Desde Kurt Waldheim hasta el Premio Nobel de la Paz: una reflexión sobre la reverencia mal dirigida
Peter Himmelman*
Quiero comenzar con un dato sorprendente que poca gente recuerda. En 1972, el exnazi Kurt Waldheim se convirtió en Secretario General de las Naciones Unidas. Este era —y sigue siendo— el cargo diplomático más prestigioso del mundo. Apenas tres años después, bajo el mandato de Waldheim, la Asamblea General aprobó la Resolución 3379. Se trataba de una declaración insidiosa, respaldada por la Unión Soviética, que afirmaba que el sionismo era una forma de racismo. La resolución fue aprobada el 10 de noviembre de 1975, coincidiendo con el 37º aniversario de la Kristallnacht («Noche de los cristales rotos»). Me cuesta creer que la elección de la fecha haya sido mera coincidencia.
Para refrescar la memoria de mis lectores más jóvenes: la Kristallnacht fue el episodio en el que turbas nazis incendiaron sinagogas, destruyeron negocios judíos, y agredieron brutalmente o asesinaron a judíos en comunidades de toda Alemania y Austria.
Lo que el mundo aún no sabía —o más probablemente, se negaba a reconocer como un problema— era que Waldheim había ocultado su pasado como oficial de inteligencia alemán durante la guerra. Estuvo destinado en los Balcanes, bajo un mando acusado de la deportación y el asesinato de judíos, así como de brutales represalias contra la población civil. De hecho, en 1948 la Comisión de las Naciones Unidas para los Crímenes de Guerra lo incluyó en su lista de presuntos criminales de guerra.
Kurt Waldheim vistiendo uniforme nazi. Treinta años más tarde sería Secretario General de las Naciones Unidas
(Foto: Wikimedia Commons)
Deténganse un momento a reflexionar sobre esto.
La ONU —una organización creada cuando aún humeaban los hornos crematorios, impregnados del hedor a restos humanos calcinados— elevó a un hombre con un pasado nazi oculto a su puesto administrativo de mayor rango. Y con Waldheim al mando, esa misma organización aprobó una resolución que calificaba de racista el movimiento del pueblo judío por su autodeterminación nacional.
Pero esto no trata sobre Kurt Waldheim. Él no es más que una detestable nota a pie de página; un ejemplo representativo de una cuestión mucho más amplia y profunda.
Espero que lo que tengo que decir no resulte demasiado complejo o abstruso. Quizá te preguntes, al igual que yo, por qué el mundo parece estar saliéndose de su eje, por qué la gente teme por su futuro y por qué las instituciones que nos acostumbramos a respetar ya no nos inspiran respeto. El New York Times, la ONU, el Congreso, la presidencia, el Premio Nobel de la Paz… incluso nuestros admirados artistas, poetas, dramaturgos y escritores; esas figuras creativas a las que antes admirábamos, sintiendo —en mayor o menor medida— que poseían cierta comprensión de cómo funcionaba el mundo. ¿Adónde ha ido a parar la autoridad moral?, nos preguntamos.
Creo que esa es la pregunta equivocada. Es muy probable que no haya ido a ninguna parte. Lo más seguro es que, para empezar, nos habíamos convencido erróneamente de que residía en esas instituciones y en esos individuos.
¿Cómo pudo ocurrir esto?, te preguntarás. ¿Acaso no hubo, en algún momento, adultos al mando? Pues en realidad no los hubo. Y si los hubo, ¿cómo explicamos la Shoá?
Aquellos a quienes considerábamos «adultos» son los mismos que ves en el auto de al lado en la autopista, los mismos que te encuentras eligiendo las mejores peras en el supermercado. O los mismos que se cuelan en la fila mientras esperas para embarcar en un vuelo. Mi tesis —que parece volverse menos enrevesada cuanto más escribo sobre ella— es que todas esas personas e instituciones que nos enseñaron a venerar están compuestas por seres humanos; simples mortales que hablan por teléfono desde sus cubículos o envían mensajes de texto desde la comodidad de sus aviones privados. Seres falibles, irascibles, tercos y, en ocasiones, brillantes. Todos y cada uno de ellos, propensos a tener una percepción catastróficamente errónea de la realidad.
Detengámonos por un momento en el caso de Waldheim. No me resulta difícil imaginar a un hombre que, al levantarse por la mañana, orina, se cepilla los dientes, se mira al espejo y reflexiona —como hacemos todos— sobre su lugar en el mundo. ¿Quién me quiere? ¿Quién me respeta? ¿Quién intenta humillarme o, por el contrario, ensalzarme? ¿Qué huella dejaré en el mundo? Es probable que estos sean los mismos pensamientos que el señor Waldheim tuvo de niño.
He aquí algo a considerar mientras reflexionamos tanto sobre los «adultos» en la sala como sobre nosotros mismos: ninguno de nosotros ha superado por completo las limitaciones que nos impusieron nuestras experiencias de la infancia. En algunos casos, como bien sabemos por experiencia propia, la situación incluso ha empeorado. Tomemos, por ejemplo, a alguien como Waldheim; podemos deducir que, con gran probabilidad, no era un hombre estúpido. En absoluto. Alcanzó un rango demasiado elevado para serlo. Pero la inteligencia no equivale, de ninguna manera, a la moralidad, ni tampoco ofrece una vía de escape frente a los agravios sufridos durante la infancia.
