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    Perspectivas

    En sus 250 años, la historia judía es fundamental para la experiencia de Estados Unidos

    Published by Yossi Bentolila on 6 julio, 2026
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    • 250 años
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    • Judíos en Estados Unidos

    Samuel J. Abrams*

    En 2026, Estados Unidos celebra sus 250 años de independencia. Este aniversario, conocido como “América 250”, trae consigo discursos, exposiciones, programas educativos y rituales cívicos destinados a narrar la historia de la nación desde una nueva perspectiva. Los aniversarios de esta magnitud nunca se limitan al pasado; son momentos en los que un país decide qué recuerda, qué olvida y qué elige trasmitir.

    Esta celebración llega en un momento de gran tensión. La confianza en las instituciones es baja. La confianza nacional es frágil. Y los judíos estadounidenses se enfrentan a un aumento del antisemitismo sin precedentes en una generación en los campus universitarios, en instituciones culturales, en el discurso público y, cada vez más, en la vida cotidiana. La Auditoría de Incidentes Antisemitas de 2024 de la ADL registró 9354 casos en todo Estados Unidos, una cifra récord, y un aumento del 84% solo en los incidentes ocurridos en los campus. Los judíos son acosados, excluidos y se les dice, a veces explícitamente, que su lugar en la sociedad estadounidense es condicional.

    Todo esto convierte a “América 250” en algo más que un simple acto conmemorativo. Es una prueba de la memoria cívica.

    Sinagoga Touro de Newport, Rhode Island, fundada en 1763, antes de la independencia de Estados Unidos
    (Foto: nps.gov)

    Para los judíos estadounidenses, es también un momento de responsabilidad. Debemos insistir —claramente y sin reservas— en que la historia judía no es secundaria a la historia estadounidense. Es fundamental para ella.

    Los judíos no vinieron a Estados Unidos para escapar de sus ideales, vinieron por ellos. Desde la época colonial, Estados Unidos ofreció algo excepcional en la historia judía: un orden político que separaba la ciudadanía de la teología, protegía la conciencia religiosa y permitía que las minorías prosperaran sin renunciar a su identidad. Esa promesa no se cumplió del todo, pero era real, y los judíos la reconocieron de inmediato. Respondieron no replegándose sobre sí mismos, sino actuando hacia afuera con lealtad, gratitud y un profundo sentido de la obligación.

    Los judíos lucharon en la Guerra de Independencia. Haim Salomon, un corredor de bolsa judío de origen polaco, ayudó a financiar al ejército de George Washington en un momento crítico antes del asedio de Yorktown. Las congregaciones judías se organizaron en los primeros años de la república. Los líderes judíos defendieron la libertad religiosa no solo para los judíos, sino también para católicos, cuáqueros y otros que se encontraban fuera de las mayorías protestantes. Mucho antes de que el pluralismo se convirtiera en un lema, los judíos lo vivían como una práctica cívica.

    Los judíos no vinieron a Estados Unidos para escapar de sus ideales, vinieron por ellos. Desde la época colonial, Estados Unidos ofreció algo excepcional en la historia judía: un orden político que separaba la ciudadanía de la teología, protegía la conciencia religiosa y permitía que las minorías prosperaran sin renunciar a su identidad

    Estados Unidos no invisibilizó a los judíos; hizo posible la vida judía. Un pequeño pero significativo ejemplo ilustra esto: la Congregación Shearith Israel, fundada en 1654 por judíos que huían de la persecución en Brasil, es anterior a los propios Estados Unidos. Sus miembros oraron bajo el dominio británico, apoyaron la Revolución Americana y reconstruyeron sus comunidades tras incendios, guerras y oleadas de inmigración. Cuando George Washington escribió su carta de 1790 afirmando que el gobierno de Estados Unidos “no tolera la intolerancia”, se dirigía a una comunidad judía ya integrada en la vida cívica de la nación. Esa congregación aún existe hoy en Newport, Rhode Island, no como una reliquia, sino como una institución viva. Su continuidad lo demuestra claramente: los judíos no fueron meros espectadores de la historia de Estados Unidos, contribuimos a su construcción y nos quedamos.

