Raquel Markus-Finckler*
No hay forma de narrarlo sin quebrarse.
Pero igual que sucedió en el pasado, igual que sucederá en el futuro, los poetas, los escritores, los escribidores, tenemos el deber de hacerlo. De narrarlo. De contarlo. De expresarlo. De escribirlo. Aunque en el camino nos rompamos.
Porque cuando una tragedia ocurre, también ocurre otra. Empieza la carrera por imponer versiones, por llenar los silencios con declaraciones, por acomodar la memoria a la conveniencia de alguien. Y entonces escribir deja de ser un oficio. Se convierte en un acto de testimonio.
Soy poeta venezolana. Soy parte del pueblo judío. Vengo de una historia que conoce demasiado bien el temblor de la pérdida, el exilio, la intemperie y la obligación de seguir cantando aun cuando el techo arde o se agrieta sobre la cabeza. Hay pueblos que nacen con la resiliencia blindada en el ADN. Hay pueblos que aprenden, casi desde la cuna, a crecerse en la adversidad. Pueblos condenados, una y otra vez, a ser David frente a Goliat.
Tal vez por eso escribo.
Porque hay momentos en los que tocar el violín sobre un techo incendiado no es una metáfora. Es una forma de seguir siendo humanos cuando todo parece empeñado en derrumbarse. Mi memoria judía lo sabe. Ha visto demasiados techos arder. Ha escuchado demasiadas veces la música seguir sonando mientras alrededor todo se venía abajo.
Vi el humo y la ceniza elevándose al cielo como si un volcán hubiera despertado en medio de la ciudad. Mientras el humo subía, los edificios bajaban. Mientras la tierra temblaba, las familias se quebraban. La gente moría. Los árboles crujían como si recordaran un dolor antiguo, uno de esos que nunca terminan de irse y que regresan cuando la tierra decide hablar otra vez.
Después vino un silencio aún más grande que el estruendo.
El silencio del que espera ayuda y no la ve llegar. El silencio del que descubre que, cuando la tierra deja de moverse, todavía queda otra batalla: remover piedras con las propias manos, con las manos de los vecinos, con picos, con palas, esperando una maquinaria que no aparece, un equipo que no llega, una dirección que nunca termina de organizar el caos.
Y desde esa raíz judía que también me habita, sé que una comunidad no se mide únicamente por la fuerza con la que sobrevive, sino por la manera en que recoge a sus caídos, acompaña a sus dolientes y se niega a dejar solos a quienes han perdido casa, familia o esperanza. La memoria de un pueblo también se construye con la obligación de responder por el otro.
Los míos están bien. Pero conocidos míos no tanto.
El silencio del que espera ayuda y no la ve llegar. El silencio del que descubre que, cuando la tierra deja de moverse, todavía queda otra batalla: remover piedras con las propias manos, con las manos de los vecinos, con picos, con palas, esperando una maquinaria que no aparece, un equipo que no llega, una dirección que nunca termina de organizar el caos
Hay mucha gente desamparada. Todos conocemos a alguien que perdió a alguien. A alguien que sigue buscando entre los escombros. A alguien que no pierde la esperanza aunque ya parezca no tener sentido mantenerla.
Todos conocemos a alguien que no tiene dónde vivir, salvo en un espacio prestado o en uno que antes era propio y ahora está lleno de grietas.
Todos conocemos a alguien que llora desesperado y no tenemos respuesta alguna para darle.
Hay personas de luto paradas sobre un país que no alcanza a abrazarlas, sostenerlas ni consolarlas.
Y eso también duele.
Los terremotos derrumban edificios.
Nosotros intentamos impedir que también derrumben el significado.
Y entonces empiezan los porqués.
¿Por qué otra vez?
¿Por qué aquí?
¿Por qué tanta gente?
Nos acostumbramos a creer que toda pregunta merece una respuesta. Pero la naturaleza simplemente es. No es cruel. No es piadosa. No castiga. No perdona. No negocia. Somos nosotros quienes intentamos traducir su lenguaje a categorías humanas para soportar aquello que no comprendemos.
