Esta semana, el jueves 14 de mayo de 2026, se celebra el Día de Jerusalén de acuerdo con el calendario hebreo. Han transcurrido 59 años desde la Guerra de los Seis Días de 1967, un conflicto que significó el establecimiento de Israel como potencia regional al vencer a tres poderosos ejércitos en seis días. Un milagro de nuestro tiempo para los judíos, que significó recuperar la ciudad más santa del judaísmo, su capital eterna, recordada en todas las oraciones del día, todos los días y en todas las festividades.
No cabe duda de que la victoria de 1967, inesperada y muy rápida, llenó a los israelíes y a los judíos de un espíritu de cierta euforia. Para algunos, con seguridad se acercaban los tiempos de la redención. No es trivial regresar a la tierra de donde fueron expulsados dos mil años antes para reconstruir un país, y tener la capital que fue donde se asentó el Templo de Salomón, símbolo sin discusión de los principios religiosos y de la pertenencia a la tierra prometida, de la independencia nacional.
El triunfo de los seis días convirtió a Israel en un poderoso país que inspiraba admiración, pero ya no lástima. La conquista de la Margen Occidental de manos de los jordanos, y la de Gaza de manos de los egipcios, convirtieron a Israel en el administrador obligado de una población hostil cuyos anfitriones anteriores ya no deseaban controlar. Esta situación se ha mantenido desde entonces, y los distintos y numerosos intentos de solucionar el problema palestino y el estatus de Jerusalén, no han tenido éxito.
La Torre de David, en la Ciudad Vieja de Jerusalén
(Foto: DepositPhotos)
Hace unos días estuvo muy presente en las redes una entrevista que se le hizo a Golda Meir después de la Guerra de los Seis Días. Varios aspectos llaman la atención: el inglés de la primera ministro, que era impecable, tanto como su claridad para expresarse. La pregunta de entonces, como la de hoy, es aquella que señala la posibilidad de volver a las fronteras de 1967 para conseguir la paz. Una muy tranquila Golda Meir respondía que esa era la situación en 1967, cuando no había paz; algo que se ha repetido mil veces, pero no logran entender quienes no quieren entenderlo. Escuchando a Golda Meir, parece uno oír la descripción de lo que sucede también hoy. Vehemente en su reclamo a los países de entonces, que condenaban las acciones militares de Israel al igual que hoy, como si sus enemigos no fuesen crueles adversarios dispuestos a echar los judíos al mar o borrar al país del mapa.
Por cierto, el Día de Jerusalén y la independencia de Israel coinciden en el mes hebreo de Iyar, el único que, además de Jeshván, no tiene festividades ni celebraciones. Algún mensaje, que no casualidad, ha de tener esta circunstancia, llamativa sin duda: algo que faltaba por completarse. Y señala la estricta e indisoluble relación de los judíos con la tierra de Israel y su ciudad principal.
Aunque algunos pretendan separar lo judío de lo israelí, ello resulta imposible. El triángulo de Dios, Torá (ley divina) y tierra prometida es indisoluble. Los judíos son mucho más que una religión, y no tiene sentido desvirtuar esta conexión. Para muestra, lo que ahora ocurre en la ciudad de Nueva York bajo la administración del novel alcalde Zohran Mandani.
Los judíos prefieren tener a Jerusalén y ser atacados, que ser atacados igual sin tener a Jerusalén. Lo mismo aplica para con el Estado de Israel
Nueva York es la ciudad con más judíos en el mundo. Tienen muchos años allí y mucha presencia. Los judíos estadounidenses son muy cercanos y solidarios con Israel, y tienen también distintos grados de acuerdos y desacuerdos con el gobierno de turno y sus políticas. Como debe ser. Va un par de veces que, en una icónica sinagoga de Manhattan, Park East, se realizan exposiciones y ferias relacionadas con Israel, en particular sobre proyectos inmobiliarios, y en la calle ocurren protestas violentas de corte antiisraelí que terminan con las típicas consignas antisemitas de siempre, las mismas de la Alemania nazi o la Europa de entonces (¿y ahora?). Es evidente que ni los antiisraelíes disfrazados de otra cosa, ni los antisemitas menos disimulados, son capaces de evitar reconocer —aun en su propia contra— la innegable conexión de los judíos con Israel, no importa la denominación o desprestigio que quiera atribuírsele. Siendo Israel una obra de los judíos, un Estado judío, resulta inútil querer distanciar o disociar a las diásporas de su nexo natural y querido.
La celebración del Día de Jerusalén trae una que otra complicación cada año. Desfiles de banderas por rutas que deben custodiarse o evitarse, provocaciones de quienes la adversan. Cuando Hamás era el gobierno absoluto de Gaza, amenazaba con lanzar cohetes a la ciudad. La alegría de los israelíes siempre tiene algo que pretende empañarla. Este año sigue la guerra contra Hezbolá, y la campaña contra Irán no termina. Si es que los tiempos mesiánicos han de ser precedidos por conflictos muy fuertes, el requisito se viene cumpliendo.
Los judíos prefieren tener a Jerusalén y ser atacados, que ser atacados igual sin tener a Jerusalén. Lo mismo aplica para el Estado de Israel.
Feliz día de Jerusalén, ciudad de las tres religiones monoteístas.