

Yoel Guzansky*
Arabia Saudita atraviesa uno de los momentos más críticos de los últimos años en materia de seguridad. Hacia el este, la guerra en curso con Irán y las perturbaciones en el estrecho de Ormuz obstaculizan su capacidad para exportar petróleo; hacia el sur, los hutíes atacan instalaciones estratégicas del reino y amenazan la ruta alternativa de exportación a través del estrecho de Bab el-Mandeb; en Yemen crece el temor a que se reanude una guerra a gran escala; y hacia el norte, las milicias proiraníes en Iraq se suman al cerco de amenazas.
De este modo, Riad se enfrenta a amenazas provenientes de casi todas las direcciones, lo que socava simultáneamente su seguridad y su principal fuente de poder: las exportaciones de energía. Este mes, las ventas de petróleo saudí cayeron a un mínimo de apenas 3 millones de barriles diarios.
La respuesta de Arabia Saudita consiste en diversificar sus pilares de apoyo. Riad intenta fortalecer sus vínculos con Estados Unidos, profundizar su alianza con Pakistán, formar la «Alianza de La Meca» junto con Pakistán y Turquía, e impulsar marcos de seguridad regional para salvaguardar la libertad de navegación en el Mar Rojo.
(Foto: Google)
Sin embargo, ningún marco por sí solo ofrece una solución integral. Estados Unidos sigue siendo el pilar central de Arabia Saudita; Pakistán aporta profundidad militar y capacidad de disuasión; Turquía contribuye con capacidades militares e industriales; y los marcos regionales proporcionan una cooperación adicional. A pesar de incluir una cláusula de defensa mutua, la Alianza de La Meca aún no ha demostrado cómo funcionaría en tiempos de guerra, sobre todo teniendo en cuenta que sus miembros no comparten una percepción común de la amenaza.
Esta proliferación de alianzas refleja no solo poder sino, ante todo, una situación de apuro. A medida que se intensifica la sensación de amenaza en Arabia Saudita, Riad no opta por un único aliado, sino que articula una serie de asociaciones parciales para evitar depender de un solo actor.
Israel también podría integrarse en esta red, no como sustituto de Estados Unidos ni como parte de una nueva alianza de defensa, sino como otro socio parcial. Israel tiene mucho que ofrecer en materia de inteligencia, alerta temprana, defensa contra misiles y drones, así como en la confrontación con Irán y los hutíes.
No obstante, dado el costo político de colaborar abiertamente con Israel —especialmente a la luz de la cuestión palestina—, es probable que dicha cooperación siga siendo selectiva y discreta por el momento. Aquí reside la paradoja: las inquietudes de seguridad de Arabia Saudita podrían aumentar su necesidad de Israel, pero no necesariamente la urgencia de normalizar relaciones con él.
Para Israel, la estrategia adecuada no consiste en utilizar la vulnerabilidad saudí como baza para presionar a Riad hacia la normalización, sino en demostrar su valor como socio en materia de seguridad. Israel debería ofrecer una cooperación práctica a través de canales discretos. Cuanto más se perciba en Riad que Israel aporta una capa de seguridad adicional y vital —sin exigir exclusividad ni un reconocimiento público inmediato—, mayores serán las probabilidades de sentar gradualmente las bases para una asociación más amplia y, en última instancia, para la normalización.
*Investigador del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel (INSS)
Fuente: INSS (inss.org.il).
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.