Esa organización política está siendo moldeada cada vez más por un movimiento que no se limita a oponerse a una decisión o a un primer ministro, sino que trata al Estado judío mismo como una mancha moral
Ori Solow*
El mes pasado, el Partido Demócrata envió un mensaje a los judíos estadounidenses.
No lo envió con una resolución, una manifestación ni un discurso. Lo envió a través de una serie de decisiones políticas: quiénes fueron ascendidos, quiénes fueron relegados, qué exigieron los activistas y qué temieron decir los líderes del partido.
El mensaje fue este: puedes pertenecer a la coalición demócrata, pero solo si tu judaísmo pasa desapercibido políticamente.
Puedes llorar a los israelíes, pero en silencio.
Puedes apoyar la existencia de Israel, pero con cautela.
Puedes llamarte sionista, pero prepárate para defenderte como si hubieras confesado un crimen moral.
Eso no es inclusión. Es una prueba de lealtad.
El senador Bernie Sanders y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, durante un mítin en Brooklyn el pasado 18 de junio
(Foto: Reuters)
El 23 de junio, los candidatos respaldados por el alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, ganaron una serie de primarias demócratas para el Congreso, en las que Israel fue un tema central. En una de las contiendas más reveladoras, Brad Lander derrotó al representante Dan Goldman tras declarar que los demócratas no podían seguir financiando las guerras de Netanyahu y tras calificar el enfoque del gobierno de Biden como un “error catastrófico”.
Mamdani describió entonces el giro político de Nueva York como el inicio de un proyecto nacional: “¿Cuándo empieza la carrera para 2028? Empieza ahora”.
Esto debería alarmar a todos los judíos estadounidenses. No porque a los demócratas se les prohíba criticar al primer ministro Benjamín Netanyahu. No es así. No porque los civiles palestinos no merezcan dignidad, seguridad y un futuro político; lo merecen. Y no porque los votantes judíos exijan lealtad ciega a cualquier gobierno israelí. No lo hacemos.
El peligro es mayor. El Partido Demócrata está siendo moldeado cada vez más por un movimiento que no se limita a oponerse a una política o a un primer ministro. Trata al Estado judío como una mancha moral. Considera al sionismo, la noción de que los judíos, como cualquier otro pueblo, tienen derecho a la autodeterminación nacional, como presuntamente racista. Trata a los judíos que se niegan a renegar de Israel como obstáculos políticos que deben superarse.
Ese partido le enseñó a Estados Unidos que el prejuicio no se vuelve aceptable por estar de moda. Le enseñó que el odio no se vuelve inofensivo por ser popular. Le enseñó que el silencio ante la intolerancia no es neutralidad, sino permisividad
Ese movimiento ya no susurra desde los márgenes. Está ganando primarias. Está marcando las prioridades del activismo. Está obligando a los demócratas del Congreso a reunirse en privado, donde los legisladores reconocen abiertamente la presión que reciben para apoyar medidas que consideran imprudentes.
El 30 de junio, los demócratas de la Cámara de Representantes debatieron una propuesta para prohibir la financiación a Israel. Un legislador declaró a Axios, en referencia a la medida: “Sabemos que es una tontería, pero…”. La frase incompleta lo dice todo.
La cuestión ya no es si los demócratas están de acuerdo con Israel en todas las decisiones. La cuestión es si los líderes demócratas siguen dispuestos a afirmar que Israel tiene derecho a existir sin considerar esa declaración como una desventaja política.
Durante generaciones, los judíos estadounidenses creyeron que el Partido Demócrata comprendía algo fundamental: las minorías no deberían tener que justificar su miedo antes de que este sea tomado en serio. Ese partido le enseñó a Estados Unidos que el prejuicio no se vuelve aceptable por estar de moda. Le enseñó que el odio no se vuelve inofensivo por ser popular. Le enseñó que el silencio ante la intolerancia no es neutralidad, sino permisividad.
A ninguna otra minoría se le dice habitualmente que el apego a su tierra ancestral sea prueba de intolerancia. A ningún otro pueblo se le exige que renuncie a su derecho a la autodeterminación nacional para ser bienvenido en espacios progresistas. A ninguna otra comunidad se le dice que el odio dirigido hacia ella es de alguna manera menos grave, porque quienes lo expresan afirman luchar contra la opresión
Sin embargo, cuando el antisemitismo aparece en espacios progresistas, esos principios de repente parecen negociables. A un estudiante judío se le llama “sionista” como si fuera una acusación. Una sinagoga necesita seguridad porque los judíos son blanco de ataques por su conexión con Israel. Se espera que una figura pública judía responda por cada acción de un gobierno extranjero simplemente por ser judío. Y con demasiada frecuencia, los líderes demócratas responden no con claridad, sino con una coreografía: una declaración que condena «todo odio», un recordatorio sobre la «complejidad», una súplica por el «diálogo», y luego silencio cuando los activistas de su propia coalición cruzan la línea.
Eso no es liderazgo moral. Es cobardía con un vocabulario más refinado.
Los propios demócratas judíos lo están diciendo ahora.
