

El pueblo judío arriba a un nuevo año en su calendario y, como todo nuevo ciclo, se cierra un período que nos propone una pausa para la reflexión, un tiempo para detenernos a meditar sobre lo que hicimos o dejamos de hacer, un tiempo en donde la vorágine contemporánea no nos empuje a seguir esa carrera desenfrenada del día a día, sin permitirnos pausar, “bajarle 2” como se dice en el argot popular, para enfocarnos mejor en nuestros objetivos, tanto en las relaciones humanas como en el ámbito patrimonial.
Justamente estos 10 días entre Rosh Hashaná y Yom Kipur son para el arrepentimiento sincero en lo que nos equivocamos, en lo que fallamos, pedir perdón al que ofendimos, volver al camino diseñado por el Creador, que es la ruta plasmada en las sagradas escrituras de la Torá, porque estamos en un momento en que se abre una ventana para lo trascendente y que se percibe en este período con mayor claridad e inclusive mucho más accesible a lo humano.
Nuestros sabios nos recuerdan que los cambios deben producirse paso a paso, no son inmediatos ni de un día para otro, pero sí irlos solidificando en el tiempo para hacerlos parte de nuestra conducta cotidiana.
El destino de cada uno lo vamos escribiendo día a día, no es una fatalidad ineludible ya diseñada como definitiva, por lo que es imperativo justamente la teshuvá o vuelta al camino que por alguna circunstancia abandonamos o nos desviamos, lo cual como seres humanos es común que pueda suceder, pero Hashem siempre nos dará la oportunidad del reencuentro con la divinidad.
Como estipulan los diez mandamientos entregados al pueblo de Israel hace más de 3300 años, cinco de ellos se refieren al Creador y los otros cinco a los seres humanos, por lo que para que opere la justicia divina debemos primero hacer las paces con nuestros congéneres, familia, amigos o personas que hayamos podido ofender inclusive sin conocerlas, por algún comentario desatinado o fuera de lugar.
Así como para las personas también pasa con los países, porque cuando el domingo pasado escuchamos el sonido profundo del Shofar, que nos estremece y nos convoca a mirarnos hacia adentro, también es un llamado de atención a los Estados para que no ignoren las señales de alerta, en sus políticas internas y externas, porque Dios está atento y, al igual que a los individuos, el juicio también incumbe a los gobiernos y sus líderes.
Que este nuevo año que se inicia nos selle en el Libro de la Vida dulce con holgura, bienestar y que podamos presenciar el cese de los enfrentamientos inútiles por motivos geopolíticos, religiosos, ideológicos o de cualquier tipo.
Que veamos un ciclo de paz y fraternidad en toda la humanidad.
Am Israel Jai.