
Tamas Vajda*
Veinticinco minutos es mucho tiempo para permanecer aplaudiendo de pie. Tiempo suficiente para recordar a las 251 personas arrastradas a Gaza, y recordar que la matanza de civiles y la toma de rehenes fueron objetivos centrales de Hamás el 7 de octubre. Tiempo suficiente para preguntarse cómo un ataque yijadista contra familias, kibutzim y un festival de música se trasformó, mediante la edición, en una fábula moral en la que solo Israel tiene capacidad de acción y responsabilidad.
Al parecer, nadie en Venecia encontró el momento para hacerlo.
La película se basa en 24 fuentes militares israelíes anónimas, cuyos rostros y voces fueron alterados digitalmente. Los testimonios anónimos pueden ser indispensables, pero aumentan la carga de la verificación. Los espectadores no pueden evaluar la identidad, el rango, el acceso o la responsabilidad de los testigos.
Buscando aplausos y premios fáciles: Yuval Abraham y Rachel Szor
(Foto: Facebook)
Las FDI afirman que algunas acusaciones se refieren a asuntos que el personal de menor rango no podría haber conocido, mientras que otras atribuyen funciones a unidades que nunca las desempeñaron. También niegan que la IA seleccione objetivos o autorice ataques de forma independiente en las FDI, describiéndola simplemente como una herramienta de análisis y planificación. La identificación de objetivos, la evaluación de riesgos para la población civil y la aprobación final, señalan, siguen siendo decisiones humanas.
Esa respuesta no resuelve todas las dudas. Los ejércitos deben ser objeto de escrutinio, y las acusaciones creíbles deben investigarse. Pero las refutaciones también deben formar parte del acervo probatorio. Ninguna cantidad de aplausos puede sustituir a las pruebas.
El principal artificio de la película reside en su título. “Naza” se refiere al daño colateral previsto.
Cualquier ejército que afirme respetar el derecho humanitario debe estimar las bajas civiles que un ataque podría causar. La cuestión relevante es si el daño esperado es excesivo en relación con la ventaja militar prevista.
Estimar las bajas civiles no es prueba de inocencia ni confesión de asesinato. Significa que el daño a la población civil era previsible y debía sopesarse. Determinar si una decisión fue temeraria o desproporcionada requiere examinar los registros operativos y analizar cada caso individualmente.
El daño colateral y atacar deliberadamente a civiles no son lo mismo.
Las muertes de civiles palestinos son importantes, y las acusaciones creíbles deben investigarse. Pero la seriedad moral también exige reconocer que esta guerra tiene dos beligerantes, y que uno de ellos la inició dando caza a civiles, quemando familias vivas, cometiendo violaciones masivas, masacrando a los asistentes a un festival y secuestrando a niños, padres y abuelos
La trampa retórica resulta conveniente. Si Israel no estimara las bajas civiles, se le acusaría de matanza indiscriminada. Como sí las estima, el cálculo mismo se convierte en prueba de un “asesinato masivo premeditado”. Hechos opuestos conducen al mismo veredicto.
La misma distorsión rodea la acusación de genocidio. El genocidio no es sinónimo de una guerra espantosa, de un elevado número de víctimas civiles o ni siquiera de múltiples ataques ilegales. Se requiere probar la intención específica de destruir, total o sustancialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal.
Las muertes de civiles palestinos son importantes, y las acusaciones creíbles deben investigarse. Pero la seriedad moral también exige reconocer que esta guerra tiene dos beligerantes, y que uno de ellos la inició dando caza a civiles, quemando familias vivas, cometiendo violaciones masivas, masacrando a los asistentes a un festival y secuestrando a niños, padres y abuelos.
Hamás no se limitó a poner en peligro a los civiles; construyó su sistema militar en torno a ellos. Excavó túneles al tiempo que situaba a combatientes, armas y puestos de mando entre viviendas, escuelas, mezquitas y hospitales.
Los testigos que aparecen en la película rechazan de plano el concepto de escudos humanos. Su aplicación puede debatirse en casos concretos, pero negar el fenómeno equivale a negar la arquitectura física de la guerra de Hamás. Hamás borra la frontera entre el campo de batalla y la vida civil, para luego exigir a Israel que la preserve a la perfección.
Una crítica entusiasta trató el genocidio como un hecho consumado, elevó a Naza a la categoría de uno de los documentales más importantes del cine, y comparó la vida cotidiana en Tel Aviv con la cómoda existencia de la familia Höss junto a Auschwitz. Así, los críticos lograron relativizar el Holocausto y sentar cátedra sobre historia, derecho y ética militar al mismo tiempo
El entorno civil ofrece protección cuando Israel cancela un ataque, y propaganda cuando no lo hace. Si se elimina esa estrategia de la ecuación, cada muerte palestina se convierte en una prueba que confirma por sí misma las intenciones de Israel. Hamás desaparece como beligerante; solo Israel permanece visible y, por tanto, culpable.
