
Alberto Salinas*
A raíz del repunte del antisemitismo a partir del 7 de octubre del 2023, circularon en las redes algunos textos que apelan a la sobrerrepresentación judía en los Nobel como prueba de su talento y contribución a la humanidad. Como si los galardones fueran un test de coeficiente intelectual colectivo o una suerte de prueba genética. Ahora pasan de ser un premio académico a una medalla olímpica de la inteligencia étnica. Aunque es tentador usar los Nobel en defensa de los judíos, también puede ser un arma de doble filo.
Hasta 2025 cerca de mil personas habían recibido el premio, y según recuentos habitualmente citados, alrededor de una quinta parte eran judíos, pese a que representan apenas el 0,2% de la población mundial. Los asiáticos, que constituyen cerca del 60% de la población mundial, han recibido el 8,5% de los premios. Por cierto, la mitad son japoneses.
“Un transistor vale más que mil papers, pero el Nobel premia el paper”
Anónimo
Pero ¿alguien duda de la inteligencia de los asiáticos? Porque ellos tienen el mayor rendimiento académico en matemáticas y ciencias en las universidades de Estados Unidos, y superior al de los judíos… ¿Será que no se los dan porque no les gusta usar el frac, el dress code de las ceremonias de entrega?
Los Nobel premian ideas originales con impacto histórico, sesgo incluido. Porque además de ser inteligente, hay que estar en el lugar correcto, en el momento correcto y vivir lo suficiente. Se tiene que esperar años a que la idea demuestre su vigencia y, además, estar vivo para recibir el galardón.
Todos los ganadores son brillantes, pero no todos los brillantes ganan el Nobel. Desde Estocolmo, comités occidentales premian la ciencia básica, la “ruptura conceptual” y no la “excelencia técnica”. Además, históricamente, se han concentrado en universidades europeas y norteamericanas.
No hay un gen de la inteligencia. Son miles en múltiples áreas los que determinan la capacidad intelectual. Influyen en la memoria, razonamiento, orientación espacial, lenguaje, velocidad de procesamiento, etc. Además está el ambiente que nos rodea, como la educación temprana, la nutrición, la salud y el contexto social
En 1901, cuando se instituyó el premio en nombre de Alfred Nobel, los judíos no estaban plenamente integrados en las universidades europeas ni norteamericanas. En Europa persistían cuotas y exclusiones formales producto del antisemitismo. En Estados Unidos, aunque la segregación no era legal, se les impedía el acceso a las mejores instituciones académicas.
Todo empezó a cambiar a partir de los años treinta, cuando miles de judíos, muchos de ellos científicos, llegaron escapando del nazismo. Pero esos ya traían su pékale cultural, su mochila milenaria, la que prioriza la educación y el debate…
Para los judíos discutir es el deporte nacional, llevan siglos entrenando. Recuerdo en mi colegio hebreo a estudiantes decididos a corregir a nuestros profesores cuando los resultados de los problemas de física o matemáticas les salían mal. Algunos estudiaban para llevarle la contraria al examinador y, bueno… a veces tenían razón.
“Me siento pesimista sobre el futuro de África, su inteligencia no es la misma que la nuestra” (2007)
“Yo diría que la diferencia es genética” (2019)
James Watson
James Watson fue uno de los descubridores de la estructura molecular del ADN y, por consiguiente, de los genes, el manual de instrucciones de cómo funciona la vida. También fue el director del proyecto Genoma Humano. Sus declaraciones fueron consideradas como racistas y carentes de bases científicas sólidas, por lo que le fueron retirados todos sus títulos honoríficos. No le quitaron el Nobel de Medicina porque el premio, por ley de la fundación, es irrevocable.
No hay un gen de la inteligencia. Son miles en múltiples áreas los que determinan la capacidad intelectual. Influyen en la memoria, razonamiento, orientación espacial, lenguaje, velocidad de procesamiento, etc. Además, está el ambiente que nos rodea, como la educación temprana, la nutrición, la salud y el contexto social.
Si no existen genes específicos de la inteligencia, sino una base poligénica compartida por toda la humanidad, tampoco existen pueblos genéticamente más inteligentes que otros. Usar el Nobel para medir eso no es ciencia sino retórica cultural.
