El legendario presidente durante casi dos décadas de la Reserva Federal de Estados Unidos dejó de existir a los 100 años de edad, dejando un legado controversial
Paul Wiseman*
Alan Greenspan, el influyente economista que dirigió la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) durante cinco mandatos consecutivos bajo las administraciones de cuatro presidentes, falleció este 22 de junio en su hogar a la edad de 100 años, debido a complicaciones derivadas de la enfermedad de Parkinson.
Greenspan, una de las figuras públicas más determinantes de la economía global en el último cambio de siglo, deja un legado complejo. Durante sus 18 años y medio al frente del banco central estadounidense (de agosto de 1987 a enero de 2006), fue aclamado casi de forma unánime como el «Maestro» y el «Oráculo» por guiar al país a través de una era de prosperidad ininterrumpida. Sin embargo, las severas repercusiones de la crisis financiera de 2008, que estalló poco después de su salida, ensombrecieron de forma permanente su reputación histórica.
(Imagen generada por la IA Gemini)
Greenspan nació el 6 de marzo de 1926 en el vecindario de Washington Heights, Nueva York, en el seno de una familia judía de raíces centroeuropeas; sus padres eran Herbert Greenspan y Rose Goldsmith, de ascendencia alemana y rumana respectivamente.
Sus primeros intereses no estuvieron ligados a los mercados financieros, sino a la música. A pesar de mostrar una asombrosa habilidad innata para las matemáticas, decidió ingresar a la prestigiosa escuela Juilliard, donde estudió clarinete. Durante su juventud llegó a ganarse la vida tocando el saxofón y el clarinete en una banda de jazz.
No obstante, su rumbo cambió cuando decidió volcarse por completo al estudio formal de la Economía. Obtuvo su licenciatura, maestría y doctorado en Economía por la Universidad de Nueva York (NYU). Posteriormente, pasó cerca de tres décadas dirigiendo su propia y exitosa firma de consultoría económica en Wall Street, antes de dar el salto definitivo hacia la escena política de Washington.
Greenspan lideró la economía estadounidense a través de un período bautizado por los economistas como la «Gran Moderación». Bajo su tutela, el país experimentó la segunda expansión económica más larga de su historia
A finales de la década de 1960, se convirtió en asesor del presidente republicano Richard Nixon durante su campaña electoral. Más tarde, bajo el mandato de Gerald Ford, asumió el cargo de presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, consolidando su reputación como un analista pragmático y riguroso.
Cabe destacar que Greenspan fue discípulo de la filósofa libertaria Ayn Rand, quien le puso el apodo de «el sepulturero» por su vestimenta siempre oscura y su semblante tranquilo. Cuando Greenspan juró su cargo como principal asesor económico del presidente Ford en 1974, Rand estaba a su lado.
En el verano de 1987, el presidente Ronald Reagan lo nombró para sustituir a Paul Volcker al frente de la Reserva Federal. Apenas un par de meses después de asumir el cargo, Greenspan enfrentó su primera gran prueba de fuego: el «Lunes Negro» de octubre de 1987, cuando los mercados bursátiles mundiales se desplomaron de forma repentina. Su rápida intervención, asegurando que la Fed proveería toda la liquidez necesaria al sistema financiero, evitó que el pánico se trasformara en una depresión económica.
A partir de ese momento, Greenspan lideró la economía estadounidense a través de un período bautizado por los economistas como la «Gran Moderación». Bajo su tutela, el país experimentó la segunda expansión económica más larga de su historia, un ciclo ininterrumpido de crecimiento que se extendió desde marzo de 1991 hasta marzo de 2001. Durante esta década, caracterizada por la globalización y el nacimiento de la economía de internet, Greenspan mantuvo las tasas de interés bajas a pesar de las presiones para subirlas, apostando correctamente a que las ganancias en la productividad neutralizarían cualquier amenaza de inflación.