    En todos los sectores importantes de la vida estadounidense, las contribuciones judías han sido fundamentales, no meramente secundarias. En el comercio y las finanzas, los empresarios judíos ayudaron a construir la economía estadounidense moderna. En ciencia y medicina, los investigadores judíos ampliaron el conocimiento, prolongaron la vida y fortalecieron la salud pública. En Derecho y jurisprudencia, los pensadores judíos moldearon la interpretación constitucional y los derechos civiles. En los movimientos obreros, la filantropía, el periodismo, las artes, la educación y la enseñanza superior, los judíos ayudaron a construir las instituciones que definieron la vida estadounidense moderna.

    Louis Brandeis (1856-1941), primer judío que llegó a juez de la Corte Suprema de Estados Unidos
    (Foto: britannica.com)

    Los judíos ayudaron a construir Hollywood y Broadway, la universidad moderna y el hospital moderno, la sinagoga del barrio y la coalición nacional de derechos civiles. Estos no fueron proyectos paralelos ni accidentes de éxito. Eran expresiones de una tradición que valora el aprendizaje, el debate, la responsabilidad moral y la obligación comunitaria, y de un país que permitía vivir esos valores abiertamente.

    Este patrón importa. Refleja algo más profundo que el logro. Los judíos estadounidenses no son simplemente una denominación religiosa o una categoría demográfica: somos un pueblo con historia, memoria, ley, ritual y continuidad a través de generaciones. Estados Unidos es fuerte no porque haya borrado esas identidades, sino porque las acogió e integró en el tejido cívico. El experimento estadounidense no pidió a los judíos que dejaran de ser un pueblo, solo pidió que viviéramos como ciudadanos. Lo hicimos y construimos.

    El experimento estadounidense no pidió a los judíos que dejaran de ser un pueblo. Solo pidió que viviéramos como ciudadanos. Lo hicimos y construimos

    El propio judaísmo ayuda a explicar por qué esto funcionó. La vida judía y nuestras tradiciones nunca han sido meramente una cuestión privada de fe y práctica. Ser judío es una forma de vida arraigada en la ley, el aprendizaje, la comunidad y la obligación moral. Estados Unidos, de manera única, hizo espacio para ese tipo de seriedad religiosa sin exigir conformidad o eliminación. Esta es la razón por la que los judíos han estado históricamente entre los más firmes defensores de la Primera Enmienda: no solo sus protecciones para la libre expresión, sino sus garantías de libre ejercicio. La libertad religiosa no fue una concesión a los judíos, fue un principio cívico compartido que permitió a judíos, católicos, protestantes y otros prosperar juntos.

    El experimento estadounidense funcionó porque suponía que la diferencia, adecuadamente gobernada, fortalece en lugar de debilitar una sociedad libre. Los judíos entendieron eso intuitivamente y lo vivieron diariamente.

    Martin Luther King marchando junto a líderes religiosos judíos, incluido el rabino Abraham Joshua Heschel, durante la histórica marcha por los derechos civiles de Selma a Montgomery en 1965
    (Foto: jewishjournal.org)

    Sin embargo, hoy ese entendimiento compartido se está desgastando. En algunos sectores, los judíos son nuevamente tratados como ciudadanos condicionales: valorados por sus contribuciones pasadas pero sospechosos en el presente. En las universidades, la identidad judía se reformula como responsabilidad política. En los espacios culturales, la historia judía se borra selectivamente. En los círculos de activistas, a los judíos se les dice que solo pertenecen si reniegan de su condición de pueblo, de su historia o de su conexión con Israel.

    Esto no es progreso. Es una regresión peligrosa.