“No nacemos sabios, llegamos a serlo”
Séneca
Los judíos están divididos por su historia y geografía entre sefardíes, originarios de la península ibérica, norte de África, Imperio Otomano y Medio Oriente; y asquenazíes, provenientes de Europa Central y Oriental. Y también existe una aún mayor sobrerrepresentación asquenazí en universidades europeas y norteamericanas, y por extensión en los premios Nobel. Entonces, ¿los asquenazíes son más inteligentes que los sefardíes? Los mismos que creen que los judíos son “superiores” —y conozco algunos— suelen pensar que sí.
Los judíos no son “superiores”, son distintos por su historia y por su herencia, pero no la biológica, sino la “cultural”. Decir que son más inteligentes porque ganan más premios Nobel es una afirmación esencialista que, aunque sea sin querer, contribuye al antisemitismo, que ya se defiende muy bien por sí solo
Los judíos asquenazíes estuvieron sometidos a muchos periodos de exclusión económica y social. Para ellos la educación formal era el equipaje para migrar, y les daba oportunidades de ingreso en las universidades modernas europeas. Los sefardíes, generalmente en entornos más pobres, pero más estables, desarrollaron una educación más humanista y mejor integrada al mundo cotidiano.
El Estado de Israel funcionó como un “ecualizador”. Un idioma común, escolarización obligatoria, acceso amplio a la universidad, salud garantizada y servicio militar obligatorio. Allí, las diferencias iniciales de rendimiento cognitivo entre ambos grupos tienden a reducirse en una o dos generaciones. Hoy no existen en Israel diferencias significativas atribuibles al origen asquenazí o sefardí.
Los judíos Beta Israel son, desde el punto de vista étnico, africanos negros subsaharianos, como otros grupos etíopes. Practicaron por siglos una forma de judaísmo bíblico, aislados del mundo rabínico. En 1973, el Gran Rabino sefardí Ovadía Yosef dictaminó que los Beta Israel eran judíos según las leyes de la Torá.
Las guerras civiles, las persecuciones y la hambruna extrema los llevaron a acogerse a la Ley del Retorno. A partir de 1984, Israel organizó rescates masivos. Llegaron con enormes desventajas iniciales. Emigraron para sobrevivir.
Hoy suman alrededor de 180 mil, y representan aproximadamente el 2,3% de la población judía de Israel. Cerca de la mitad nació en Etiopía y ya existe una tercera generación de israelíes de origen etíope. Su nivel de escolaridad ha aumentado, y las diferencias con el promedio nacional se han reducido notablemente. Forman parte de las Fuerzas de Defensa de Israel como oficiales, comandantes y de unidades de élite. Tienen acceso y presencia académica en universidades e instituciones técnicas, y hay entre ellos funcionarios públicos, diputados, jueces y alcaldes. Están en el mainstream cultural israelí como artistas, periodistas, atletas, etc.
Aunque los estudios genéticos de los judíos etíopes muestren un claro predominio africano, su inteligencia no cambió al aterrizar en Tel Aviv. Lo que cambió fue la escuela, el idioma y la oportunidad.
Los judíos no son “superiores”, son distintos por su historia y por su herencia, pero no la biológica, sino la “cultural”. Decir que son más inteligentes porque ganan más premios Nobel es una afirmación esencialista que, aunque sea sin querer, contribuye al antisemitismo, que ya se defiende muy bien por sí solo. Ser inteligente puede generar admiración, pero también envidia, resentimiento y odio, sobre todo cuando esta aseveración es usada con arrogancia. Alimenta la percepción de estereotipos conocidos: “son más astutos”, “manipuladores”, “genios detrás de cualquier conspiración internacional”…
Por cierto, yo soy un judío fifty-fifty: mi padre era sefardí de origen turco y mi madre asquenazí de Ucrania. Entonces ¿cómo califico mi inteligencia?
PD: Sigmund Freud, Jonás Salk y Albert Sabin fueron tres judíos prominentes que merecieron y no ganaron el premio Nobel de Medicina.
*Escritor y cirujano en libre retiro