de excelencia profesional que los ha posicionado como referencia mundial en rescate urbano, puesto ahora al servicio de Venezuela.
Lo que ocurrió en Venezuela no fue solo una historia local. Fue la demostración, una vez más, de que el pueblo judío tiene una arquitectura de respuesta humanitaria que pocos pueblos en el mundo pueden igualar
IsraAID llegó también, con equipos especializados que trabajaron en los centros de refugio atendiendo las necesidades más urgentes de la población afectada, poniendo especial atención en los más vulnerables y pensando no solo en la emergencia inmediata, sino en la recuperación a largo plazo.
CADENA, la organización judía de respuesta ante desastres con sede en México, llegó con la misma urgencia y compasión que la caracteriza, trayendo sus propios equipos de rescate y asistencia. Su presencia fue testimonio de que las fronteras geográficas no existen cuando un hermano necesita ayuda.
NATÁN desplegó desde Israel un equipo de médicos, enfermeras y profesionales de salud mental, atendiendo tanto las heridas visibles como aquellas más silenciosas que permanecen mucho después de que la emergencia haya pasado.
Voluntarios de ZAKA (Israel), Brasil y España, junto a un perro rescatista en una misión conjunta de rescate
(Foto: Chen Schimmel)
Y aquí hay algo que merece decirse con claridad, porque define también quiénes somos como venezolanos: el pueblo venezolano recibió a la delegación israelí encargada de inspeccionar las estructuras en La Guaira con los brazos abiertos. Con esa calidez humana inconfundible que caracteriza al venezolano, esa generosidad del alma que no distingue banderas ni idiomas. Los expertos llegaron con sus instrumentos y su conocimiento técnico, y fueron recibidos con café, con gratitud, con la hospitalidad que este país guarda intacta incluso en sus momentos más difíciles.
En esa imagen —técnicos israelíes trabajando junto a venezolanos, conversando, compartiendo el peso de la tarea— hay algo que trasciende la emergencia puntual. Hay un recordatorio de lo que dos pueblos, cada uno con su historia de resiliencia, pueden construir juntos cuando la humanidad compartida se impone sobre cualquier otra consideración.
Equipo de Maguén reunido en la playa de La Guaira
Lo que vivimos en estos días no fue solo una respuesta de emergencia. Fue una lección sobre quiénes somos y quiénes queremos seguir siendo.
La comunidad judía venezolana demostró que Kol Israel arevim ze la ze no es solo una frase para el libro de oraciones. Es un compromiso operativo, un sistema de valores convertido en acción concreta. Y el mundo judío —desde Israel, desde México, desde Colombia, desde donde hizo falta— demostró que ese compromiso no reconoce fronteras.
A todos quienes respondieron: a los voluntarios que pasaron noches sin dormir, a quienes abrieron sus casas y sus billeteras, a quienes viajaron desde lejos para estar aquí, a quienes sostuvieron la mano de un desconocido o escucharon a alguien que necesitaba ser escuchado: todá rabá. Gracias.
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No Solo es un maravilloso artículo, sino además aleccionador , tanto en mostrar lo q es cada grupo de Israel y en q se especializa , y por supuesto. La generosidad de esta comunidad Kol Israel arevim ze la ze … puesta en escena …