Su influencia era tal que los inversores analizaban minuciosamente cada uno de sus movimientos. Surgió entonces en Washington el famoso folclore del Briefcase Indicator (el indicador del maletín): si Greenspan entraba a las reuniones de la Fed con un maletín visiblemente abultado, el mercado asumía que llevaba consigo gráficos e investigaciones pesadas para justificar un cambio inminente en las tasas de interés.
En una ocasión, bromeó ante un comité del Congreso diciendo: «Sé que ustedes creen comprender lo que piensan que dije, pero no estoy seguro de que se den cuenta de que lo que escucharon no es lo que yo quise decir»
Consciente del impacto que sus palabras tenían en las bolsas mundiales, desarrolló un estilo de comunicación deliberadamente críptico y ambiguo, al que recurría para no desestabilizar los mercados. En una ocasión, bromeó ante un comité del Congreso diciendo: «Sé que ustedes creen comprender lo que piensan que dije, pero no estoy seguro de que se den cuenta de que lo que escucharon no es lo que yo quise decir». Una de sus intervenciones más recordadas ocurrió el 5 de diciembre de 1996, cuando recurrió al término «exuberancia irracional» para sugerir que el precio de las acciones tecnológicas estaba peligrosamente inflado, lo que provocó una caída inmediata en los mercados de todo el mundo.
A pesar de su lenguaje enigmático, también impulsó una mayor trasparencia institucional: fue el primer presidente de la Fed en emitir comunicados oficiales explicando las decisiones sobre los tipos de interés, rompiendo con el secretismo tradicional del banco central.
La percepción pública sobre Alan Greenspan cambió de forma drástica apenas dos años después de su jubilación en 2006. El mercado inmobiliario de Estados Unidos colapsó velozmente debido al empaquetamiento de hipotecas de alto riesgo (subprime) en complejos productos financieros que resultaron ser tóxicos, desatando la peor crisis económica global desde la década de 1930, que fue denominada “la Gran Recesión”.
Los críticos no tardaron en señalar a Greenspan como uno de los principales responsables de la catástrofe. Se le acusó de haber mantenido las tasas de interés excesivamente bajas durante demasiado tiempo tras el estallido de la burbuja punto-com en el año 2000, alimentando de manera directa la especulación inmobiliaria. Asimismo, como firme defensor de la desregulación de los mercados financieros basada en las teorías del libre mercado, Greenspan se opuso repetidamente a que el gobierno interviniera o supervisara los nuevos y opacos derivados financieros.
Tras desatarse la Gran Recesión en 2008, confesó sentirse en un estado de «conmoción e incredulidad» al descubrir un fallo en su premisa de que las instituciones financieras, movidas por su propio interés, se encargarían de autorregularse de manera eficiente para proteger el patrimonio de sus accionistas
En octubre de 2008, durante una comparecencia sumamente tensa ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, el propio Greenspan admitió públicamente haber cometido un error de juicio en su ideología económica. Confesó sentirse en un estado de «conmoción e incredulidad» al descubrir un fallo en su premisa de que las instituciones financieras, movidas por su propio interés, se encargarían de autorregularse de manera eficiente para proteger el patrimonio de sus accionistas.
A pesar de admitir dicho error, en años posteriores Greenspan defendió con firmeza su gestión general, argumentando que la crisis había sido provocada por un «tsunami crediticio único en un siglo», y que ningún regulador del planeta poseía la lucidez necesaria para prever la magnitud del colapso.
Alan Greenspan pasó sus últimos años alejado de la gestión pública pero activo en el debate intelectual, publicando sus memorias y diversos libros de análisis económico. Con su fallecimiento a los 100 años de edad, desaparece el último gran titán de la banca central del siglo XX, cuya figura seguirá siendo objeto de debate entre quienes lo recuerdan como el artífice de una de las eras de mayor prosperidad en Occidente y quienes lo ven como el ideólogo cuyas políticas sembraron la semilla de la Gran Recesión.
*Periodista.
Fuente: The Times of Israel y Reuters.
Traducción y versión Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.