
“Mi padre, Elie Wiesel, recibió el Nobel de la Paz por asegurar que el Holocausto no cayera en el olvido. Al honrar a Navi Pillay, quien acusó a Israel de genocidio, el comité ha traicionado su legado”
Elisha Wiesel*
El 10 de diciembre de 1986 yo tenía 14 años y estaba sentado en el Ayuntamiento de Oslo mientras mi padre, Elie Wiesel, aceptaba el Premio Nobel de la Paz. Nunca olvidaré la expresión de esperanza en su rostro aquel día. Había pasado su vida atormentado por la idea de que el mundo había vuelto la espalda al pueblo judío mientras los nazis llenaban las cámaras de gas y los crematorios con nuestros hermanos y hermanas, tíos y tías, y niños. Por fin se sintió escuchado y tenía un mensaje que trasmitir. Como expresó en su discurso de aceptación: «Siempre debemos tomar partido. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima». Se honró a mi padre porque había convertido la memoria del genocidio en un deber moral hacia los vivos.
Esta mañana, el mismo comité otorgó el mismo galardón a Navi Pillay, quien presidió la comisión de investigación de la ONU que, el 16 de septiembre del año pasado, traicionó el significado de la palabra «genocidio» y la utilizó como arma contra Israel. Su comisión exigió a Israel unos estándares morales imposibles que no se requerirían a ninguna otra nación soberana que se defendiera de un ataque. La decisión se produjo tras años de activismo antiisraelí por parte de Pillay, incluida la firma de un manifiesto en 2020 en el que se instaba a los gobiernos a «sancionar al Israel del apartheid«.
Otros han sabido ver quién es realmente Pillay. En 2022, por ejemplo, la alcaldesa de Berlín retiró su apoyo a un acto en el que se iba a condecorar a Pillay con una medalla de la paz. El evento fue posteriormente cancelado.
Elie Wiesel pronuncia su discurso tras la ceremonia en que recibió el Nobel de la Paz en Oslo, Noruega, el 11 de diciembre de 1986
(Foto: AFP)
La decisión de honrar a Pillay no es un desliz aislado del Comité Nobel; forma parte de una tendencia de larga data. Miembros del comité han declarado públicamente que desearían poder retirar el premio concedido en 1994 al exprimer ministro israelí Shimon Peres debido a preocupaciones sobre la conducta de Israel. Una década más tarde, cuatro de los cinco miembros seguían defendiendo el galardón otorgado aquel mismo año a Yaser Arafat, entonces presidente de la Organización para la Liberación de Palestina. Al galardonado israelí se le juzgó por todo lo que hizo posteriormente; al palestino, en cambio, nunca se le volvió a juzgar.
Hoy en día, el antisemitismo se asemeja menos al odio que a un escrutinio constante —ejercido en nombre de la justicia— en el que siempre hay un mismo acusado. Kåre Kristiansen, miembro del comité, comprendió esta realidad: dimitió apenas una hora después del anuncio de 1994, pues no podía honrar a un hombre cuyo historial estaba manchado por el terror.
No es que Pillay no haya realizado una labor digna de elogio. Su trayectoria en la lucha contra el apartheid real en Sudáfrica es innegable. Lo mismo cabe decir de mi padre: en su discurso de aceptación del Nobel, al referirse al encarcelamiento de Nelson Mandela, afirmó: «A mi juicio, el apartheid es tan abominable como el antisemitismo». Por tanto, no resto valor a su trabajo a la ligera. El problema radica en que ella no rechaza el antisemitismo con la misma intensidad con la que mi padre despreciaba el apartheid. Por citar solo el ejemplo más notorio: cuando Miloon Kothari, compañero suyo en la comisión de la ONU, se quejó en 2022 de que las redes sociales estaban controladas por el «lobby judío», Pillay salió en su defensa.
