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    El caos y la incoherencia de Trump han llevado al fracaso en el conflicto con Irán

    Published by Yossi Bentolila on 17 junio, 2026
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    • Jonathan S. Tobin
    • Programa nuclear de Irán

    El daño que Israel y Estados Unidos infligieron al régimen terrorista islamista se perdió con un acuerdo que beneficia a Teherán y reivindica al expresidente Barack Obama

    Jonathan S. Tobin*

    Es un trago amargo para quienes pasaron gran parte de la última década elogiando a Donald Trump como el presidente más proisraelí desde la fundación del Estado judío moderno. Es igualmente difícil de aceptar para quienes comprendieron que su rechazo a las ideas preconcebidas del establishment de la política exterior, arraigado en el Departamento de Estado, los medios de comunicación y la academia, era esencialmente correcto en casi todos los casos.

    Sin embargo, es innegable que la decisión de Trump de llegar a un acuerdo con Irán —el Estado paria al que declaró la guerra el 28 de febrero junto con Israel— representa una derrota aplastante para Estados Unidos, para Israel y para él mismo. Y quienes han elogiado al presidente por todo lo bueno que hizo durante su mandato en la Casa Blanca no deberían dudar en decirlo.

    (Imagen: revistadelibros.com)

    Confianza inmerecida

    El acuerdo, que Trump presentó como una “paz real” por haber reabierto el Estrecho de Ormuz, es un triunfo para Teherán. Los iraníes no cedieron en nada, salvo en esa medida a la que recurrieron cuando quedó claro que estaban perdiendo estrepitosamente.

    Lo que resulta aún más desalentador para los defensores de Trump es que una crítica clave a su presidencia se ha visto confirmada: la falta de precisión y coherencia intelectual en las declaraciones políticas del presidente siempre ha sido objeto de burla por parte de sus críticos. Pero mientras Trump se aferró a su desconfianza instintiva hacia la clase de “expertos” que había guiado la política exterior estadounidense durante generaciones, eso realmente no importaba. El enfoque que guió sus decisiones de trasladar la embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén; la decisión de impulsar los Acuerdos de Abraham, en lugar de persistir en esfuerzos infructuosos por negociar la paz con los palestinos, y de presionar con firmeza a Irán para que dejara de apoyar el terrorismo internacional y renunciara a sus ambiciones nucleares, ha dado frutos.

    Lo mismo ocurrió con otros logros, como asegurar la frontera que el expresidente Joe Biden había dejado desprotegida, permitiendo la entrada masiva de millones de inmigrantes ilegales al país; derrocar a Nicolás Maduro, el dictador de Venezuela; o forzar a las universidades estadounidenses de élite a dejar de tolerar y fomentar el antisemitismo en sus campus debido a sus políticas “progresistas” de diversidad, equidad e inclusión.

    Mientras esto fue así, la fanfarronería del presidente y sus extravagantes publicaciones en redes sociales, repletas de amenazas y alardes hiperbólicos, eran simplemente una cuestión de estilo y modales.

    Pero el fracaso en Irán puede trazarse al caos que siempre subyacía en todo lo que hacía.

    Iniciar una guerra con todos sus resultados impredecibles y variables implícitas no era lo mismo que emitir decretos presidenciales o publicar en redes sociales. Le faltó la capacidad de mantenerse firme, porque su mentalidad tiende a buscar la gratificación inmediata y las victorias rápidas. Trump es un hombre fuerte, pero su imprevisibilidad y su confianza en su genialidad para negociar no fueron suficientes para sostenerlo cuando las cosas se pusieron difíciles

    Trump podría haber mantenido una postura de principios respecto a Irán, a pesar de los contratiempos y problemas, hasta lograr la victoria, en cuyo caso habría sido aclamado como un gran líder mundial. Iniciar una guerra con todos sus resultados impredecibles y variables implícitas no era lo mismo que emitir decretos presidenciales o publicar en redes sociales. Le faltó la capacidad de mantenerse firme, porque su mentalidad tiende a buscar la gratificación inmediata y las victorias rápidas. Trump es un hombre fuerte, pero su imprevisibilidad y su confianza en su genialidad para negociar no fueron suficientes para sostenerlo cuando las cosas se pusieron difíciles.

    Eso lo dejó vulnerable a la influencia de personas como Steve Witkoff, su enviado especial para el Medio Oriente, y su asesor y yerno Jared Kushner, cuyo enfoque hacia Irán se asemeja al de los miembros de administraciones demócratas anteriores (y, seamos sinceros, ambos están supeditados a Catar).

