Los gentiles no entendemos cómo es eso de las doce tribus de Israel. Y, para ser honestos, tampoco es que hayamos hecho mayor esfuerzo en entenderlo. Pero como el conocimiento no pesa ni engorda —y además no hace falta ayunar para digerirlo— ahí va, para que nadie diga que uno no lo intentó.
Las doce tribus de Israel nacen del árbol genealógico de Jacob, también llamado Israel, un señor con talento para meterse en líos familiares y para tener hijos: doce varones, cada uno con su temperamento, su historia y su potencial para fundar un clan. En la tradición bíblica, estos hijos —Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Asher, Isacar, Zabulón, José y Benjamín— se convierten en los ancestros de las tribus que formarán el pueblo de Israel. José, por cierto, es tan especial que termina dividido en dos tribus a través de sus hijos: Efraín y Manasés. Así se mantiene el número doce incluso cuando la tribu de Leví queda dedicada al sacerdocio y no recibe territorio propio.
Durante el famoso éxodo —ese largo road trip sin aire acondicionado— las tribus avanzan juntas, organizadas alrededor del Tabernáculo, con Moisés al frente como guía turístico espiritual y Aarón como jefe de protocolo. La Biblia describe a cada tribu con su rol, su estandarte y su carácter, y aunque no tengamos fotos, uno puede imaginar el cuadro: doce grupos avanzando por el desierto, cada uno con su estilo, sus quejas y sus virtudes.
Con el tiempo, ya instalados en la tierra de Canaán, las tribus se reparten territorios. Judá se queda con una porción amplia al sur; Efraín y Manasés ocupan zonas centrales; Dan, después de un intento fallido en la costa, se muda al norte; Benjamín queda entre Judá y Efraín; y así se arma el mapa tribal que aparece en los libros de historia bíblica. No era un país centralizado, sino una confederación de tribus que se unían en tiempos de crisis y se dispersaban en tiempos de paz, como una familia grande que solo se organiza cuando hay boda o velorio.
La cosa cambia con la monarquía. Primero Saúl, luego David, luego Salomón: tres reinados que unifican a las tribus bajo un solo gobierno. Pero tras la muerte de Salomón, el país se divide en dos:
– Reino del Norte (Israel): diez tribus, con capital en Samaria.
– Reino del Sur (Judá): básicamente Judá y Benjamín, con Jerusalén como centro.
Y aquí empieza la parte que los historiadores narran con cara seria y los gentiles escuchamos como si fuera un episodio de telenovela.
En el año 722 a. C., Asiria conquista el Reino del Norte. Las diez tribus son deportadas, dispersadas, absorbidas por otras poblaciones. No desaparecen mágicamente: se diluyen, se mezclan, pierden continuidad institucional. Por eso se les llama “las tribus perdidas de Israel”. No es que se escondieran detrás de una duna: es que la historia dejó de seguirles la pista.
El Reino del Sur aguanta un poco más. En 586 a. C., Babilonia conquista Jerusalén y deporta a parte de la población. Pero aquí ocurre algo distinto: los habitantes de Judá —de donde viene la palabra “judío”— mantienen su identidad, sus textos, sus prácticas y su memoria colectiva. Cuando Persia permite el regreso, reconstruyen el Templo y reorganizan la vida religiosa. Desde entonces, la identidad judía se articula alrededor de Judá, Benjamín y los levitas, que siguen existiendo como grupo sacerdotal, aunque no como tribu territorial.
¿Y qué pasó con las doce tribus?
Lo que pasa con todas las familias grandes a lo largo de los siglos: unas se dispersaron, otras se fusionaron, otras sobrevivieron con nombre propio, y otras quedaron como recuerdo, mito, símbolo o inspiración. Hoy, cuando se habla de “las doce tribus”, se habla más de una estructura histórica y espiritual que de un mapa político vigente.
En resumen: las doce tribus empezaron como una familia, se convirtieron en un pueblo, se organizaron como un país, se dividieron como una telenovela, unas se perdieron en la historia, otras sobrevivieron con terquedad admirable, y todas juntas dejaron una huella que todavía hoy provoca debates, estudios, películas, canciones y confusiones entre gentiles que, como tú dices, no hemos hecho mayor esfuerzo en entenderlo… pero igual disfrutamos el cuento.
