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    El “pequeño reemplazo”: la silenciosa desaparición de los judíos europeos

    Published by Yossi Bentolila on 25 mayo, 2026
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    • Antisemitismo en Europa
    • Judíos en Europa
    • Pequeño reemplazo
    • Richard Abitbol

    Richard Abitbol*

    Mucho se ha hablado del “gran reemplazo”. Se ha enarbolado, combatido, caricaturizado y explotado. Se debate, se cuestiona y se le carga de ideología en cuanto se menciona. Pero existe otro fenómeno, mucho más preciso, mucho más cuantificable y mucho más silencioso: el “pequeño reemplazo”.

    No se trata de la sustitución fantasiosa de un pueblo por otro, sino de la desaparición gradual de una minoría histórica en Europa: los judíos.

    Este fenómeno no es miedo. No es una proyección. Es una observación. Los judíos abandonan ciertos barrios. Luego ciertas ciudades. Luego ciertos países. Se quitan la kipá. Cambian los nombres de sus hijos en las listas escolares. Evitan ciertas escuelas. Ocultan su identidad en el trabajo. Dudan sobre si llevar la Estrella de David. Retiran la mezuzá visible de la entrada de sus apartamentos. Enseñan a sus hijos no solo historia judía, sino también discreción judía: no hablar, no mostrar, no responder, no provocar, no llamar demasiado la atención.

    Esto aún no es un exilio oficial. Es peor: es un exilio interno antes del exilio geográfico.

    Lapidas-con-esvasticas-CNN miedo

    Más de 100 lápidas del cementerio judío de Westhoffen en Alsacia (Francia), lugar histórico que data del siglo XVI, fueron vandalizadas con esvásticas en diciembre de 2019, mucho antes de la actual oleada de antisemitismo. El presidente Emmanuel Macron ordenó en aquel momento una “investigación”,
    que como siempre no llevó a nada
    (Foto: CNN)

    Europa no decretó la expulsión de los judíos. No firmó una ley de expulsión. No organizó trenes. No reabrió los campos. Está haciendo algo más moderno, más cobarde, más acorde con la retórica humanista: está permitiendo que se den las condiciones para su partida. Esto propicia que florezca un clima en el que la presencia judía se vuelve cada vez menos tolerable desde el punto de vista sicológico, social, cultural y, a veces, físico.

    El “pequeño reemplazo” no es una sustitución administrativa, sino una sustitución civilizatoria a través de la renuncia. Donde las familias judías han vivido durante generaciones, se instala gradualmente un ambiente en el que ya no se sienten como en casa. Donde antes existían escuelas judías abiertas a la comunidad, ahora hay guardias de seguridad, cámaras, barreras y protocolos de acceso. Donde una sinagoga era un lugar de oración, se convierte en una fortaleza. Donde la identidad judía era un componente natural del paisaje nacional, se convierte en un riesgo.

    Y este riesgo no surge de la nada.

    Se debe a una conjunción letal: la persistencia de la antigua corriente antisemita europea, la importación del antisemitismo islamista radical, y la cobardía de las élites políticas, mediáticas y judiciales incapaces de reconocer la realidad.

    Europa no decretó la expulsión de los judíos. No firmó una ley de expulsión. No organizó trenes. No reabrió los campos. Está haciendo algo más moderno, más cobarde, más acorde con la retórica humanista: está permitiendo que se den las condiciones para su partida

    Debemos ser precisos. No se trata de acusar indiscriminadamente a los musulmanes. Eso sería injusto, falso e inaceptable desde el punto de vista moral. Muchos musulmanes viven en paz, no comparten el antisemitismo y pueden ser víctimas de la presión islamista. Pero sería igualmente hipócrita negar que una mentalidad islamista antisemita ha echado raíces en ciertos sectores de la sociedad europea, a veces bajo el pretexto del “antisionismo”, a veces bajo el pretexto de la causa palestina, a veces incluso sin molestarse en buscar un pretexto.

    Se manifiesta en las calles. Se manifiesta en las escuelas. Se manifiesta en las redes sociales. Se manifiesta en ciertos barrios, donde un niño judío ya no puede ser simplemente un niño judío. Se manifiesta en esa obscena inversión donde el judío europeo, una minoría vulnerable y amenazada, se convierte repentinamente en el representante simbólico de un opresor global imaginario.

