
Tuve que mudar a nuestra familia a Australia para comprender lo que mi hijo de 9 años siempre había dado por sentado
Tamar Pross*
Hace algunos meses, mi hijo de nueve años me hizo una pregunta para la que no estaba en absoluto preparada: «¿Qué es ser judío?»
No era una pregunta filosófica sobre el significado de la identidad judía. Él quería entender realmente qué significaba la palabra en sí. Por un momento, me quedé mirándolo fijamente.
Vivíamos en Sydney, a miles de kilómetros de Tel Aviv, donde él había pasado la mayor parte de su infancia. Somos israelíes. El hebreo es su lengua materna. Conoce las canciones, la comida, las festividades y la jerga coloquial. Sabe cómo guardar silencio y mantenerse en pie cuando suena la sirena de Yom Hazicarón. Sabe que la tarde del viernes tiene un ambiente especial, aunque no se enciendan velas. Sabe que Purim significa disfraces, que Janucá significa sufganiot y que, de alguna manera, todo israelí tiene una opinión sobre dónde encontrar el mejor hummus.
Manifestación en Tel Aviv
(Foto de Tamar Pross)
Y, sin embargo, él me miró y preguntó: «¿Qué es judío?»
Mi primera reacción fue de incredulidad. ¿Cómo era posible que mi hijo no lo supiera? También sentí, por un instante, que había fallado al no enseñarle algo evidente.
Crecí en Israel y, durante más de una década, he construido mi vida profesional en torno al hebreo y la cultura israelí, trabajando con miles de personas de todo el mundo que intentan activamente acercarse a algo que mi hijo simplemente recibió al nacer.
Entonces lo comprendí: tal vez esa fuera precisamente la clave.
Durante generaciones, el sionismo ofreció una respuesta extraordinaria al desafío de la identidad y la continuidad judías: crear un lugar donde los judíos no tuvieran que construir conscientemente una vida judía, porque la vida judía se convertiría en la vida cotidiana.
Y en un sentido profundo, funcionó.
Para la mayoría de los israelíes laicos, la identidad judía no es algo que practiquemos conscientemente. Es el agua en la que vivimos.
No es necesario encender velas el viernes por la noche, porque la noche del viernes en sí misma es judía. Las tiendas cierran, cambian los horarios de los autobuses, la radio emite canciones diferentes y la gente empieza a preguntar qué vas a cenar. No necesitas anotar las festividades judías en tu calendario porque el país lo hace por ti. No tienes que explicar por qué tus hijos aprenden hebreo; es simplemente lo que sucede cuando abren la boca.
No tienes que construir una vida judía, ya que alguien ha creado todo un ecosistema judío a tu alrededor.
Había algo magnífico y revolucionario en ello.
Cuando decidimos pasar unos años viviendo en Australia, empecé a ver cosas que nunca había podido percibir desde dentro de Israel. De repente, el Shabat era sábado, Janucá competía con la Navidad y el hebreo se convertía en ese idioma extraño que mis hijos hablaban con sus padres, en lugar de ser la lengua del patio de recreo.
Las festividades judías dejaron de llegar automáticamente. Si queríamos que existieran, teníamos que crearlas. Por primera vez en mi vida, la identidad judía requería intención.
Y eso cambió algo en mí.
Muchos judíos de la diáspora crecen eligiendo conscientemente aspectos que muchos israelíes simplemente heredan. Deciden si unirse a una comunidad judía, si enviar a sus hijos a escuelas o campamentos judíos, si hablar hebreo y si el Shabat, las festividades, Israel o las tradiciones judías ocuparán un lugar significativo en sus vidas.
Eso puede generar su propia ansiedad y sensación de fragilidad, pero también implica que a menudo deben enfrentarse a una pregunta que los israelíes pueden eludir durante años: ¿qué significa realmente para mí ser judío?
En Israel, la identidad judía puede sentirse casi como la gravedad. No te despiertas cada mañana pensando en la gravedad, pero notas muy rápido cuando desaparece.
La pregunta de mi hijo me hizo comprender que, tal vez, la identidad judía siempre ha requerido tanto de la herencia como de la elección. Heredamos el idioma, las historias, las tradiciones, los recuerdos, la familia y la historia. Sin embargo, llega un momento en que la herencia por sí sola ya no basta. Con el tiempo, tenemos que decidir qué queremos hacer nuestro.
En Israel, la identidad judía puede sentirse casi como la gravedad. No te despiertas cada mañana pensando en la gravedad, pero notas muy rápido cuando desaparece
No quiero que mis hijos simplemente sepan que son judíos. No quiero que cumplan con la identidad judía de manera mecánica. Ciertamente, no quiero que el miedo, el antisemitismo o el sentido de obligación sean la razón por la que mantengan ese vínculo.
Quiero que comprendan lo que han heredado. Quiero que tengan a su alrededor suficiente lenguaje, recuerdos, experiencias, personas, rituales, debates y amor para que, algún día, puedan decidir qué significa ser judío en sus propias vidas.
Quiero que sean capaces de ver el agua.
Porque tal vez ahí es donde realmente comienza la identidad. No cuando simplemente naces dentro de algo, sino cuando adquieres la conciencia suficiente para preguntarte qué es ese algo.
Puede que mi hijo estuviera haciendo exactamente eso cuando me planteó su pregunta. Quizá, por primera vez, había salido lo suficiente del agua como para percibirla.
Y tal vez mi labor no consista en darle de inmediato la respuesta perfecta; tal vez sea asegurarme de que haya suficiente allí para que él mismo acabe descubriendo su propia respuesta.
*Emprendedora australiano-israelí y fundadora de Citizen Café Tel Aviv, una comunidad global de estudiantes de hebreo en más de 25 países.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.