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    1 julio, 2026

    Opinión

    El privilegio de pertenecer

    Published by Yossi Bentolila on 1 julio, 2026
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    • David Cohen Rosental
    • Soldaridad
    • Valores judaicos

    La grandeza de un pueblo jamás se mide por lo que posee, sino por la forma en que cuida de quienes más lo necesitan

    David Cohen Rosental*

    Hay personas que tienen la fortuna de pertenecer a una comunidad. Otras tienen el privilegio de pertenecer a dos.

    Yo siento que la vida me regaló algo todavía mayor: el inmenso privilegio de haber sido formado por tres comunidades extraordinarias: el noble pueblo venezolano, el pueblo judío y la comunidad judía de Venezuela.

    Tres identidades diferentes. Tres historias distintas. Tres maneras de entender el mundo. Pero un mismo valor las atraviesa a todas: la solidaridad.

    Con el paso de los años he comprendido que pertenecer no es simplemente formar parte de algo. Pertenecer es recibir una herencia de valores, experiencias y enseñanzas, pero también asumir la responsabilidad de aportar y servir.

    (Foto: The New York Times)

    En tiempos como los que vive hoy Venezuela, marcados por años de dificultades, familias separadas, incertidumbres y acontecimientos trágicos que nos recuerdan nuestra fragilidad como seres humanos ante la fuerza de la naturaleza, descubrimos con mayor claridad aquello que verdaderamente sostiene a una sociedad.

    No es la riqueza. No es el poder. No son las diferencias que tantas veces ocupan los titulares. Es la capacidad de una persona para tender la mano a otra.

    Y pocas cosas me producen más gratitud que haber crecido rodeado de personas que entienden esa verdad. Empezando por mis padres, mis hermanos, mis cuñados y mi familia en general; continuando por mi comunidad y por toda la gente de esta gran nación llamada Venezuela.

    Porque antes de aprender el significado de la solidaridad en una comunidad, tuve la fortuna de aprenderla en mi propio hogar.

    La primera escuela: la familia

    Mi primera escuela de vida fueron mis padres.

    De ellos aprendí que la dignidad de una persona se refleja en la manera como trata a los demás. Aprendí que ayudar no debe ser un acto extraordinario, sino una forma natural de vivir. Que el éxito personal pierde sentido cuando no está acompañado de la capacidad de compartir y acompañar.

    De mis hermanos y mi familia aprendí el valor de la unión, del apoyo permanente y de comprender que nadie camina completamente solo.

    Esos primeros aprendizajes fueron las raíces sobre las cuales después se construyeron otras formas de pertenecer.

    El alma solidaria del venezolano

    A lo largo de mi vida he tenido el privilegio de conocer personas de distintos rincones de Venezuela. Y hay algo que siempre me conmueve profundamente: la capacidad del venezolano para ayudar.

    Existe una generosidad que nace de manera espontánea. No espera instrucciones. No necesita organización previa. Simplemente aparece cuando alguien lo necesita.

    Cuando ocurre una tragedia, surgen vecinos que quizás nunca antes habían conversado. Cuando una familia pierde todo, aparecen manos con alimentos, medicinas, ropa o simplemente con un abrazo. Cuando alguien atraviesa un momento difícil, siempre existe otra persona dispuesta a acompañarlo.

    A lo largo de mi vida he tenido el privilegio de conocer personas de distintos rincones de Venezuela. Y hay algo que siempre me conmueve profundamente: la capacidad del venezolano para ayudar

    Nuestro país ha vivido años muy complejos y dolorosos. Sin embargo, las dificultades no lograron arrebatarnos una de nuestras mayores riquezas: la humanidad.

    El venezolano comparte incluso cuando tiene poco.

    Esa capacidad de ponerse en el lugar del otro representa una de las expresiones más hermosas de nuestra identidad nacional.

    Por eso doy gracias por haber nacido en esta tierra.

    Lo que el judaísmo me enseñó sobre la responsabilidad

    Otra gran escuela de vida ha sido el judaísmo.

    Una tradición milenaria que no solo trasmite historia y espiritualidad, sino también una profunda responsabilidad hacia el prójimo.

    Tres conceptos resumen de manera especial esa forma de entender la vida.

    El primero es Tzedaká. Con frecuencia se traduce como «caridad», pero esa traducción resulta incompleta. Tzedaká proviene de la palabra hebrea tzédek, que significa “justicia”. La diferencia es profunda.

    No ayudamos únicamente porque queremos ser generosos. Ayudamos porque entendemos que existe una responsabilidad moral hacia quien necesita de nosotros. Porque construir una sociedad más justa requiere la participación de cada persona.

    El segundo concepto es Tikún Olam, que significa «reparar el mundo». Nadie puede resolver todos los problemas de la humanidad, pero todos podemos contribuir a dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos.

    Cada acto de bondad. Cada gesto de solidaridad. Cada momento en que decidimos aliviar la carga de otra persona representa una pequeña reparación del mundo.