    El antiguo antisemitismo cristiano acusaba al judío de haber matado a Dios. El antisemitismo nacionalista lo acusaba de traicionar a la patria. El antisemitismo revolucionario lo acusaba de encarnar el dinero. El antisemitismo islamista contemporáneo lo acusa de ser el enemigo absoluto: del creyente, del pueblo, de los pobres, de los oprimidos, del mundo árabe, de Palestina, de la humanidad que sufre. En cada época, el judío es redefinido para cargar con el peso del mal del momento.

    Lo que está cambiando hoy es que Europa ya no protege a los suyos. Proclama valores, pero no protege a los muertos. Conmemora a los fallecidos, pero abandona a los vivos. Deposita coronas de flores en Auschwitz, pero tolera que los judíos vivan con miedo en París, Bruselas, Londres, Malmö o Berlín. Llora a los judíos asesinados ayer, pero sospecha que los judíos preocupados de hoy exageran, dramatizan, crean divisiones y perjudican la cohesión social.

    La convivencia se ha convertido en un concepto extraño: a menudo implica que los judíos deben vivir con quienes los amenazan, guardar silencio para no exacerbar las tensiones, y aceptar que su miedo será relativizado, contextualizado y “sociologizado”. El antisemitismo siempre se explica. A veces se excusa. Rara vez se condena con la contundencia necesaria. Y cuando se condena, se añaden inmediatamente precauciones, matices y simetrías, como si el odio hacia los judíos debiera siempre ir envuelto en una declaración más general para ser moralmente aceptable.

    Lo que está cambiando hoy es que Europa ya no protege a los suyos. Proclama valores, pero no protege a los muertos. Conmemora a los fallecidos, pero abandona a los vivos. Deposita coronas de flores en Auschwitz, pero tolera que los judíos vivan con miedo en París, Bruselas, Londres, Malmö o Berlín

    El judío ya ni siquiera tiene derecho a la singularidad de su amenaza. La gente le dice: “Todos los odios son iguales”. Pero no todos los odios producen los mismos efectos. No todos los odios tienen la misma historia. No todos los odios persiguen a las mismas personas con una constancia tan inquebrantable, siglo tras siglo. No todos los odios llevan a una minoría a considerar seriamente su desaparición de un continente donde ha vivido durante dos mil años.

    Porque eso es precisamente lo que está en juego: el posible fin de la presencia judía en Europa.

    No mañana por la mañana. No por decreto. No mediante una conmoción repentina. Sino gradualmente, a través del cansancio, el miedo y la resignación. Dentro de cincuenta años, ¿cuántas comunidades judías europeas conservarán una vitalidad real? ¿Cuántas escuelas? ¿Cuántas sinagogas abrirán sus puertas como algo más que fortalezas religiosas? ¿Cuántas familias seguirán dispuestas a criar a sus hijos en un continente donde ser judío exige una vigilancia constante?

    La limpieza étnica moderna no siempre se parece a la del pasado. Puede ser fría, lenta e insidiosa. Puede llevarse a cabo sin un programa oficial, sin un ejército, sin fronteras cerradas. Basta con hacer la vida imposible. Basta con hacer que el futuro sea inhabitable. Basta con que una población comprenda que ya no está realmente protegida. Y entonces se marcha.

    Y cuando los judíos se marchan, Europa no solo pierde una minoría. Pierde una parte de sí misma. Pierde la memoria. Pierde la inteligencia. Pierde la sensibilidad. Pierde un imperativo moral nacido de la persecución. Pierde una presencia que moldeó su filosofía, su literatura, su medicina, su música, su ciencia, su derecho, sus finanzas, su política, su teatro, su humor, su dolor y su conciencia.

    Una Europa sin judíos no será simplemente menos judía. Será menos europea.

    Un hombre consuela a su hijo a raíz del ataque terrorista contra la escuela judía Ozar Hatorá de Toulouse, Francia,
    en 2012, en el que un rabino y tres niños fueron asesinados
    (Foto: The New York Times)

    Por eso, el “pequeño reemplazo” no es solo una tragedia judía. Es una prueba para la civilización. Un continente que ya no puede proteger a sus judíos ya no puede proteger a nadie. Un país donde los judíos comienzan a emigrar es un país que ya ha perdido parte de su esencia democrática. Una sociedad que acepta que sus ciudadanos judíos se escondan mientras sigue hablando de república, derechos humanos y dignidad universal es una sociedad que ha caído en la mentira.

