En Trasnocho Cultural y con tacones rojos
Raquel Markus-Finckler*
Lejos estoy de pretender convertir esta nota en una crítica teatral. Lo que deseo es retratar con palabras la vivencia de alguien que entró a una sala oscura y, sin esperarlo, terminó sentada otra vez en la mesa de Shabat de su infancia.
Sin saber cuándo ni cómo, enfrente de mí se abrió una puerta secreta hacia el pasado, hacia ese territorio donde la familia, la tradición y la memoria todavía me sostienen.
Clipper, de Isaac Chocrón, dirigida por Javier Vidal, producida por Julie Restifo y presentada en el Teatro del Centro Cultural Trasnocho, me produjo exactamente eso: una conmoción íntima, entrañable, difícil de explicar desde lo técnico y clarísima desde el cuerpo.
Cuando una obra logra tocar esa fibra, quienes la sentimos entendemos que no asistimos únicamente a una función teatral: regresamos, aunque sea por un instante, a una mesa conocida, a una manera de estar juntos, a una forma de pertenecer: una melodía, una oración pronunciada de cierta manera, el gesto de partir el pan, la forma en que varias generaciones ocupan una misma mesa.
No hay fotografía que reproduzca exactamente el calor y el color de esos momentos, pero el teatro tiene a veces esa capacidad extraña y poderosa de devolvernos algo que creíamos perdido. Eso me pasó con Clipper.
Isaac Chocrón escribió esta obra autobiográfica en 1986 y convirtió a su propia familia, judía y sefardí, en materia teatral.
Javier Vidal vuelve hoy sobre ese universo desde una cercanía que no es solamente artística: fue discípulo, amigo y ahijado intelectual de Chocrón, y esa filiación se siente en una dirección que aborda la memoria familiar con respeto, oficio y afecto, sin convertirla en reliquia. Porque ninguna familia merece ser convertida en museo.
Fotos: Raquel Markus-Finckler
Todos los grupos familiares tienen conflictos, heridas, silencios, zonas oscuras y pequeñas guerras privadas, y la literatura y el teatro han sabido explorar muy bien esas cicatrices.
Quizás por eso me interesó tanto que Clipper me hiciera pensar también en el contrapunto: que a veces olvidamos que también se hereda la felicidad. Heredamos heridas, sí, pero heredamos también una canción, una receta, una forma de reírnos, determinados valores, ciertas palabras, costumbres que nos atan a quienes estuvieron antes que nosotros y otras que terminan dándonos la libertad de ser quienes somos.
Las familias dejan cicatrices, pero también dejan raíces y alas, y Clipper rescata justamente esa otra parte de la memoria: la risa compartida, el baile, el abrazo, la bendición, el pan que pasa de una mano a otra. Los momentos que nunca vuelven a repetirse de la misma manera y que, sin embargo, permanecen con nosotros toda la vida.
Por eso, en medio de la nostalgia, salí del teatro con unas ganas absurdas de ponerme unos tacones rojos, una falda de esas que se abren al girar y salir a bailar swing, porque también recordé que las familias bailan, se ríen, celebran, se abrazan. Viven instantes de alegría que no sabemos que serán irrepetibles mientras están ocurriendo.
Clipper tiene todavía algo más importante que decir: no pone sobre el escenario a una familia judía dentro de Venezuela como quien presenta una curiosidad cultural. Por el contrario, muestra a una familia venezolana que es judía. Y esa diferencia importa.
La historia de la comunidad judía venezolana no es una historia paralela a la del país, sino parte de ella. Sus aportes a la cultura, las artes, el pensamiento, la academia y la vida intelectual venezolana pertenecen a nuestra memoria común, e Isaac Chocrón es una evidencia luminosa de ello.
Que hoy una obra profundamente venezolana coloque en el centro del escenario a una familia judía, sus tradiciones, sus contradicciones, sus afectos y su manera de habitar el mundo tiene una significación especial: es una manera de recordar que la diversidad no ocurre en los márgenes de una sociedad, sino que también la construye desde adentro.
En esa reconstrucción de la intimidad familiar y de la tradición judía sefardí resulta especialmente valiosa la asesoría de Alberto Moryusef.
Para quienes conocemos esos códigos, los detalles no son decorativos: una bendición, una melodía, una forma de organizar la mesa pueden convertir una escena en artificio o, como me ocurrió a mí, hacer que alguien sentada entre el público vuelva durante unos minutos a la casa de sus abuelos.
Reconocí la mesa de Shabat, el pan de Shabat, las oraciones de Shabat y, sobre todo, esa sensación difícil de explicar de estar protegida por algo que comenzó mucho antes de que una naciera y que seguirá existiendo mucho después de que una se haya ido.
Dentro del elenco, integrado por Rafael Monsalve, Gerardo Soto, Wilfredo Cisneros, Josette Vidal Restifo, Jan Vidal Restifo, Valentina Rodríguez Montenegro y Theaylor Plaza, quiero detenerme especialmente en Tania Sarabia.
Su Pura fue, para mí, una presencia extraordinariamente reconocible: no tuve la sensación de estar observando a una actriz explicarme quién era esa mujer, sino que Pura estaba allí, en sus gestos, en sus tonos, en sus contradicciones, en su manera de ocupar la casa. Sarabia conoce esa zona difícil de definir en la que la actuación deja de mostrar el mecanismo y empieza simplemente a existir.
También quiero reconocer de manera especial el trabajo de Javier Vidal en la dirección y de Julie Restifo en la producción. En una cartelera venezolana afortunadamente diversa, agradezco especialmente que sigan existiendo directores y productores dispuestos a apostar por textos como este.
Podemos elegir qué teatro queremos ver, y yo quiero seguir encontrándome con obras capaces de conmover sin recurrir al estruendo, al efectismo o a lo sensacionalista. Una mesa, una familia, unas velas y un pedazo de pan pueden contener un mundo entero, y hay público, mucho, para ese teatro.
Clipper se presenta del 7 al 30 de agosto de 2026 en el Teatro del Centro Cultural Trasnocho, con funciones viernes y sábados a las 6:00 pm y domingos a las 5:00 pm.
La puesta se realiza en el marco de la celebración de los 85 años del Centro Venezolano Americano, cuya Junta Directiva tuvo la gentileza de invitarme a la función especial del 6 de agosto, invitación que agradezco de manera especial.
Me quedó, sin embargo, una pregunta, no como reclamo sino como deseo. Quienes tuvimos la fortuna de ver anteriormente a Javier Vidal encarnar a Isaac Chocrón sabemos que allí existe algo más que interpretación: hay filiación, memoria, gratitud y una relación intelectual y afectiva que atraviesa décadas. Por eso salí preguntándome cuándo volveremos a ver a Javier Vidal prestarle cuerpo y voz a Isaac Chocrón, su padrino, profesor y mentor.
Al terminar la función me puse de pie a aplaudir. Aplaudí al elenco, a Javier, a Julie, a quienes hicieron posible que Clipper regresara al escenario…
Pero mientras aplaudía tuve la sensación de que también estaba aplaudiendo a la niña que fui, la que alguna vez estuvo sentada en la mesa de Shabat de sus abuelos sin saber que muchos años después iba a necesitar recordar exactamente cómo se sentía estar allí.
Y durante un rato, gracias al teatro, fui esa niña y recordé.
¡Vayan a ver Clipper, que ya despegó en Trasnocho Cultural, y saldrán de allí con ganas de cantar, de aplaudir, de bailar… de vivir!
*Periodista, poeta y escritora.