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    Opinión

    Occidente se está autodestruyendo lentamente

    Published by Yossi Bentolila on 14 octubre, 2026
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    • Valores de Occidente

    Nadav Peretz*

    Occidente se está destruyendo lentamente a sí mismo. Y sus enemigos ni siquiera ocultan sus intenciones.

    Observo lo que sucede en todo el mundo occidental, y sinceramente me pregunto si ya hemos superado el punto de no retorno. Toda una generación parece confundida respecto a los valores que cimentaron la civilización occidental. A las generaciones mayores les cuesta reconocer las sociedades que ayudaron a crear.

    En algún momento del camino, algo salió terriblemente mal.

    Occidente se obsesionó tanto con la tolerancia que empezó a tolerar la intolerancia. Se comprometió tanto con la libertad que llegó a temer defenderla. Y sintió tanto miedo de ofender a alguien que comenzó a perder el valor para defenderse a sí mismo.

    Y sí, debemos hablar del Islam radical.

    No del Islam en su conjunto. No de todos los musulmanes, sino de la ideología islamista extremista que rechaza la democracia, la libertad religiosa, la igualdad de la mujer, los derechos de los homosexuales y los principios fundamentales de la civilización occidental.

    Y dejemos de fingir que el islamismo radical en Occidente es simplemente una amenaza imaginaria o la obsesión de unos pocos alarmistas. Los movimientos islamistas organizados, los predicadores extremistas, las redes radicales y las personas que abogan abiertamente por sustituir los principios democráticos por un autoritarismo religioso representan un desafío serio. Su influencia es visible en organizaciones extremistas, en manifestaciones públicas de apoyo a Hamás y en intentos de intimidar a quienes cuestionan sus creencias.

    Resulta profundamente inquietante ver a personas que abandonan países azotados por el autoritarismo, el extremismo religioso, la corrupción y la opresión, para trasladarse a democracias occidentales libres, pero que luego intentan imponer precisamente aquellas ideologías que han causado tanto sufrimiento en otros lugares. En lugar de abrazar las libertades de sus nuevos países, algunos buscan sustituirlas por sus propias y rígidas creencias religiosas.

    Y esto es lo que lo hace aún más inquietante: algunos de ellos ni siquiera ocultan sus intenciones.

    Recuerdo haber llegado a Ámsterdam hace varios años, mucho antes del 7 de octubre. Estaba allí para asistir a un evento del sector turístico, y tomé un taxi desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad. El conductor era originario del norte de África. No recuerdo exactamente de qué país. Me preguntó de dónde era.

    «De Tel Aviv, Israel», respondí. Nunca oculto de dónde vengo. De inmediato noté la expresión de su rostro.

    Empezamos a hablar, y lo que siguió fue una de las conversaciones más reveladoras que he tenido jamás.

    Resulta profundamente inquietante ver a personas que abandonan países azotados por el autoritarismo, el extremismo religioso, la corrupción y la opresión, para trasladarse a democracias occidentales libres, pero que luego intentan imponer precisamente aquellas ideologías que han causado tanto sufrimiento en otros lugares

    Dejó claro que detestaba la sociedad occidental y sus valores. Así que le hice una pregunta sencilla. «Si detestas este país y todo lo que representa, ¿por qué decidiste vivir aquí?»

    Su respuesta me dejó atónito.

    Me dijo que personas como él acabarían tomando el control. Quizá no en su generación, pero sí en la siguiente. Afirmó que habían venido a cambiar el país, a traer sus creencias religiosas y que, con el tiempo, los Países Bajos se convertirían en un país musulmán.

    Recuerdo haberle preguntado por qué quería reemplazar un sistema que le había dado la oportunidad de construir una vida y ganarse el sustento. Se había convertido en ciudadano. Tenía familia. Se beneficiaba de las libertades y oportunidades de la sociedad holandesa. Y sin embargo, según sus propias palabras, quería trasformar radicalmente esa sociedad.

    Le pregunté por qué quería recrear un sistema similar a aquellos que le habían fallado a tantas personas en los países que habían dejado atrás.

    No parecía percibir la contradicción.

    Bajé de aquel taxi profundamente inquieto. No porque fuera musulmán. No porque fuera inmigrante. Sino porque expresaba abiertamente su desprecio por la sociedad que lo había acogido, al tiempo que describía su ambición de trasformarla conforme a una ideología que rechazaba sus valores fundamentales. Y no podía dejar de preguntarme cuántas personas en puestos de responsabilidad están dispuestas a confrontar esa forma de pensar.

    Años después, sigo recordando aquella conversación.

    Luego hubo otra conversación, esta vez con un diplomático francés que vivía en Tel Aviv. Hablábamos sobre inmigración, ideologías radicales y el futuro de Europa. Le dije que temía que algunas de las políticas que él apoyaba pudieran acabar poniendo en peligro la sociedad que heredarían sus hijos y nietos.

    Su respuesta fue asombrosa. En esencia, me dijo que prefería mantenerse fiel a sus principios hoy, aunque ello implicara aceptar graves riesgos para las generaciones futuras.