    Un hombre con principios coherentes de política exterior, en contraposición al deseo insaciable de triunfos a corto plazo, podría haber comprendido que Witkoff, Kushner y el vicepresidente J.D. Vance —el supuesto líder de los neoaislacionistas dentro de la administración— lo estaban conduciendo hacia la misma postura errónea sobre Irán que Obama.

    Sus devotos seguidores de MAGA se negaron a creerlo. Reprendían repetidamente a cualquiera que expresara el temor de que estuviera a punto de renunciar a los logros de la guerra, acusándolos de no comprender su sutil estrategia. Afirmaron que cualquier indicio de que pudiera imitar la traición de Obama a Occidente con respecto a Irán era simplemente una muestra de la astucia de Trump, jugando al ajedrez tridimensional mientras engañaba y provocaba a sus críticos. Su fe en él es tan profunda que algunos seguirán insistiendo en esto mucho después de que sea evidente que han sido engañados.

    Pero la fe en su criterio está mal fundada. En lugar de soportar más meses de críticas, altos precios del petróleo y una caída en su popularidad, en pos de los objetivos en los que había invertido tanto dinero y recursos estadounidenses, Trump simplemente ha cedido en una de las prioridades clave de política exterior a la que se había adherido desde que entró en la política en 2015.

    Repitiendo el error de Obama

    A pesar de las afirmaciones de Trump, las ambiciones nucleares de Irán no se han extinguido. El pacto deja abierta la posibilidad de que puedan conservar su material nuclear restante. Las promesas que han hecho sobre no tratar de producir armas nucleares no son más que mentiras recicladas con las que engañaron a los predecesores del presidente. No son más fiables que las del peligrosamente débil Plan de Acción Integral Conjunto (JPOA por sus siglas en inglés) de 2015 de Barack Obama, al que Trump, con razón, había calificado de inútil durante los últimos 10 años. De hecho, aunque los términos propuestos por Trump para poner fin al programa nuclear iraní son algo más duros que los de Obama, ambos dependen de Teherán, es decir, son igualmente inútiles.

    ¿Por qué, tras tanta retórica belicista y un éxito militar tangible en la guerra, Trump finalmente cedió, otorgando semejante victoria tanto a sus críticos internos como a sus antagonistas iraníes?

    Estados Unidos e Israel habían infligido pérdidas devastadoras al ejército iraní, así como a sus programas nuclear y de misiles, además de gran parte de la infraestructura del país, con la que Irán había amenazado a la región. Sin embargo, Irán tenía el poder —mediante drones y misiles— de amenazar el trasporte marítimo en el Golfo Pérsico, afectando así el precio del petróleo.

    El dinero que la rendición de Trump pondrá a disposición del gobierno iraní lo apuntalará y probablemente garantizará tanto su longevidad como su capacidad para mantener a sus aliados terroristas Hezbolá y Hamás en Líbano y Gaza

    Gracias a la independencia energética que las políticas de Trump habían contribuido a lograr, los estadounidenses sintieron el impacto de este problema en menor medida que la mayoría de la población mundial. Aun así, provocó un aumento en los precios de la gasolina en Estados Unidos. Dado que Trump no había presentado argumentos convincentes a favor de la guerra ante el pueblo estadounidense, este hecho incrementó la impopularidad del conflicto, exacerbando la caída en las encuestas del Partido Republicano para las elecciones de mitad de período de este otoño. Eso generó una enorme presión —amplificada por quienes dentro de la administración, liderados por Vance, ya se oponían a su dura política hacia Irán— para poner fin a la guerra sin alcanzar ninguno de sus objetivos iniciales.

    Aunque no se declaró explícitamente, el propósito de iniciar la guerra era lograr que Irán entregara su material nuclear, así como sus misiles balísticos, y abandonara su política de décadas de fomentar el terrorismo en la región. Washington, con razón, había dejado ambiguas sus intenciones respecto al derrocamiento del régimen islamista, con la esperanza de que el duro golpe sufrido por las fuerzas de Teherán, junto con la eliminación de gran parte de su liderazgo, condujera a ese resultado o forzara a los sucesores del asesinado Líder Supremo, el ayatolá Ali Jamenei, a ceder ante las exigencias estadounidenses.

    Cediendo ante la presión

    El presidente podría haber seguido atacando a Irán hasta que se doblegara ante su voluntad. O, una vez que aceptó un alto el fuego flexible en abril, podría haber mantenido el bloqueo de los puertos iraníes, que estaba causando mucho más daño a su economía que el aumento de los precios del petróleo a Occidente, hasta que Teherán se rindiera o el régimen colapsara.

    Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Cedió ante la presión y abandonó los logros alcanzados por Washington y Jerusalén.