    El tercer principio es Kol Israel Arevim Ze Bazé. Literalmente significa «Todo Israel es responsable el uno del otro». Aunque nace dentro de la tradición judía, su enseñanza trasciende sus fronteras. Nos recuerda que una comunidad verdadera no abandona a quienes la integran. Que pertenecer implica responsabilidades, no solamente beneficios. Que el bienestar de cada persona está vinculado, de alguna manera, al bienestar de los demás.

    Esos principios han acompañado al pueblo judío durante generaciones y explican una profunda cultura de apoyo mutuo, de construcción comunitaria y de compromiso con el prójimo.

    Pero también contienen un mensaje universal: ninguna sociedad puede fortalecerse mientras sus miembros permanecen indiferentes ante las necesidades de los demás.

    La comunidad judía de Venezuela: valores hechos realidad

    Si existe un lugar donde estos principios dejaron de ser conceptos para convertirse en acciones, fue dentro de mi propia comunidad.

    Nunca necesité que alguien me explicara qué significaba la solidaridad. La vi. La viví. La aprendí observando. La vi en nuestras instituciones, en nuestros colegios, en nuestras sinagogas y en nuestras organizaciones comunitarias.

    La vi en personas que dedicaron incontables horas al servicio de otros sin buscar reconocimiento. En quienes ayudaron discretamente. En quienes acompañaron enfermos. En quienes estuvieron presentes cuando una familia atravesaba momentos difíciles.

    Nunca necesité que alguien me explicara qué significaba la solidaridad. La vi. La viví. La aprendí observando. La vi en nuestras instituciones, en nuestros colegios, en nuestras sinagogas y en nuestras organizaciones comunitarias

    Nuestra comunidad no es grande por su número. Es grande por su compromiso. Y ese compromiso nunca se ha limitado únicamente a sus propios miembros. La comunidad judía de Venezuela ha sido parte activa del país que la recibió, aportando en diferentes áreas de la vida nacional y extendiendo su mano en iniciativas sociales, educativas y humanitarias. Muchas veces en silencio, porque la solidaridad auténtica no necesita reconocimiento. Cuando se comparte públicamente, es únicamente para inspirar a otros a hacer lo mismo.

    Dos identidades, una misma vida

    A veces encuentro personas que consideran que ser profundamente venezolano y profundamente judío representa una contradicción. Yo nunca lo he sentido así.

    Soy venezolano. Esta es la tierra donde nací, donde crecí, donde estudié, donde construí mi vida, mi profesión y mis sueños. Aquí están mis recuerdos, mis amigos y una parte esencial de quien soy.

    Y también soy judío. Pertenezco a un pueblo con miles de años de historia, resiliencia y esperanza. Para el pueblo judío, Israel representa su hogar histórico y espiritual; un lugar profundamente ligado a sus raíces, a su memoria colectiva y a una continuidad que ha atravesado generaciones.

    Mi amor por Venezuela no disminuye mi vínculo con Israel. Y mi identidad judía no disminuye mi amor por Venezuela. No son lealtades enfrentadas.

    Son dimensiones distintas y complementarias de una misma identidad: una nace de la tierra donde crecí; la otra nace de la historia del pueblo al que pertenezco.

    Ambas me han enseñado valores esenciales: valorar la vida, proteger la dignidad humana y asumir responsabilidad hacia los demás.

    La herencia más valiosa

    Hay quienes heredan un patrimonio. Hay quienes heredan un apellido. Yo siento que heredé algo mucho más valioso: una manera de mirar al prójimo. La convicción de que nadie construye una sociedad solo. Que la verdadera fortaleza de un pueblo no reside únicamente en sus recursos, sus instituciones o sus logros, sino en la capacidad de sus ciudadanos para cuidarse mutuamente.

    Hoy doy gracias por haber nacido venezolano. 

    Doy gracias por pertenecer al pueblo judío.

    Y doy gracias por formar parte de una comunidad judía venezolana que ha hecho de la solidaridad una forma de vivir.

    Mi amor por Venezuela no disminuye mi vínculo con Israel. Y mi identidad judía no disminuye mi amor por Venezuela. No son lealtades enfrentadas.

    Son dimensiones distintas y complementarias de una misma identidad: una nace de la tierra donde crecí; la otra nace de la historia del pueblo al que pertenezco

    Si algún día alguien me preguntara cuál es el mayor privilegio de mi identidad, no respondería hablando únicamente de nacionalidad, religión o historia. Respondería hablando de las personas. De aquellos que, desde distintos caminos, me enseñaron la misma lección: que ayudar dignifica. Que acompañar fortalece. Que compartir une.

    Y que la grandeza de un pueblo jamás se mide por lo que posee, sino por la forma en que cuida de quienes más lo necesitan.

    Ese es, para mí, el verdadero significado de pertenecer.

    *Voluntario activo en diversas instituciones comunitarias.

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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