Tal vez las respuestas nunca estuvieron afuera.
Y algunas veces temo que tampoco estén adentro.
En la tradición judía, preguntar no es una falla de la fe. Es una forma de permanecer despiertos. Preguntamos aunque no haya respuesta inmediata. Preguntamos aunque el cielo guarde silencio. Preguntamos porque renunciar a la pregunta sería aceptar que el dolor ganó también sobre la conciencia.
Nos acostumbramos a creer que toda pregunta merece una respuesta. Pero la naturaleza simplemente es. No es cruel. No es piadosa. No castiga. No perdona. No negocia. Somos nosotros quienes intentamos traducir su lenguaje a categorías humanas para soportar aquello que no comprendemos
Tal vez somos nosotros los que entramos al laberinto. Tal vez el laberinto no está hecho de piedras, sino de preguntas sin respuesta. Y tal vez, si llegamos al centro, nos encontremos de frente con el Minotauro. Y sea como vernos en el espejo. Porque tal vez somos nosotros mismos el monstruo al que tanto tememos.
Me quedo buscando el hilo.
Pero yo siempre pierdo los hilos.
Y ahora tampoco encuentro el ovillo.
Dicen que la historia es una espiral. Que las tragedias cambian de escenario y de protagonistas, pero vuelven. Si eso es cierto, una se pregunta por qué seguimos aprendiendo tan poco. Por qué seguimos buscando respuestas entre los escombros con la misma desesperación con la que los rescatistas buscan sobrevivientes. Sabemos que cada hora disminuye las posibilidades. Sin embargo, seguimos buscando.
Porque esa también es nuestra naturaleza.
Aferrarnos a la vida.
Buscar sentido.
Intentar comprender.
Y escribir.
Aun así, seguimos aferrados a la vida. Porque la vida siempre encuentra la forma de abrirse paso. Y si algo me enseña pertenecer al pueblo judío es que incluso después de la ruina, incluso después del exilio, incluso después de la pérdida, hay que volver a nombrar la vida. No porque el dolor desaparezca, sino porque nombrarla es negarse a que la muerte tenga la última palabra.
Estoy escribiendo esto y no sé si lo que siento se nota. Supongo que sí. Supongo que para eso sirven las palabras cuando ya no sirven de nada más.
No escribimos para explicar una tragedia
Escribimos para que la tragedia no desaparezca
He pensado mucho en estos días que quizá la gente ya no necesita otra noticia. Ni otro video. Ni otra cifra. Creo que necesita saber que no está sola. Que sentirse desbordada está bien. Que sentir miedo, impotencia, angustia, culpa por creer que podría hacer más, está bien. Que hacerse preguntas difíciles y no encontrar respuestas también forma parte de estar viva.
Las palabras no alcanzan.
Nunca alcanzan.
Pero precisamente por eso existen la literatura y la poesía. Escribimos cuando el lenguaje se queda corto. Cuando el dolor desborda el diccionario. Cuando el silencio pesa demasiado.
No escribimos para explicar una tragedia.
Escribimos para que la tragedia no desaparezca.
Porque si no escribimos, otros escribirán por nosotros. Porque si no dejamos testimonio, lo cubrirán versiones interesadas, discursos oportunos, cifras, estadísticas, relatos incompletos y, muchas veces, mentiras.
Nuestro deber no consiste en tener respuestas.
Consiste en decir: esto sucedió.
Yo estuve aquí.
Lo vi.
Lo escuché.
Lo lloré.
Y lo escribí.
No sé si sirve.
No sé si alcanza.
Soy una poeta venezolana, miembro de un pueblo que ha aprendido a seguir tocando el violín aun sobre techos incendiados o agrietados.
Busco sentido donde el sentido parece haberse derrumbado.
No sé hacer otra cosa.
Y quizá, en tiempos como estos, eso también sea una forma de sostener entre todos lo único que todavía no debería caerse: la memoria.
*Periodista, poeta y escritora.