    Peor aún, aceptó la premisa de Irán de que el fin de los combates también debía abarcar los esfuerzos de Israel para obligar a los terroristas de Hezbolá en el Líbano a dejar de disparar contra el norte del país y a ceder el poder en Beirut. Esto también dio lugar a los comentarios ofensivos de Trump, ampliamente difundidos, sobre el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, su otrora fiel aliado en la guerra, por su osadía al priorizar la defensa de su pueblo (!) por encima de la inútil diplomacia del presidente con Irán.

    Al amenazar con derrocar a los terroristas islamistas pero no cumplir sus amenazas, Trump dañó gravemente su imagen en todo el mundo, así como la de Estados Unidos. Al igual que Obama, quien se retractó de su promesa de tomar medidas contra el régimen de Bashar al-Assad en Siria si cruzaba la «línea roja» de usar armas químicas contra su población, Trump ha demostrado al Medio Oriente que él también puede ceder ante la presión

    El daño infligido a Irán durante los dos primeros meses de combates fue real y mermó su capacidad para sembrar el caos en la región. Le llevará años reconstruir su ejército y reconstituir sus amenazas nucleares y de misiles. Y siempre existe la posibilidad de que Trump revierta su postura y reanude los ataques, una vez quede claro que Irán simplemente está reorganizando su infraestructura de terror y agresión.

    Pero, ¿acaso alguien en Washington, Jerusalén y otros lugares de Occidente —y, sobre todo, en Teherán— cree seriamente que hará eso, tras haber declarado que este acuerdo resuelve todas las preocupaciones del mundo sobre Irán? Los iraníes saben que está harto de la lucha; eso los hizo aún más intransigentes. Como hicieron durante las negociaciones con Obama y sus enviados, lo conocieron bien y actuaron en consecuencia.

    Trump ha cometido ahora el mismo error que Obama, al relajar las sanciones e incluso descongelar miles de millones de dólares de fondos iraníes en poder de Estados Unidos y sus aliados. Como bien señaló Lee Smith en la revista Tablet, la trasferencia de 20.000 millones de dólares en activos congelados por parte de los Emiratos Árabes Unidos, de los cuales 3000 millones ya fueron entregados a Teherán, quizá en efectivo en paletas de madera como los que envió el 44º presidente para pagar a los terroristas islamistas hace una década, es clave para comprender lo que acaba de suceder. El dinero que la rendición de Trump pondrá a disposición del gobierno iraní lo apuntalará, y probablemente garantizará tanto su longevidad como su capacidad para mantener a sus aliados terroristas Hezbolá y Hamás en Líbano y Gaza.

    Las consecuencias de la rendición

    El petróleo podría ahora fluir, como proclamó el presidente en su red Truth Social, a través del Estrecho de Ormuz, y los precios del gas podrían bajar. Pero el flujo de dinero a Irán garantiza que su régimen seguirá fomentando el terror y la guerra en el futuro, incluso después de que Trump deje el cargo en enero de 2029. Al igual que Obama con su emblemático «logro» en política exterior, ha dejado un peligroso problema para sus sucesores, un problema mucho peor y mucho más difícil de resolver que si no se hubiese rendido.

    Los tiranos iraníes pueden, con razón, afirmar que sobrevivieron al temible ataque de Estados Unidos e Israel y que, en última instancia, obligaron a una superpotencia a rendirse. Aun así, les llevará tiempo recuperar la situación del 6 de octubre de 2023, antes del lanzamiento, lleno de confianza, de la cruel guerra contra Israel por parte de su «frente de resistencia» con las atrocidades del 7 de octubre. Las pérdidas sufridas por el régimen iraní, así como por Hamás y Hezbolá, durante los últimos 33 meses, no fueron imaginarias. Todos son ahora mucho más débiles que entonces.

    Pero tampoco cabe duda de que las perspectivas de Irán han mejorado desde principios de año, cuando parecía que un régimen que había asesinado a decenas de miles de ciudadanos que protestaban contra su tiranía estaba al borde del colapso.

    Trump puede seguir siendo un mejor defensor de la seguridad estadounidense, así como un amigo más confiable de Israel y del pueblo judío, que sus predecesores demócratas. Pero lamentablemente, su guerra contra Irán será ahora objeto de la misma burla con la que describió los conflictos fallidos en Afganistán e Iraq, aunque esto no habría sido necesario si Trump hubiera tenido convicciones más firmes y hubiese liderado una administración menos caótica

    Al amenazar con derrocar a los terroristas islamistas pero no cumplir sus amenazas, Trump dañó gravemente su imagen en todo el mundo, así como la de Estados Unidos. Al igual que Obama, quien se retractó de su promesa de tomar medidas contra el régimen de Bashar al-Assad en Siria si cruzaba la «línea roja» de usar armas químicas contra su población, Trump ha demostrado al Medio Oriente que él también puede ceder ante la presión. Los ataques estadounidenses e israelíes habían puesto de manifiesto la debilidad militar de Irán, pero Teherán ahora puede, como ya lo hizo antes, proclamarse como la potencia dominante de la región, que no cederá ante los ataques occidentales.