    Quizá lo más terrible sea la indiferencia. Nos acostumbraremos. Diremos que los judíos se fueron a Israel, a Estados Unidos, a Canadá, por razones económicas, familiares o religiosas. Evitaremos decir que se fueron porque ya no se sentían seguros. Evitaremos decir que se fueron porque el sistema judicial ya no definía el antisemitismo. Evitaremos decir que se fueron porque los medios de comunicación restaron importancia a su miedo. Evitaremos decir que se fueron porque las escuelas ya no enseñaban suficiente historia para inmunizar las mentes. Evitaremos decir que se fueron porque parte de la izquierda los había abandonado, que parte de la extrema derecha alguna vez los odió, y que parte del centro los usó como telón de fondo para un monumento, sin defenderlos realmente.

    Haremos lo que Europa sabe hacer tan bien: conferencias después de los desastres, placas conmemorativas después de las despedidas, discursos después de los abandonos.

    Pero los judíos no necesitan discursos después de su desaparición. Necesitan protección antes de marcharse.

    La cuestión, por lo tanto, no es si los judíos exageran. La verdadera pregunta es: ¿por qué una minoría tan arraigada en la historia europea llega a creer que su futuro podría estar en otro lugar? ¿Por qué familias francesas, belgas, alemanas, británicas, suecas y holandesas, que solo han conocido Europa, consideran la trasmisión a sus hijos no como una herencia nacional, sino como una estrategia de escape?

    Lea el artículo La población judía de Europa cae a su mínimo en casi 900 años,
    en Nuevo Mundo Israelita del 29 de octubre de 2020.

    No debemos esperar a que las sinagogas estén vacías para comprender. No debemos esperar a que cierren las escuelas judías. No debemos esperar a que los cementerios sean los últimos lugares judíos visibles en Europa.

    El «pequeño reemplazo» ya está aquí. No avanza con eslóganes. Avanza con silencios. No necesita votación. Solo necesita ser tolerado.

    No triunfa solo por la fuerza. Triunfa gracias a la cobardía de sus testigos.

    Y quizá este sea el aspecto más grave: Europa no solo está presenciando el borrado de la historia de los judíos, sino que lo está consintiendo por omisión.

    Por lo tanto, hay que decirlo sin dudarlo: si Europa no encuentra el valor para afrontar de frente el antisemitismo islamista, el viejo antisemitismo cultural europeo, el “antisionismo” sustitutivo y la cobardía judicial que se niega a nombrar el odio hacia los judíos, se convertirá en el continente de los museos judíos sin judíos vivos. Monumentos en lugar de comunidades. Ceremonias en lugar de niños. Discursos sobre el Holocausto en lugar de proteger las sinagogas. Lágrimas oficiales en lugar de valentía política.

    Y entonces, dentro de cincuenta años, podríamos decir: «¿Cómo pudo haber sucedido esto?» La respuesta será sencilla. Esto no sucedió de repente. Fue anunciado. Se ha visto. Se ha negado. Entonces fue aceptado.

    Quizá este sea el último privilegio doloroso de los judíos: ver antes que los demás lo que presagia el odio.
    Porque el antisemitismo es siempre el primer síntoma de una civilización en decadencia

    Hay una palabra para eso: Judenrein. Un término nazi que creíamos enterrado con el Reich: un territorio «libre de judíos». Hitler quería obtenerlo mediante el asesinato; la Europa contemporánea corre el riesgo de obtenerlo mediante el abandono.

    No mediante campos de concentración, sino mediante el miedo. No mediante redadas, sino mediante la huida. No por decreto, sino mediante la cobardía.

    Una Europa que conmemora Auschwitz mientras deja desaparecer a sus judíos vivos no ha aprendido la lección de la historia: simplemente la ha trasformado en una ceremonia.

    Pero que quede claro: los judíos franceses no tienen miedo, sino que están indignados. Si se marchan, no abandonarán la Francia que amaban; abandonarán un país que ya no se parece a ellos, un país que ha entrado en una especie de sumisión intelectual, un país que, como en el Rinoceronte de Ionesco, observa su propia metamorfosis y la llama progreso.

    Quizá este sea el último privilegio doloroso de los judíos: ver antes que los demás lo que presagia el odio. Porque el antisemitismo es siempre el primer síntoma de una civilización en decadencia.

    Otros tal vez solo lo entiendan después de despertar, es decir, demasiado tarde.

    *Presidente honorario de la Confederación de Judíos de Francia y Amigos de Israel (CJFAI).
    Fuente: Tribune Juive (tribunejuive.info).
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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