Una crítica entusiasta trató el genocidio como un hecho consumado, elevó a Naza a la categoría de uno de los documentales más importantes del cine, y comparó la vida cotidiana en Tel Aviv con la cómoda existencia de la familia Höss junto a Auschwitz. Así, los críticos lograron relativizar el Holocausto y sentar cátedra sobre historia, derecho y ética militar al mismo tiempo.
Esa comparación deja al descubierto una obscenidad más profunda. Yuval Abraham y Rachel Szor afirman haber realizado la película por un deber que sentían “como israelíes”, planteando interrogantes heredados de la generación de sus abuelos. Sus identidades israelí y judía actúan como certificados de autenticidad: la acusación gana atractivo comercial al provenir de israelíes, y resulta más segura de repetir al estar avalada por judíos. Es uno de los tratos más antiguos de la historia: condena a tu propio pueblo en el lenguaje que prefieren sus enemigos, y la mayoría hostil podría concederte una exención temporal de su desprecio.
No aceptación. Una exención.
El mundo antisionista de moda no ama a esos judíos. Los alquila. Al judío que defiende la supervivencia colectiva judía se le tacha de tribal y de estar comprometido; el judío que la acusa se vuelve valiente, universal y candidato a premios.
Puede que Abraham y Szor crean cada una de las palabras que dicen. La sinceridad, sin embargo, no convierte la propaganda en verdad. La historia judía conoce la diferencia entre la crítica interna y la traición. Sus profetas podían ser implacables con su propio pueblo, pero hablaban desde un pacto de responsabilidad. No borraban a los ejércitos que amenazaban a Israel, ni convertían la catástrofe judía en una prueba contra la supervivencia judía.
El mundo antisionista de moda no ama a esos judíos. Los alquila. Al judío que defiende la supervivencia colectiva judía se le tacha de tribal y de estar comprometido; el judío que la acusa se vuelve valiente, universal y candidato a premios
Un crítico auténtico diría: “Debemos afrontar lo que hemos hecho porque nuestra sociedad debe seguir siendo digna de sobrevivir”. El acusador útil dice a un público extranjero ávido de oírlo: “Son exactamente lo que siempre sospechásteis”.
La historia ofrece repetidamente este trato ponzoñoso. Durante la Edad Media, Nicholas Donin y Johannes Pfefferkorn utilizaron sus orígenes judíos para legitimar ataques contra los textos e instituciones judías. La Yevsektsiya desmanteló la vida religiosa y cultural judía en beneficio del Estado soviético. La Asociación de Judíos Nacionales Alemanes de Max Naumann buscó ser aceptada distanciándose de los judíos de Europa del Este, solo para acabar disuelta por los nazis. Las consecuencias fueron distintas, pero la función era similar: miembros del propio grupo proporcionaban testimonios a instituciones hostiles y, a cambio, obtenían prestigio moral.
Abraham y Szor no han cometido tales actos, y las consecuencias históricas no son equiparables. El paralelismo reside en el mecanismo.
¿Realmente no hubo nadie en Venecia que albergara dudas? Sin duda los hubo. Pero interrumpir un ritual de virtud colectiva de 25 minutos para preguntar sobre Hamás, los rehenes, la fiabilidad de los testimonios anónimos, el verdadero significado de “genocidio”, la polémica en torno a las secuencias escenificadas en el documental anterior de los mismos cineastas, o las carreras que se están forjando precisamente sobre este tipo de narrativa, habría provocado la acusación de moda: “¿Por qué defiendes el genocidio?”.
Así que siguieron aplaudiendo.
Abraham y Szor calificarán su obra de valiente. Venecia ya lo ha hecho. Pero la valentía consiste en decir a una audiencia algo que no quiere oír. Servir a Europa su acusación favorita contra el Estado judío —pronunciada con acento israelí y envuelta en la imaginería del Holocausto— puede ser muchas cosas. Pero no es valentía
La ovación fue un juramento público de lealtad. El público se reafirmaba en la idea de que seguía perteneciendo al bando de “la buena gente”.
Abraham y Szor calificarán su obra de valiente. Venecia ya lo ha hecho. Pero la valentía consiste en decir a una audiencia algo que no quiere oír. Servir a Europa su acusación favorita contra el Estado judío —pronunciada con acento israelí y envuelta en la imaginería del Holocausto— puede ser muchas cosas. Pero no es valentía.
Que Yuval Abraham y Rachel Szor carguen con el peso moral de esa elección: convertir el examen de conciencia judío en una humillación pública, la omisión en verdad y la acusación en veredicto.
Los aplausos se desvanecerán. La acusación perdurará, llevando consigo los nombres de quienes la hicieron lo bastante respetable como para repetirla.
*Historiador y fotoperiodista.
Fuente: cuenta de Facebook de Tamas Vajda (Facebook.com/tomivajda)