    El acuerdo con Irán también supone un duro golpe para la alianza entre Estados Unidos e Israel. Los meses de estrecha cooperación entre las fuerzas armadas de ambos países habían demostrado la fuerza e importancia del vínculo entre Washington y Jerusalén. Al poner fin a la guerra sin alcanzar sus objetivos y reprender a los israelíes para que no se defiendan, Trump ha trasmitido al mundo el mensaje de que, si bien no está completamente desamparado, el Estado judío se encuentra en una posición precaria. Sus declaraciones hiperbólicas e inexactas —“Si no fuera por mí, ahora mismo no existiría Israel”— podrían haberse justificado mientras apoyaba a Israel, pero ahora que socava su seguridad de esta manera, dejan un sabor amargo en la boca de los amigos del Estado judío.

    Una oportunidad perdida

    Los intereses de EEUU e Israel no son idénticos, aunque coinciden en gran medida. Israel no se rinde, y seguirá haciendo lo necesario para defenderse. Sin embargo, se ha perdido la oportunidad de trasformar la región derrotando a Teherán. Esto hará que los futuros conflictos —que el acuerdo de Trump, al igual que el de Obama, contribuirá a fomentar— sean aún más sangrientos y peligrosos para el Estado judío, así como para los Estados árabes moderados, que deberán seguir temiendo las acciones de Irán en los próximos años.

    A nivel interno, la decisión de Trump también fortalece al ala de su partido que era indulgente con Irán y no estaba interesada en defender los intereses occidentales en el Medio Oriente. Y aquellos en el Partido Demócrata que ya no apoyan a Israel y se opusieron a los esfuerzos por prevenir la amenaza iraní que Obama había alentado, también han obtenido una victoria. Pueden afirmar que Trump desperdició vidas estadounidenses y enormes cantidades de escasos recursos militares solo para aceptar la misma humillación que Obama logró sin disparar un solo tiro.

    Vance, cuyas perspectivas presidenciales para 2028 parecían menguar en los últimos meses, es uno de los principales beneficiarios de esta decisión. Su afirmación en el programa «Meet the Press» de la NBC de que todos los conflictos, incluida la Segunda Guerra Mundial, terminaron mediante negociación, ilustró su falta de comprensión tanto de la guerra como de la historia. Sin embargo, esa declaración absurda lo coloca del lado de Trump en el actual debate sobre política exterior, lo que fortalece sus posibilidades de suceder al presidente y convertirse en el próximo líder del Partido Republicano.

    Trump puede seguir siendo un mejor defensor de la seguridad estadounidense, así como un amigo más confiable de Israel y del pueblo judío, que sus predecesores demócratas. Pero lamentablemente, su guerra contra Irán será ahora objeto de la misma burla con la que describió los conflictos fallidos en Afganistán e Iraq, aunque esto no habría sido necesario si Trump hubiera tenido convicciones más firmes y hubiese liderado una administración menos caótica.

    El hecho de que detener las ambiciones nucleares y el terrorismo de Irán fuera tan beneficioso para los intereses de Estados Unidos como para los de cualquier otro país será olvidado, e incluso minimizado, por muchos de los partidarios del presidente. Y el creciente movimiento antisemita, tanto de izquierda como de derecha, retomará y repetirá incansablemente la falsa narrativa de que fue Israel quien llevó a Estados Unidos a un conflicto que no se podía ganar.

    No debemos perder la fe en la victoria final de Israel sobre la ideología perversa que gobierna a Irán y anima a sus aliados terroristas. Bajo el liderazgo de Netanyahu, Israel es una nación más formidable que antes del 7 de octubre, y, sin importar quién la lidere en los próximos años, hará lo necesario para defenderse. Sin embargo, al igual que el fracaso en la eliminación de Hamás en Gaza tras el 7 de octubre, la decisión de Trump de revitalizar al régimen de Teherán implica que se deberán librar más guerras en los próximos años para alcanzar ese objetivo indispensable. Esta es una tragedia que podría haberse evitado si Trump hubiese demostrado ser más sabio y firme.

    *Editor jefe de Jewish News Syndicate (jns.org), colaborador principal de The Federalist, columnista de Newsweek y en muchas otras publicaciones.
    Fuente: Arutz Sheva (israelnationalnews.com).
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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