Sharon Pardo*
Cuando una librería destaca una obra, la coloca junto a otras o decide no tenerla en su catálogo, la tienda dirige silenciosamente el recorrido intelectual de sus visitantes
Recientemente, en una gran librería de una capital de Europa del Este, recorrí la sección de historia esperando encontrar estanterías dedicadas a la historia judía y el Holocausto. En cambio, las estanterías estaban repletas de libros sobre Gaza y la historia palestina, reflejo del intenso interés global actual por el Medio Oriente. Sin embargo, algo más sutil llamó la atención: a pesar del profundo pasado judío de Europa Oriental, casi no había nada sobre el mundo judío.
Las librerías son las arquitectas silenciosas de la memoria cultural. Más allá de las ventas, también moldean la forma en que las sociedades se recuerdan a sí mismas. A lo largo de las estanterías, los lectores se topan con interpretaciones del pasado. Cada sección refleja decisiones sobre qué voces se amplifican y cuáles se marginan. En este sentido, las librerías hacen mucho más que distribuir conocimiento; ayudan a determinar qué narrativas llegan al imaginario colectivo.
(Imagen: Gemini IA)
Los académicos han comprendido esta influencia desde hace mucho tiempo. En The Bookshop: A History of the American Bookstore (2024), Evan Friss traza la evolución de las librerías independientes desde la época del estadista, científico y filósofo Benjamín Franklin hasta la actualidad, demostrando que rara vez han sido mercados neutrales. Han servido como espacios cívicos donde los libreros moldearon deliberadamente lo que sus comunidades leían y debatían. Desde la lucha por la abolición de la esclavitud en el siglo XIX hasta los debates modernos en torno al movimiento “Black Lives Matter”, las librerías dieron voz a las ideas emergentes.
Un estante nunca es solo un estante. Cuando un librero destaca una obra, la coloca junto a otras o decide no tenerla en su catálogo, la tienda guía discretamente el recorrido intelectual de sus visitantes.
Los libros de historia ocupan un lugar particularmente importante en este proceso. Contienen relatos de conflicto, resiliencia y trasformación a lo largo de las generaciones. Sin embargo, cada libro de historia refleja decisiones: qué eventos merecen énfasis, cuyo sufrimiento se reconoce, qué voces tienen autoridad. Una vez que estos libros llegan a una librería, se integran en un diálogo más amplio sobre cómo las sociedades interpretan el pasado. Los lectores que hojean una sección de historia no se limitan a conocer los hechos. Se topan con versiones contrapuestas de la memoria.
Las librerías físicas aportan algo que el espacio digital rara vez reproduce: el descubrimiento. Las plataformas en línea guían a los lectores hacia lo que ya esperan. Las librerías invitan a la sorpresa. Alguien que busca un título puede toparse con otro que trasforma por completo un tema. Ese encuentro fortuito puede despertar la curiosidad y generar nuevos debates. Por esta razón, las decisiones de los libreros tienen un peso cultural real.
Mi reciente visita a la librería en Europa del Este ilustró esta dinámica con una claridad inusual. El país carga con un fuerte peso histórico. Durante la Segunda Guerra Mundial, gran parte de su población judía fue aniquilada. Hoy en día, el país se encuentra entre los aliados más cercanos de Israel en Europa. Por lo tanto, cabría esperar que sus librerías presentaran una amplia y visible colección de obras sobre historia judía, el Holocausto y la presencia centenaria de comunidades judías en toda la región.
Las librerías físicas aportan algo que el espacio digital rara vez reproduce: el descubrimiento. Las plataformas en línea guían a los lectores hacia lo que ya esperan. Las librerías invitan a la sorpresa. Alguien que busca un título puede toparse con otro que trasforma por completo un tema. Ese encuentro fortuito puede despertar la curiosidad y generar nuevos debates. Por esta razón, las decisiones de los libreros tienen un peso cultural real
Al recorrer la sección de historia, descubrí algo sorprendente. Estante tras estante exhibían libros dedicados a la historia palestina y a la historia de Gaza. Entre los títulos figuraban La guerra de los cien años contra Palestina, de Rashid Khalidi; Gaza: Una historia, de Jean-Pierre Filiu; Breve historia de la Franja de Gaza, de Anne Irfan; y Europa musulmana, de Tharik Hussain.