Y al final, después de tanta caminadera, tanta conquista, tanta deportación, tanta profecía, tanto imperio entrando y saliendo como si la región fuera un terminal de autobuses, las doce tribus quedaron convertidas en una mezcla de memoria, arqueología, identidad y chisme ancestral. Unas se perdieron, otras se reinventaron, otras sobrevivieron con terquedad de mula bíblica, y otras quedaron como esas tías lejanas de las que uno solo sabe que existieron porque alguien encontró una foto sepia en una gaveta.
Pero ahí están: vivitas en la historia, en los textos, en las discusiones, en las películas, en los sermones, en los museos, en los debates de sobremesa y, por supuesto, en la confusión eterna de los gentiles que seguimos preguntándonos cómo es que doce muchachos del siglo XIII a. C. terminaron generando tanto contenido.
Hay 2300 a 2400 millones de cristianos, que equivalen a casi un tercio del planeta; 1900 a 2000 millones de musulmanes, que ya son una cuarta parte; y unos 15,8 millones de judíos, apenas el 0,2% de la humanidad. Y aun así, siempre aparece alguien diciendo que “los judíos dominan el mundo”, lo cual es tan lógico como afirmar que una hormiga dirige el tráfico en la autopista
Si algo nos enseñan las doce tribus es que la humanidad siempre ha sido un festival de personalidades tratando de convivir sin matarse, que las familias grandes son un deporte extremo, y que la historia —cuando se cuenta con humor— es mucho más digerible que el maná.
Ser judío es muy complicado. Según la Torá, los judíos tienen más de seiscientas normas que cumplir —613, para ser exactos— lo cual convierte la vida diaria en una especie de maratón espiritual con checklist incluido. Mientras otros pueblos se conformaban con “no mates, no robes y no seas fastidioso”, el judaísmo dijo: “vamos a ponernos serios” y añadió reglas para comer, rezar, vestirse, descansar, celebrar, sembrar, cosechar, amar, negociar, cocinar y hasta para recordar que hay reglas. Es como vivir con un manual de instrucciones tan detallado que uno sospecha que, si se busca bien, debe haber una mitzvá que diga “no olvides respirar hondo cuando te abrume la cantidad de mitzvot”.
Y me permito recordar que judíos, cristianos y musulmanes profesamos una fe que proviene del mismo señor, un tal Abraham, que vivió hace unos cuatro mil años en algún punto entre Ur, Harán y la paciencia infinita. Un patriarca que no tenía idea de que sus conversaciones con Dios iban a terminar fundando tres religiones, varias bibliotecas, incontables debates teológicos y más de un conflicto familiar. Abraham, sin proponérselo, se convirtió en el abuelo espiritual de medio planeta: el hombre que salió de su tierra con una promesa, un burro, una tienda y una capacidad sorprendente para generar descendencia literal y simbólica. Desde entonces, sus herederos —judíos, cristianos y musulmanes— seguimos discutiendo, interpretando, celebrando y reinterpretando la misma historia, como una gigantesca familia extendida que no siempre se pone de acuerdo, pero que comparte el mismo ancestro… y el mismo chisme fundacional.
A mediados de 2025/2026, con una población mundial que ronda los 8000 millones de habitantes, el panorama religioso parece una fiesta gigantesca donde unos llegan con comparsa, otros con procesión y otros con un linaje que vale por mil. Hay 2300 a 2400 millones de cristianos, que equivalen a casi un tercio del planeta; 1900 a 2000 millones de musulmanes, que ya son una cuarta parte; y unos 15,8 millones de judíos, apenas el 0,2% de la humanidad. Y aun así, siempre aparece alguien diciendo que “los judíos dominan el mundo”, lo cual es tan lógico como afirmar que una hormiga dirige el tráfico en la autopista. En realidad, lo que sí dominan —y con razón— es la estadística de “influencia histórica por centímetro cuadrado”.
Así que sí: quizá no entendamos del todo cómo funcionaban aquellas tribus, ni lo complicado que puede ser el ser judío, pero al menos ahora podemos decir que hicimos el esfuerzo… y que nos reímos en el intento.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.