    Recuerdo haberlo mirado con incredulidad. ¿De qué sirven tus principios, si la interpretación que haces de ellos acaba socavando la sociedad que hace posibles tales principios?

    Esas dos conversaciones me han acompañado durante años. Dos personas muy diferentes. Una describía abiertamente su deseo de trasformar una sociedad occidental de acuerdo con sus creencias religiosas. La otra parecía dispuesta a asumir graves riesgos en nombre de la defensa de sus principios.

    Y creo que esas conversaciones ilustran un desafío fundamental al que se enfrenta el mundo occidental. ¿Qué sucede cuando la determinación de quienes rechazan la democracia liberal choca con las dudas de aquellos responsables de defenderla?

    Y entonces observo lo que ha ocurrido en la ciudad de Nueva York esta misma semana. Mientras los judíos de todo el mundo conmemoraban el tercer aniversario de la masacre del 7 de octubre, manifestantes antiisraelíes se congregaron en Manhattan. Algunos manifestantes glorificaron abiertamente a Hamás. En Union Square, un acto conmemorativo fue interrumpido y se escucharon consignas como «Viva Hamás».

    ¿Qué sucede cuando la determinación de quienes rechazan la democracia liberal choca con las dudas de aquellos responsables de defenderla?

    Piénsenlo bien. Viva Hamás. En Manhattan. El 7 de octubre. Nueva York. Una ciudad donde pasé algunos de los años más formativos de mi vida. Una ciudad que alberga una de las comunidades judías más grandes del mundo. Una ciudad que representa gran parte de lo que admiro de Estados Unidos.

    Y allí, en sus calles, había gente glorificando públicamente a una organización responsable de la masacre deliberada de civiles.

    Observaba la escena con incredulidad.

    ¿Qué estamos defendiendo exactamente aquí?

    ¿La libertad de expresión? Por supuesto.

    ¿El derecho a criticar a Israel? Claro que sí.

    ¿El derecho a protestar? Indudablemente.

    Pero la libertad de expresión no exige indiferencia moral ante la glorificación del terrorismo. Existe una diferencia enorme entre defender los derechos de los palestinos y celebrar a Hamás. Y una sociedad democrática debería tener la seguridad necesaria para decirlo.

    Soy un hombre judío gay que vive en Tel Aviv. Sé lo que piensan los extremistas islamistas sobre personas como yo. Y me resulta extraordinario ver a jóvenes occidentales defender con entusiasmo movimientos cuyas creencias son fundamentalmente opuestas a las libertades de las que ellos mismos disfrutan: la igualdad de la mujer, los derechos de los homosexuales, la libertad religiosa, la libertad de expresión.

    No se trata de diferencias culturales menores. Son principios fundamentales. Y me niego a aceptar la idea de que defenderlos sea, de algún modo, un acto de intolerancia.

    También conozco a muchos musulmanes maravillosos —incluidas personas de todo el Medio Oriente— que rechazan el extremismo y creen genuinamente en la coexistencia, la tolerancia y la libertad. Ellos no son el problema. De hecho, se cuentan entre quienes tienen más que perder cuando los extremistas ganan influencia. El problema es una ideología que busca utilizar las libertades democráticas para socavar la democracia misma.

    Y Occidente debe aprender a enfrentarse a esa ideología sin renunciar a los derechos que intenta proteger. Porque la tolerancia no significa rendición. La compasión no significa ingenuidad. Y acoger inmigrantes no significa aceptar el desprecio por los principios fundamentales de la sociedad que los recibe.

    Occidente no necesita renunciar a sus principios; necesita dejar de renunciar a sí mismo

    Observo a Francia, Bélgica, Canadá, Australia, Noruega y otras democracias occidentales, y veo debates cada vez más complejos sobre el extremismo, la integración, la identidad y el futuro de la sociedad liberal. Estos países se enfrentan a desafíos distintos y no existen respuestas sencillas.

    Pero hay una pregunta que, a mi juicio, toda sociedad occidental debe afrontar: ¿Puede sobrevivir una civilización si pierde la confianza para defender sus propios valores?

    No pido a Occidente que renuncie a la libertad. Le pido que defienda la libertad.

    No pido que renuncie a la tolerancia. Le pido que comprenda que la tolerancia requiere límites cuando se enfrenta a la coacción y al extremismo.

    Y, desde luego, no pido que renuncie a la democracia. Le pido que recuerde que la democracia merece ser protegida.

    Temo sinceramente que demasiadas sociedades occidentales no estén reconociendo la gravedad de este desafío.

    Espero equivocarme.

    Pero tras las conversaciones que he mantenido, lo que he presenciado y lo que sigo viendo que ocurre en todo el mundo, no puedo permanecer en silencio. Solo puedo compartir mi experiencia, plantear estas preguntas y esperar que la gente esté dispuesta a afrontarlas.

    Occidente no necesita renunciar a sus principios; necesita dejar de renunciar a sí mismo.

    Y por el amor de Dios, que despierte antes de que sea demasiado tarde.

    *Vicepresidente de The Tel Aviv Foundation y CEO y fundador de OUTstanding Travel
    Fuente y foto: página de Facebook de Nadav Peretz.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
    Yossi Bentolila

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