En junio, figuras demócratas judías declararon a Axios que se sienten cada vez más marginadas dentro del partido que ayudaron a construir. Un veterano estratega demócrata describió al partido como «la última institución que nos acogió, y ahora se vuelve hostil». El representante Jared Moskowitz advirtió que los líderes del partido no se toman el problema en serio, y que las declaraciones de condena han perdido relevancia.
Tienen razón. Porque esto no es simplemente un debate sobre ayuda, diplomacia o guerra. Se trata de si a los judíos se les permite definir su propia identidad.
A ninguna otra minoría se le dice habitualmente que el apego a su tierra ancestral sea prueba de intolerancia. A ningún otro pueblo se le exige que renuncie a su derecho a la autodeterminación nacional para ser bienvenido en espacios progresistas. A ninguna otra comunidad se le dice que el odio dirigido hacia ella es de alguna manera menos grave, porque quienes lo expresan afirman luchar contra la opresión.
El Partido Demócrata no está perdiendo la confianza de los judíos porque estos se hayan vuelto repentinamente intolerantes a la crítica. La está perdiendo porque demasiados demócratas han dejado de distinguir la crítica de la demonización, el activismo de la intimidación y la solidaridad de la exclusión
Pero a los judíos sí. A los judíos se les dice que el sionismo es racismo, aunque el sionismo es la noción de que la vida judía jamás debería depender de la clemencia de gobernantes, turbas o gobiernos que le pueden retirar su protección de la noche a la mañana.
Se dice a los judíos que los llamados a eliminar a Israel son una mera expresión política, aunque eliminar a Israel significaría desmantelar el único Estado judío del mundo en una región donde los judíos han sido masacrados, expulsados y perseguidos repetidamente.
Se dice a los judíos que la preocupación por los civiles israelíes es moralmente cuestionable, incluso después de que el 7 de octubre demostrara precisamente por qué la supervivencia de Israel no es una cuestión abstracta. Y se dice a los judíos que deben hacerse más pequeños para seguir siendo aceptables.
Más pequeños en el dolor.
Más pequeños en su identidad.
Más pequeños en sus convicciones.
Más pequeños en público.
Esa es la verdadera traición.
El Partido Demócrata no está perdiendo la confianza de los judíos porque estos se hayan vuelto repentinamente intolerantes a la crítica. La está perdiendo porque demasiados demócratas han dejado de distinguir la crítica de la demonización, el activismo de la intimidación y la solidaridad de la exclusión.
El partido no necesita convertirse en un grupo de apoyo incondicional a Israel. Necesita convertirse en un partido capaz de tener claridad moral. Necesita afirmar que el asesinato de israelíes por parte de Hamás fue un acto malvado. Necesita afirmar que Israel tiene derecho a defender a su pueblo. Necesita afirmar que el sionismo no es racismo. Necesita afirmar que el antisemitismo es antisemitismo, incluso cuando proviene de activistas progresistas, campus universitarios o primarias demócratas. Y necesita afirmar que los judíos estadounidenses no tienen que renunciar a una parte fundamental de su identidad para ganarse un lugar en la vida pública.
La derecha política tiene sus propios antisemitas, conspiranoicos y extremistas. No merecen excusas ni protección. Pero los fracasos de la derecha no justifican los fracasos de la izquierda.
Un movimiento político que reconoce el odio en todas partes excepto dentro de su propia coalición no está combatiendo la intolerancia. La está gestionando.
Un partido que exige a los judíos que superen una prueba de pureza ideológica antes de protegerlos no les ofrece un sentido de pertenencia. Los somete a un juicio.
*Fundador de SZM, un movimiento en redes sociales que aboga por la seguridad de los judíos neoyorquinos y empodera a la próxima generación de voces judías.
Fuente: The Jerusalem Post.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.
Por primera vez, más de 100 demócratas votaron para recortar la ayuda a Israel
La Cámara de Representantes de Estados Unidos rechazó este miércoles una enmienda para recortar la ayuda militar a Israel, a pesar de que casi la mitad de los demócratas la apoyaron, lo que refleja una creciente ruptura entre los “progresistas” estadounidenses e Israel a raíz de la guerra en Gaza.
La Cámara votó 314 a 104 en contra de la medida, presentada como enmienda a un proyecto de ley de gastos del Departamento de Estado por el representante republicano Thomas Massie de Kentucky. Sin embargo, 103 demócratas y un republicano la respaldaron, lo que representa un cambio significativo con respecto a años anteriores, en que los proyectos de ley de apoyo a Israel se aprobaban casi por unanimidad.
Los demócratas de izquierda están presionando para poner fin a la ayuda estadounidense a Israel en sus campañas para las primarias de las elecciones de mitad de mandato, mientras que los demócratas moderados abogan por destinar fondos exclusivamente a armamento defensivo.
Massie es un defensor de la austeridad fiscal que se opone a toda ayuda exterior, pero afirma que también responde al alto costo humano de los ataques israelíes en Gaza: «Ha habido 70.000 víctimas en Gaza, y no creo que debamos ser cómplices», declaró durante el debate en la Cámara de Representantes.
Su enmienda habría prohibido el uso de fondos del proyecto de ley de asignaciones para Israel, y habría bloqueado 3300 millones de dólares en asistencia de seguridad anual que Washington envía a Israel.
Recientemente, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu ha señalado varias veces que desea eliminar totalmente la ayuda militar estadounidense.
Con información de Reuters.