Raquel Markus-Finckler*
La memoria no es un ejercicio pasivo; es una decisión. No está hecha para competir con el brillo de las pantallas, ni con el ruido de las redes. No logra imponerse sobre la velocidad de nuestro tiempo. La memoria, para crear un efecto real, necesita principalmente una cosa: silencio.
Hace unos días, invitada por el Comité Venezolano de Yad Vashem, tuve el honor de ofrecer un testimonio sobre la historia de mis abuelos paternos en el Acto del Recuerdo de la Shoá y del Heroísmo, realizado en los espacios del Liceo Moral y Luces Herzl Bialik. Allí, ante decenas de niños, jóvenes, educadores, directivos y representantes institucionales, ocurrió algo sagrado. Mientras hablaba de mis abuelos, Haike Aizen y Mordejai Markus, y de cómo un sueño sobre zapatos o un acto fortuito de bondad marcaron la diferencia entre la vida y la muerte, el auditorio, lleno de estudiantes desde quinto grado hasta el último año de bachillerato, se sumergió en un silencio profundo.
No se trataba de un silencio de vacío, sino de impacto; un silencio que testificaba que el mensaje había encontrado un hogar en las conciencias de quienes representan nuestro futuro. Fui a ese evento a entregar parte de mi herencia en forma de palabras. Fui a contarles que mi existencia es el resultado de una cadena de decisiones, de actos de bondad y de una voluntad de vivir que no se quebró ni siquiera en los momentos más oscuros. Mis palabras lograron lo que parecía improbable: me escucharon con sus oídos, pero también con sus almas.
Parte de lo que pude relatarles fue la historia de mis abuelos, quienes escaparon de una Polonia ya tomada por los nazis. Huyeron en tren, a pie, sin comida, sin dinero y sin saber a dónde llegarían. En ese camino se encontraron con dos mujeres que ya no podían seguir: una anciana y una joven embarazada. Mis abuelos también estaban exhaustos, también tenían miedo, pero no miraron hacia otro lado. Las ayudaron, cargaron con sus pertenencias y compartieron lo poco que tenían sin hacer preguntas.
Al llegar a un puesto de control ruso, ocurrió lo inesperado: esas dos mujeres eran la madre y la esposa del comandante que decidía quién cruzaba la frontera. Ese gesto, aparentemente pequeño, fue la diferencia entre la vida y la muerte. Los sacaron de Polonia y los pusieron a salvo. A veces, ayudar a otro es salvarse uno mismo sin saberlo.
Más adelante, en Uzbekistán, la historia no se hizo más fácil. No tenían nada; les sobraba hambre, frío y pérdida. Habían enterrado a su primer hijo, Samuel, y estaban solos en un idioma que no entendían. Fue allí donde ocurrió otro de esos momentos que no se explican desde la lógica: mi abuelo soñó que hacía zapatos. No como una idea vaga, sino como un conocimiento completo. Soñó cada paso, cada material, cada movimiento. Se despertó sabiendo. Consiguió materiales en el mercado negro, armó un taller improvisado y empezó a fabricar. Ese sueño se convirtió en su sustento.
Pero incluso con sustento, sobrevivir era una batalla. Al no pertenecer a un gremio, su trabajo era considerado ilegal. Un día la policía fue a buscarlo; al no encontrarlo, se llevaron a mi abuela. Ella terminó en una celda compartida con historias de horror que todavía hoy resultan difíciles de nombrar. Mientras ella resistía allí, mi abuelo debía conseguir comida cada día para llevarle y reunir dinero para negociar su libertad. Finalmente logró sacarla y, en medio de ese escenario, nació mi padre en febrero de 1945, casi al final de la guerra.
Un año después, en un campo de refugiados en Francia, ocurrió otro de esos momentos que desafían toda lógica: los hermanos de mi abuela paterna, sobrevivientes cada uno por su cuenta, aparecieron en el mismo lugar. De toda la familia Aizen solo faltaban dos integrantes; del lado de mi abuelo casi nadie sobrevivió, sus vidas habían terminado en Auschwitz. Hay una foto de ese reencuentro. Y esa foto es evidencia de que la vida, incluso después del horror, insiste y encuentra la forma de abrirse camino.
Eso es lo que yo heredé: relatos que pasaron de boca en boca. Durante mi intervención, compartí con la audiencia una verdad incómoda: “La Shoá no empezó con cámaras de gas. Empezó con indiferencia. Con palabras. Con gente que decidió no mirar el sufrimiento de otros. Y eso no pertenece al pasado. Eso está pasando ahora”.
A veces olvidamos que la indiferencia, las palabras hirientes, la discriminación y la falsedad son los ladrillos que pavimentan el camino hacia el horror. Y aunque presencié y sentí mucho de eso mientras honraba la memoria de mis abuelos —el ruido del cuchicheo adulto, el brillo de celulares enviando mensajes que nunca son secretos—, decidí centrarme en lo que quiero para el futuro.
Ese ruido de fondo intentaba decirme que tal vez sería mejor callar, pero el silencio hipnotizado de los muchachos me decía lo contrario. Mi misión se cumplió: logré tocarlos y despertar en ellos la chispa de la conciencia. Lo demás es parte del paisaje y una prueba de que la labor de sensibilizar nunca termina.
Al final, cada quien siembra lo que tiene; cada quien siembra lo que es. Algunos eligen el peso de la crítica o el rumor; yo elijo el peso del silencio reflexivo, el vuelo de la memoria y la contundencia de la creación. Mi tarea sigue siendo la misma: sembrar mariposas amarillas en el cielo.
Y para responder algunas de las críticas que me llegaron, déjenme decir algo: ¿Idealista, ilusa, fantasiosa? Todo eso me creo. ¿Creadora, poeta, escritora? Todo eso me creo. ¿Constructora, formadora, concientizadora? Todo eso me creo.
No necesito que nadie lo valide a mis espaldas, porque estoy muy ocupada siendo quien soy. Seguiré honrando el milagro de mis abuelos y seguiré invitando a las nuevas generaciones a que no se acostumbren nunca al silencio cómplice ni a la palabra que destruye.
“En cada mariposa amarilla late una promesa: que la memoria no se quedó solo en herida, que la luz no logró ser vencida, y que incluso en los cielos más oscuros… la memoria regresa, pero no sola; la sostenemos entre todos; las mariposas, símbolos de esperanza y resistencia, llegan, pero no solas. Todos juntos, como pueblo, las hacemos volar”.
Hay silencios que pesan desde el asombro y hay vuelos que siembran memoria. Con ambos sigo construyendo mi historia, la historia de los míos. El pueblo de Israel vive.
*Periodista, poeta y escritora