Estos libros representan perspectivas académicas legítimas y merecen su lugar en el debate público. Su presencia no es el problema. Desde los atentados terroristas liderados por Hamás en el sur de Israel el 7 de octubre de 2023, las guerras en Gaza e Irán han acaparado la atención mundial, y los lectores buscan, naturalmente, obras que les ayuden a comprender lo que están presenciando. Las editoriales responden a esa demanda, y las librerías responden a las editoriales. El mercado sigue la conversación. No hay nada siniestro en esto.
Lo que me impactó fue algo completamente distinto. Entre los cientos de títulos de la sección de historia, solo un libro abordaba directamente el Holocausto: Los códigos del Holocausto de Christian Jennings, un análisis de la lucha de inteligencia en la que los criptógrafos británicos de Bletchley Park descifraron comunicaciones secretas de las SS y la Gestapo, revelando la magnitud de las matanzas masivas que se desarrollaban por toda Europa.
Un solo libro. En el continente donde ocurrieron los hechos.
Ciertamente, Palestina y el Holocausto son temas completamente distintos. Ninguno le debe nada al otro, y el auge de los estudios palestinos no es responsable de la ausencia del otro. Cada uno exige y merece ser abordado en sus propios términos. Pero lo que me reveló esa librería no es un fracaso local, sino un fenómeno específico.
Los historiadores a veces hablan de una jerarquía de víctimas: una clasificación implícita según la cual ciertas formas de sufrimiento reciben atención constante, mientras que otras se desvanecen gradualmente de la conciencia pública. Las librerías no crean esa jerarquía por sí solas, pero la reflejan y refuerzan
En toda Europa, el volumen de libros que examinan la historia y la política palestinas ha crecido rápidamente, impulsado por una producción académica genuina y una creciente demanda pública. Este crecimiento es legítimo y bienvenido. Pero cuando se produce sin una presencia comparable de obras sobre la historia judía, el Holocausto y la larga trayectoria de la vida y la persecución judías en Europa y el Medio Oriente, algo esencial desaparece del panorama cultural. El pasado se lee a través de una perspectiva cada vez más limitada.
Los historiadores a veces hablan de una jerarquía de víctimas: una clasificación implícita según la cual ciertas formas de sufrimiento reciben atención constante, mientras que otras se desvanecen gradualmente de la conciencia pública. Las librerías no crean esa jerarquía por sí solas, pero la reflejan y refuerzan. Cada mesa de exposición, cada decisión de compra, cada sección temática contribuye a una señal más amplia sobre qué historias permanecen visibles y cuáles se permite que se desvanezcan.
Las guerras de la memoria no se libran en campos de batalla. Se libran a través de la investigación académica, la narración de historias y las instituciones que las llevan a los lectores. Entre esas instituciones, las librerías ocupan una posición discreta pero trascendental. La disposición de sus estanterías puede parecer trivial. No lo es.
Cuando una tragedia tan inmensa como el Holocausto desaparece de la vista pública en el mismo continente donde ocurrió, la pérdida no es un descuido editorial. Es una erosión más profunda del paisaje de la memoria. Y en esa silenciosa contienda por la conciencia histórica, el mundo judío parece estar perdiendo terreno.
*Investigadora principal del Instituto de Políticas del Pueblo Judío (JPPI); profesora de Estudios Europeos y Relaciones Internacionales en la Universidad Ben Gurión del Néguev, Israel.
Fuente: European Jewish Press (ejpress.org).
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.