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    Opinión

    “La narrativa suplanta a la realidad”, por Beatriz Rittigstein

    Published by Yossi Bentolila on 1 octubre, 2026
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    • Asamblea General de la ONU 2026
    • Beatriz Rittigstein
    • Benjamín Netanyahu
    • Naciones Unidas

    Cuando la campaña propagandística se impone sobre los hechos, la verdad se cercena

    La semana pasada, la ONU inauguró su 81ª Asamblea General con la participación de jefes de Estado y delegaciones de los países miembros. Entre los discursos que ocuparon la atención internacional estuvo el del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.

    Netanyahu podrá gustarnos o no. Podemos coincidir con algunas de sus decisiones o cuestionar otras tantas. Pero hay algo imposible de negar: su intervención fue contundente y valerosa pues, en buena medida, estuvo dedicada a desmontar un cúmulo de imputaciones y relatos que, repetidos por gobiernos, figuras públicas, medios de comunicación y redes sociales, han venido adquiriendo apariencia de verdad, a imitación del ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, aquel cuyo método se basaba en “una mentira repetida mil veces se convierte en realidad”.

    De hecho, el ya conocido y reiterado desfile-boicot de las delegaciones de determinados países durante la intervención del premier israelí forma parte de esa afrenta cuidadosamente preparada y coordinada. Incluso la información sobre lo ocurrido ha resultado difícil de precisar y, en numerosos casos, contradictoria. Algunas plataformas elaboraron extensas listas de los países cuyas representaciones habrían abandonado el recinto de la ONU, mezclando acontecimientos del año pasado con los de la presente Asamblea General. Otros analistas, en cambio, se dedicaron a desentrañar lo que efectivamente ocurrió.

    Delegados de varios países abandonaron la sala de la Asamblea General de la ONU cuando iba a comenzar la intervención de Netanyahu. Según algunas fuentes, este desfile fue una coreografía deliberada: los palestinos y sus simpatizantes solicitaron la asistencia ese día de más delegados de los habituales, para que su salida apareciera como un evento de la mayoría de las naciones, lo cual no correspondió a la realidad
    (Foto: elpais.es)

    Cuando las falacias se multiplican, dejan de ser percibidas como opiniones y terminan instalándose como si fueran hechos. Además, esa versión es amplificada por celebridades, políticos, organismos internacionales y medios de comunicación que deberían estar obligados a verificar la información. Resulta inaceptable que la historia sea definida a través de estereotipos y patrañas, que el terrorismo sea presentado como resistencia, y que la propaganda termine sustituyendo a la realidad.

    Israel y el pueblo judío se han convertido en objetivos de una campaña de deslegitimación y estigmatización, en la que los hechos son seleccionados, mutilados, desfigurados o presentados fuera de contexto para construir una narrativa conveniente a intereses específicos. Y esa narrativa no se limita a cuestionar las acciones de un gobierno israelí: se proyecta sobre los judíos del mundo.

    Mientras se acusa a Israel de una serie de crímenes, se silencian o relativizan las responsabilidades de Hamás, de la Yijad Islámica Palestina, de gazatíes comunes y, sin dejar de lado al multimillonario emirato de Catar, en los sucesos que desembocaron en la tragedia del 7 de octubre de 2023. En este punto es importante destacar que Hamás no es un organismo convencional: se trata de un grupo terrorista yijadista que, desde su fundación, proclama abiertamente su designio de destruir a Israel, y con esa intención perpetró una brutal masacre contra civiles israelíes además de secuestrar a cientos de ellos.

    Sin embargo, en sectores de la opinión pública internacional la víctima ha terminado convertida en victimario y el agresor en una suerte de símbolo de resistencia ¿Cómo llegamos a tal inversión de la realidad? Una parte de la respuesta está en la maquinaria propagandística que ha conseguido imponer conceptos, imágenes y consignas sin una comprobación rigurosa de lo que se afirma. Otra, en la facilidad con que las redes sociales convierten un relato emotivo en una verdad viral. Y otra, quizás más alarmante, en la alianza circunstancial entre sectores de la izquierda radical y movimientos vinculados al islamismo político y al yijadismo.

    Cuando las falacias se multiplican, dejan de ser percibidas como opiniones y terminan instalándose como si fueran hechos. Además, esa versión es amplificada por celebridades, políticos, organismos internacionales y medios de comunicación que deberían estar obligados a verificar la información

    Un gobierno democrático como el israelí puede ser criticado. El problema surge cuando la crítica se trasforma en demonización. Cuando aparece un doble estándar y se niega a Israel el derecho que se le reconoce a cualquier otro Estado. Y ese discurso calumnioso, lleno de odio y desinformación, alcanza a los judíos, desdibujando peligrosamente esa frontera.

    En la actualidad el antisemitismo se presenta disfrazado de activismo político, de peroratas que pretenden ser humanitarias o una supuesta preocupación por los derechos humanos, pero cuando la condena se enfila exclusivamente contra Israel, mientras se distorsionan o vacían de contenido términos de enorme gravedad como colonialismo, apartheid, hambruna o genocidio, la discusión deja de ser un análisis serio de los hechos para convertirse en una trasferencia de culpas, mediante la cual se proyectan sobre Israel y los judíos responsabilidades que no les corresponden, pues la historia demuestra que, en el pasado, precisamente esos difamadores han cometido crímenes de ese tenor; y quizá ese es el motivo por el que, con injusticia y desfachatez, se los achacan a Israel y a los judíos.

    Por ello, el discurso de Netanyahu ante la 81ª Asamblea General debe ser examinado más allá de la simpatía o antipatía que despierte. Lo importante es detenerse en los sucesos que señaló, contrastarlos con la evidencia y desmontar la tan dañina narrativa. Porque cuando la propaganda reemplaza a los hechos, también se tergiversa la historia.

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    Yossi Bentolila
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