    El antisemitismo prospera donde la memoria cívica colapsa, donde los judíos ya no son vistos como vecinos, constructores y conciudadanos, sino como abstracciones o intrusos. Florece cuando la historia de Estados Unidos se vuelve a contar como un juego de poder moral, en lugar de un experimento de pluralismo, moderación y obligación mutua, logrado con tanto esfuerzo.

    En algunos sectores, los judíos son hoy nuevamente tratados como ciudadanos condicionales: valorados por sus contribuciones pasadas pero sospechosos en el presente. En las universidades, la identidad judía se reformula como responsabilidad política. En los espacios culturales, la historia judía se borra selectivamente. En los círculos de activistas, a los judíos se les dice que solo pertenecen si reniegan de su condición de pueblo, de su historia o de su conexión con Israel

    Por eso es tan importante “América 250”. La forma en que la nación cuente su historia determinará a quién se le permitirá pertenecer a ella.

    En un momento en que la cultura estadounidense lucha por mantener unidos el pasado y el presente (cuando la historia es santificada o borrada), el pueblo judío ofrece un modelo diferente. Los judíos son un pueblo moldeado por la memoria sin parálisis, por la discusión sin ruptura, por la continuidad sin uniformidad. Esa sensibilidad no es secundaria al éxito judío en Estados Unidos. Ese es precisamente el tipo de madurez cívica que ahora requiere el experimento estadounidense. Una nación que no puede tolerar al pueblo judío no puede sostener por mucho tiempo el pluralismo.

    El 250 aniversario de Estados Unidos no debe convertirse en un ejercicio más de autodenuncia nacional. Es necesario un análisis honesto, pero también lo son la gratitud, el orgullo y el nuevo compromiso. El experimento estadounidense tuvo éxito no porque eliminó la diferencia, sino porque la gobernó. Los judíos no tuvieron éxito aquí al abandonar quiénes eran. Lograron llevar la ley, el aprendizaje, la vida familiar, el debate y la obligación moral judíos a la vida pública, sin pedirle a Estados Unidos que se volviera judío y sin volverse menos judíos ellos mismos.

    Marcha a favor de Israel en el National Mall de Washington, 14 de noviembre de 2023
    (Foto: tpr.org)

    El experimento estadounidense no tuvo éxito a pesar de la condición de pueblo de los judíos; tuvo éxito en parte porque la nación lo acogió con agrado.

    En el 250 aniversario de Estados Unidos, los judíos no debemos acobardarnos ni susurrar. Debemos enseñar, escribir, construir, celebrar e insistir —con calma pero con firmeza— sobre nuestro lugar en la historia nacional. No somos meros invitados en Estados Unidos. No somos beneficiarios de una tolerancia temporal. No somos forasteros que por casualidad triunfaron. Somos estadounidenses por convicción, por contribución y por compromiso.

    La historia judía está entretejida en las libertades, las instituciones, la cultura y el vocabulario moral de Estados Unidos. Negar esto no solo es malinterpretar la historia judía, sino también malinterpretar a Estados Unidos mismo.

    En el 250 aniversario de Estados Unidos, los judíos no debemos acobardarnos ni susurrar. Debemos enseñar, escribir, construir, celebrar e insistir —con calma pero con firmeza— sobre nuestro lugar en la historia nacional

    Y hay algo que debe decirse con la misma claridad: el odio debe cesar. No porque los judíos seamos frágiles. No porque tengamos miedo. Sino porque el antisemitismo es incompatible con el proyecto estadounidense mismo.

    Estados Unidos funciona cuando sus ciudadanos se ven como socios en un proyecto compartido. Los judíos hemos sido socios desde el principio. Hemos ayudado a esta nación a crecer y seguiremos haciéndolo.

    Esta no es una exigencia de reconocimiento; es un reconocimiento que ya está escrito en la historia estadounidense.

    *Profesor de Ciencias Políticas en el Sarah Lawrence College, e investigador sénior en el American Enterprise Institute.
    Fuente: The Algemeiner (algemeiner.com).
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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    Yossi Bentolila
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