La identidad tribal determina ahora las opiniones de los votantes sobre la mayoría de los temas, incluido Israel, pero aún es posible llegar a los demócratas moderados
David E. Bernstein*
Un extenso ensayo de Uriel Zehavi sobre la «clasificación» de la política estadounidense y sus implicaciones para la defensa de Israel, cuya lectura recomiendo en su totalidad, resulta inquietante, precisamente porque gran parte de su contenido es acertado.
Su argumento central no es que Israel ha perdido el apoyo demócrata debido a una guerra, el anuncio de nuevos asentamientos o incluso a la larga y cada vez más abierta alianza de Benjamín Netanyahu con los republicanos. Más bien, argumenta que Israel quedó atrapado dentro de la «gran clasificación» de la política estadounidense, el proceso de décadas por el cual casi todos los temas políticamente relevantes quedan absorbidos en la identidad partidista. Una vez que esto sucedió, el consenso bipartidista sobre Israel se volvió estructuralmente inestable.
El argumento de Zehavi merece una atención seria, porque explica tendencias que las narrativas más simples no pueden. Si el cambio se debiera únicamente a Netanyahu o a Gaza, cabría esperar que la opinión pública demócrata se recuperara cada vez que los gobiernos israelíes modificaran su tono o política. Sin embargo, como señala Zehavi, el apoyo demócrata a Israel ya venía erosionándose desde hacía años, incluso antes del 7 de octubre o de la guerra actual. La misma polarización partidista que trasformó las actitudes hacia el cambio climático, la inmigración y Ucrania, también modificó cada vez más las actitudes hacia Israel.
Netanyahu se dirige a una Convención de AIPAC. Los defensores de Israel podrían necesitar ahora argumentos, mensajeros y vocabularios completamente diferentes para las audiencias republicanas y demócratas
(Foto: theintercept.com)
La lógica es sencilla. En épocas anteriores, ambos partidos albergaban diversidad ideológica. Republicanos liberales y demócratas conservadores formaban coaliciones superpuestas. Una organización proisraelí como el Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC) podía apelar a supuestos compartidos de la Guerra Fría, a la solidaridad democrática o a intereses estratégicos comunes. Pero la política estadounidense moderna ya no funciona así. La identidad partidista actúa ahora como una categoría maestra, a través de la cual los votantes interpretan prácticamente cualquier tema.
Una vez que los activistas “progresistas” asociaron cada vez más a Israel con el nacionalismo, el militarismo y el conservadurismo estadounidense, muchos votantes demócratas siguieron las directrices de la élite de su propio ecosistema ideológico. Al mismo tiempo, los cristianos evangélicos y los conservadores abrazaron a Israel con aún mayor fervor, lo que provocó que el apoyo a Israel se identificara cada vez más con la identidad republicana. El resultado fue una creciente brecha partidista, que era inevitable independientemente de las decisiones políticas israelíes.
Israel quedó atrapado dentro de la «gran clasificación» de la política estadounidense, el proceso de décadas por el cual casi todos los temas políticamente relevantes quedan absorbidos en la identidad partidista. Una vez que esto sucedió, el consenso bipartidista sobre Israel se volvió estructuralmente inestable
Si Zehavi tiene razón, las implicaciones para la defensa de Israel son profundas. El antiguo modelo bipartidista de “política de consenso” asociado con AIPAC se vuelve más difícil de sostener. Zehavi argumenta que las organizaciones creadas para una era de consenso intentan defender un terreno que ya no existe. En lugar de un único mensaje dirigido a un centro político unificado, los defensores de Israel podrían necesitar argumentos, mensajeros y vocabularios completamente diferentes para las audiencias republicanas y demócratas.
Esa conclusión incomodará a muchos activistas proisraelíes de larga trayectoria, ya que el apoyo bipartidista se ha considerado durante mucho tiempo no solo una estrategia, sino un imperativo moral. Sin embargo, fingir que la antigua coalición aún existe podría acelerar su colapso. Los mensajes que resuenan entre el público conservador, enfatizando la lealtad a la alianza, los valores civilizatorios compartidos o los vínculos bíblicos, suelen alienar al público “progresista”. Al contrario, los argumentos centrados en el derecho humanitario, los derechos de las minorías y las normas democráticas pueden resonar entre los demócratas, aunque suenen a la defensiva o a disculpa para los republicanos.
Aun así, existen al menos dos razones para un optimismo cauteloso que Zehavi subestima.
En primer lugar, muchos políticos demócratas tradicionales han centrado conscientemente sus críticas en Netanyahu en lugar de en Israel mismo. Figuras como Mark Kelly, Elissa Slotkin e incluso Bernie Sanders han combinado a menudo las críticas a la política israelí con las críticas personales a Netanyahu. Esta distinción puede reflejar en parte una conveniencia política, pero también tiene una importancia sustantiva. Si las élites demócratas aún se sienten obligadas a separar a Israel de Netanyahu, esto sugiere que la ruptura aún no es total. Un gobierno israelí posterior a Netanyahu que proyecte moderación, pragmatismo y distanciamiento de la derecha populista podría recuperar, al menos en parte, la buena voluntad de los demócratas.
En segundo lugar, a pesar del creciente activismo antiisraelí en algunos sectores de la extrema izquierda, persiste una profunda repulsión entre la mayoría de los estadounidenses —incluyendo a la mayoría de los demócratas— hacia el terrorismo y el antisemitismo manifiesto. Tras el 7 de octubre, muchos estadounidenses se horrorizaron no solo por la masacre en sí, sino también por las celebraciones de esos ataques en las universidades de élite y en las redes sociales. Cuando los activistas antiisraelíes llegan a justificar abiertamente a grupos como Hamás o recurren a la retórica antisemita, corren el riesgo de alienar precisamente a los demócratas moderados que esperan atraer.
Un gobierno israelí posterior a Netanyahu que proyecte moderación, pragmatismo y distanciamiento de la derecha populista podría recuperar, al menos en parte, la buena voluntad de los demócratas
De hecho, cuanto más radicales sean los movimientos antiisraelíes que se aferren a excusas para el terrorismo, el acoso a estudiantes judíos o una retórica conspirativa sobre los judíos y el poder, mayor será la probabilidad de que los rechace la corriente principal del Partido Demócrata. La mayoría de los estadounidenses aún distingue entre criticar la política israelí y celebrar el asesinato en masa. Esa distinción tiene relevancia política.
Nada de esto significa que el antiguo consenso bipartidista vaya a regresar por completo. Es probable que Zehavi tenga razón al afirmar que la era de la política de consenso sobre Israel ha terminado, pero el futuro tampoco implica necesariamente una polarización total. Las coaliciones políticas cambian. Los líderes cambian. Los límites morales aún existen.
El desafío ahora para los defensores de Israel es reconocer la realidad política sin sucumbir al fatalismo. El destino puede haber trasformado el panorama político, pero aún no ha determinado todos los resultados.
*Profesor en la Facultad de Derecho Antonin Scalia de la Universidad George Mason.
Fuente: The Times of Israel.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.