Mi tesis —que parece volverse menos enrevesada cuanto más escribo sobre ella— es que todas esas personas e instituciones que nos enseñaron a venerar están compuestas por seres humanos; simples mortales que hablan por teléfono desde sus cubículos o envían mensajes de texto desde la comodidad de sus aviones privados
Ahora imaginémoslo vistiendo un uniforme: impecable y almidonado. Lleva insignias y emblemas, otorgados por otros «adultos» en la misma sala —sometidos, al igual que él, a las mismas debilidades humanas—. Escribe bien, habla bien. Se ha convertido en una de las personas más poderosas del mundo. Y durante su mandato, supervisa un acto de castigo contra el pueblo judío; un acto que, si bien no tiene parangón en cuanto a brutalidad con lo que le precedió, resulta, no obstante, de consecuencias trascendentales.
¿Es él, entonces, el culpable? No del todo. Aun así fue un individuo despreciable, a quien el pueblo judío bien podría aplicar la misma expresión que se utiliza al referirse a Hitler y a otros enemigos a lo largo de la historia: yemaj shmo (ימח שמו), «que su nombre sea borrado».
¿Es la institución de la ONU la culpable? Mmm… tampoco es eso exactamente. ¿Somos acaso nosotros —personas como tú y como yo— quienes, tras ver fotografías del edificio de la ONU frente al East River en Manhattan, al observar su logotipo cuidadosamente diseñado y escuchar los discursos —meticulosamente redactados— de esos «adultos» en su solemne salón, nos dejamos engañar al creer que se trataba de un lugar dotado de autoridad moral? No lo creo.
Donde realmente radica la culpa —si es que «culpa» es la palabra adecuada— es en la facilidad con que los seres humanos hemos sido condicionados para venerar cosas, personas e ideas que, en realidad, no merecen tal veneración.
«No tendrás otros dioses delante de mí». Todos hemos oído esa frase. Y, como tantas otras cosas, la hemos escuchado tantas veces que ha terminado por perder todo su significado. Pero ¿qué hay en el fondo de todo esto? ¿Qué relevancia tiene para esta idea y para nuestras propias vidas en esta peligrosa coyuntura que, según se dice, ocurre aproximadamente cada ochenta años?
Permítanme una breve digresión.
Los escritores William Strauss y Neil Howe denominaron a estos momentos críticos «cuartos giros» (Fourth Turnings). Sostenían que, más o menos cada ochenta años, las instituciones construidas por una generación son rechazadas por la siguiente. Su teoría no ha sido demostrada, pero resulta plausible que sea precisamente este el punto donde nos encontramos ahora. Yo añadiría que, cuando se señala a los judíos como la causa de los males del mundo —tal como ocurre hoy en muchos ámbitos—, podemos sospechar, con razón, que estamos inmersos en ese «cuarto giro».
Donde realmente radica la culpa —si es que «culpa» es la palabra adecuada— es en la facilidad con que los seres humanos hemos sido condicionados para venerar cosas, personas e ideas que, en realidad, no merecen tal veneración
Somos personas modernas; yo también lo soy. La idea de los «becerros de oro» suena a algo antiguo; no parece resonar con nosotros. Sin embargo, debería hacerlo. Esos becerros dorados están por todas partes: un logotipo seductor, un montón de dinero, la estatua dorada de un presidente, un uniforme, una bandera. Un edificio a orillas del East River, fotografías retocadas digitalmente de personas hermosas con cuerpos espléndidos y dientes perfectos, diez millones de visualizaciones en Instagram, buques de guerra, medallas, insignias. Debemos realizar constantemente una evaluación —cada vez más difícil—: ¿es aquello que capta mi atención y guía mis acciones, ya sea en mayor o menor medida, digno de mi veneración?
Este es el momento en el que debemos esforzarnos por pensar por nosotros mismos. Cuando hablo de «esforzarnos», quiero que reflexionen detenidamente sobre lo que esto implica. No planteo esto como una conspiración; no creo que las conspiraciones a gran escala sean posibles. Lo que digo es que cualquiera que desee pensar de forma independiente debe luchar contra instituciones poderosas que compiten por nuestra atención y nuestra sumisión. Ciertamente, la tecnología es un factor, pero cabe señalar que se trata de un fenómeno universal, presente desde tiempos inmemoriales. Pienso en el Faraón, pienso en Stalin, y en tantos otros…
Estamos presenciando cosas que apenas podemos creer. En 1975, la ONU, con un antiguo nazi al frente, declaró que el sionismo es racismo. En 2025, una comisión de la ONU acusó a Israel de genocidio; una acusación que ahora pesa como una «letra escarlata» sobre quienes apoyan a Israel —sobre mí, mis amigos e incluso mi madre de 93 años—. Y en 2026, Navi Pillay, una figura ferozmente antiisraelí, recibió el Premio Nobel de la Paz.
Todo parece tan ilógico. Y al mismo tiempo, dada la propensión humana a la falta de lógica, ¿no resulta lógico concluir que esta es, sencillamente, la manifestación más reciente de una condición natural —por más aborrecible que sea— del razonamiento humano defectuoso?
La advertencia contra la idolatría no se aplica únicamente a las instituciones que admiramos; también a nuestras propias convicciones. Podemos convertir nuestras ideas en ídolos con la misma facilidad con que convertimos a las instituciones en tales. Esto es lo que sucede cuando depositamos nuestra fe en cosas que, en realidad, merecen nuestro escepticismo.
A ti y a mí, nos deseo mucho éxito a la hora de distinguir qué es qué.
*Músico, cantautor, compositor, artista visual y autor. Ha sido objeto de reportajes en medios como Rolling Stone, WSJ, NPR, Tablet y Time.
Fuente: Substack de Peter Himmelman.
Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.