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    Opinión

    Anoche fui al teatro, me llamaron asesina

    Published by Yossi Bentolila on 23 octubre, 2026
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    • Antisemitismo en España
    • Batsheva
    • Esther Benarroch

    Cuando asistir a un espectáculo de danza israelí exige atravesar un pasillo de insultos, algo muy profundo está fallando en nuestra democracia.

    Esther Benarroch

    Anoche fui al teatro. No acudí a una manifestación, ni a un mitin político, ni a defender a ningún gobierno. Fui, sencillamente, a disfrutar de la danza. A contemplar el trabajo de unos artistas cuya única pretensión sobre el escenario era expresarse a través del movimiento, de la música y de la belleza. Pero antes de llegar a mi butaca tuve que atravesar algo que jamás imaginé vivir en mi ciudad.

    A las puertas de los Teatros del Canal, en Madrid, donde actuaba la prestigiosa compañía israelí Batsheva, nos esperaba un vergonzoso pasillo de hostilidad. Manifestantes a derecha e izquierda, gritos, insultos, banderas palestinas y una violencia verbal que parecía no conocer límites. «¡Asesinos!», «¡Basura!», «¡Terroristas!», «¡Genocidas!».

    Aquellas palabras no se dirigían a un gobierno, a un ejército ni a responsables políticos. Se lanzaban contra personas anónimas que acudíamos a una representación artística. Jóvenes, mayores, familias y niños. Ciudadanos cuyo único delito era haber comprado una entrada para ver bailar a una compañía israelí. En dos ocasiones me colocaron una bandera sobre la cabeza. En una de ellas intenté apartarla con la mano y se produjo un forcejeo.

    Coreografía de la compañía israelí de danza Batsheva
    (Foto: Wikimedia Commons)

    No fue una metáfora. No fue una discrepancia ideológica. Fue una invasión física de mi espacio personal, acompañada de una intimidación que ninguna causa política puede legitimar. Había policía. Agradezco que estuviera allí para garantizar nuestra seguridad. Pero me niego a aceptar como normal que en el Madrid del siglo XXI sea necesaria protección policial para asistir a un espectáculo de danza israelí.

    ¿En qué momento hemos llegado a considerar razonable que unos ciudadanos deban atravesar un corredor de insultos para ejercer su derecho a disfrutar de la cultura? Soy judía. Soy española. Y anoche ambas identidades me dolieron.

    Como judía, porque conozco demasiado bien el peso histórico de las palabras que convierten a las personas en culpables por asociación. Porque sé que el antisemitismo no siempre se presenta con sus símbolos tradicionales. A veces se manifiesta cuando la identidad judía o israelí se convierte en motivo suficiente para señalar, excluir o humillar.

    Y como española, porque me produjo una profunda vergüenza contemplar semejante espectáculo de intolerancia en una ciudad que se enorgullece, con razón, de ser abierta, plural y democrática. No pretendo negar a nadie el derecho a manifestarse por Palestina. Ese derecho es tan legítimo como el mío de acudir al teatro. Tampoco cuestiono el derecho a criticar al gobierno de Israel, como a cualquier otro gobierno del mundo.

    ¿En qué momento hemos llegado a considerar razonable que unos ciudadanos deban atravesar un corredor de insultos para ejercer su derecho a disfrutar de la cultura? Soy judía. Soy española. Y anoche ambas identidades me dolieron

    Pero existe una frontera moral que ninguna convicción política debería atravesar: la que separa la protesta de la intimidación, la crítica del insulto y la libertad de expresión del hostigamiento personal. Hay, además, una contradicción que debería avergonzarnos.

    Se invoca la paz mientras se humilla. Se reclama justicia mientras se intimida. Se denuncia la deshumanización mientras se despoja de su dignidad a personas que nada tienen que ver con las decisiones políticas que se pretenden combatir. Y hay otra cuestión esencial: la cultura.

    La danza no tiene pasaporte moral. La música no es responsable de las decisiones de un gobierno. Un artista no debe convertirse en rehén de su nacionalidad. Lo hemos visto en la Bienal de Venecia, en las polémicas sobre Eurovisión, en la cancelación de Ariana Harwicz en Granada y ahora en el intento de boicot a Batsheva en Madrid. La música, el arte y la cultura deben estar por encima de las ideologías y las confrontaciones políticas, porque su verdadera grandeza reside en tender puentes, acercar a los pueblos y unir.

    Pretender silenciar a una compañía por ser israelí, o intimidar a quienes desean verla, no constituye un triunfo de la justicia. Constituye una derrota de la convivencia. Lo ocurrido anoche merece una reflexión seria de las instituciones, de los responsables culturales y de una sociedad que no debería resignarse a convivir con la intimidación como si fuera una expresión inevitable del debate público.

    Se invoca la paz mientras se humilla. Se reclama justicia mientras se intimida. Se denuncia la deshumanización mientras se despoja de su dignidad a personas que nada tienen que ver con las decisiones políticas que se pretenden combatir

    Porque las democracias no se deterioran únicamente cuando se prohíben derechos. También se debilitan cuando ejercerlos empieza a dar miedo. Anoche, finalmente, entré al teatro. La danza continuó. El arte sobrevivió al ruido. Pero yo no salí igual que había entrado. Salí con tristeza. Con indignación. Y con una pregunta que todavía me acompaña: ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo si para contemplar la belleza tenemos que atravesar primero un pasillo de odio?

    No quiero acostumbrarme. No quiero resignarme. No quiero que nuestros jóvenes consideren normal lo que anoche vivimos en Madrid. Porque defender la libertad no consiste únicamente en proteger el derecho a protestar. Consiste también en garantizar que nadie tenga miedo de entrar a un teatro.

    *Columnista en varios medios españoles.
    Fuente: The Objective (theobjective.com).

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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