Más importante aún: la afirmación de la comisión de que Israel está perpetrando un genocidio carece por completo de fundamento. Analicemos los hechos. El 6 de octubre de 2023 no quedaba ni un solo soldado ni civil israelí residiendo en Gaza. En 2005 Israel retiró todas sus tropas de la Franja y evacuó a miles de sus propios ciudadanos de sus hogares —en contra de la voluntad de estos— para comprobar si el autogobierno palestino traería la paz. Hamás se apoderó del territorio y desvió cientos de millones de dólares —que podrían haberse destinado a construir escuelas y hospitales— para financiar cohetes y cientos de kilómetros de túneles destinados al terror. Pese a ello, Israel persistió en sus intentos: en los meses previos al 7 de octubre, concedió permisos de trabajo a unos 18.500 gazatíes, buscando estrechar lazos económicos con una población que necesitaba desesperadamente esos empleos.
Los críticos afirman que el control de Israel sobre las fronteras de Gaza lo convierte, de todos modos, en una potencia ocupante. Sin embargo, Gaza tiene dos fronteras, y Egipto ha mantenido su propio paso fronterizo bajo un control tan estricto como el de Israel, inundando los túneles de contrabando de Hamás y demoliendo viviendas para crear una zona de seguridad. Casi nadie califica eso de ocupación. ¿Podría ser que ningún país quiere que terroristas crucen sus fronteras, y que solo se condena al Estado judío por sentir lo mismo?
Hay víctimas a ambos lados de la frontera de Gaza, pero solo una de las partes buscó el derramamiento de sangre. El genocidio es la intención de destruir a un pueblo, y esa intención queda patente en un único lugar: la Carta Fundacional y la conducta de Hamás. Distorsionar la definición de genocidio dificulta el enjuiciamiento de los genocidios reales cuando estos ocurren
Hamás se aprovechó de la buena voluntad de Israel para planificar los ataques del 7 de octubre. Sus terroristas llegaron con mapas de los kibutzim, que incluían hasta los nombres de las familias que habitaban muchas de las casas. Masacraron a casi 1200 personas —entre ellas ciudadanos árabes beduinos—, desde bebés hasta ancianos. Secuestraron a 251 rehenes, incluidos bebés y madres. Cometieron violaciones. Y luego, la autodenominada resistencia palestina siguió lanzando cohetes contra Tel Aviv desde zonas residenciales, escuelas y hospitales de Gaza.
Lo que siguió al 7 de octubre fue una guerra librada contra un enemigo que se ocultaba entre su propia población civil. Israel lanzó panfletos y llamó a los civiles para instarlos a evacuar antes de atacar. ¿Y qué país “genocida” vacuna contra la polio a aquellos a quienes ataca?
Hay víctimas a ambos lados de la frontera de Gaza, pero solo una de las partes buscó el derramamiento de sangre. El genocidio es la intención de destruir a un pueblo, y esa intención queda patente en un único lugar: la Carta Fundacional y la conducta de Hamás. Distorsionar la definición de genocidio dificulta el enjuiciamiento de los genocidios reales cuando estos ocurren.
Ningún comité puede diluir la claridad moral del legado de mi padre. Pero sí puede diluir la suya propia. Aún recuerdo la esperanza que vi en su rostro en Oslo. Quienes compartimos esa esperanza jamás lo olvidaremos ni a él ni a su mensaje.
Nuestra familia seguirá haciendo lo que él hizo: decir la verdad sobre lo sucedido, incluso cuando instituciones de prestigio prefieran una narrativa más cómoda. En 1975, después de que las Naciones Unidas declararan que el sionismo era una forma de racismo, mi padre escribió: «No es la primera vez que el enemigo nos acusa de sus propios crímenes. Nos arrebataron nuestras posesiones y nos llamaron avaros; masacraron a nuestros hijos y nos acusaron de asesinato ritual».
Combatiremos con hechos la mentira de que Israel cometió un genocidio; lo haremos en todos los foros y durante el tiempo que sea necesario. Mi padre tomó partido. Nosotros también.
Fuente: The Free Press (thefp.com).
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.