
Cien hogares reconstruidos y, en Sucot, una reflexión sobre el verdadero significado de volver a casa
Eduardo Milgram Azrak*
Han pasado tres meses desde aquel terremoto que sacudió a La Guaira y Caracas, afectando a decenas de familias de nuestra comunidad. Desde ese primer momento, frente a la incertidumbre y los daños, comenzó a tomar forma una respuesta que tendría a toda la comunidad como protagonista.
Llegar hasta aquí comenzó mucho antes de la primera reparación. Comenzó con la solidaridad.
Desde el primer momento, familias, instituciones y amigos de la comunidad, tanto en Venezuela como en el exterior, se movilizaron para aportar los recursos necesarios. Cada institución encontró su propia manera de contribuir, desde sus capacidades, su experiencia y sus recursos. Esa suma de esfuerzos hizo posible todo lo que vino después: evaluar, levantar, presupuestar, reparar y finalmente entregar. Detrás de cada una de esas viviendas hay también alguien, una persona, una familia o una institución, que decidió ayudar.
Pero los recursos eran apenas el comienzo. Había que convertir esa solidaridad en acción.
Levantamiento técnico en una de las 300 viviendas evaluadas por voluntarios y profesionales
Para hacerlo se creó el Vaad Neemán —la Mesa de la Confianza—, un espacio que reunió a representantes de las distintas instituciones de la comunidad alrededor de una misma mesa. Personas con experiencias, criterios y responsabilidades diferentes, pero con un objetivo común: coordinar esfuerzos, tomar decisiones y trabajar juntos para dar una respuesta efectiva a cada familia afectada.
De esa coordinación surgió una forma de trabajo en la que cada comisión asumió una responsabilidad específica, pero todas funcionaron como parte de un mismo esfuerzo.
La Comisión de Bienestar fue la encargada de evaluar cada caso, entendiendo que detrás de una vivienda afectada había una familia con una realidad distinta. No se trataba de aplicar una misma fórmula para todos, sino de escuchar, entender qué se había perdido y establecer qué era lo más urgente. Ese primer contacto humano marcó el rumbo de todo el proceso.
Con las necesidades identificadas, entraba en acción la Comisión de Infraestructura, integrada por 26 voluntarios entre arquitectos e ingenieros de nuestra comunidad. Vivienda por vivienda realizaron los levantamientos técnicos necesarios para convertir los daños en planes concretos de reparación.
Eso significó recorrer edificios, subir escaleras sin ascensor, revisar daños, preparar presupuestos, contratar trabajos y supervisar su ejecución. Una labor enorme que muchas veces ocurrió lejos de las cámaras y de los reconocimientos.
Residencias Villa Saboya en San Bernardino, en el que muchas paredes exteriores de desprendieron
La magnitud del esfuerzo llegó a un punto especialmente desafiante: hubo un momento en el que se coordinaron trabajos de reconstrucción en más de 60 viviendas al mismo tiempo. Sesenta obras distintas, con necesidades, proveedores, presupuestos y tiempos diferentes, avanzando en paralelo. Lograrlo exigió una enorme capacidad de coordinación entre las distintas comisiones, instituciones, profesionales y voluntarios involucrados. Cada uno desde su área, con criterios y responsabilidades diferentes, pero todos trabajando hacia un mismo objetivo: que cada familia pudiera volver a su hogar lo antes posible.
La Comisión de Finanzas tuvo la responsabilidad de aprobar y erogar cada pago, procurando que los recursos recaudados fueran administrados con rigor y transparencia.
Y finalmente llegaba la Comisión Lev.
Probablemente el momento más emotivo de todo el proceso: entregar nuevamente una vivienda a una familia que había pasado días, semanas o incluso meses sin poder habitarla. Porque en ese instante no se entregan solamente paredes reparadas. Se recupera algo mucho más importante: la posibilidad de volver a casa, retomar la rutina y recuperar la tranquilidad.
En estos días de Sucot, la idea de hogar adquiere un significado todavía más especial. Durante una semana dejamos la solidez de nuestras casas para habitar, aunque sea por unas horas, una estructura temporal y frágil. La sucá nos recuerda que un hogar es mucho más que sus paredes y su techo; también es el lugar donde una familia encuentra seguridad, pertenencia y tranquilidad
Para coordinar un esfuerzo de esta magnitud también fue necesario desarrollar una aplicación propia que centraliza la información de cada caso: levantamientos, presupuestos aprobados, soportes de pago y avances de obra. Una herramienta que permite acompañar cada expediente desde la primera evaluación hasta la entrega final, garantizando control y trazabilidad durante todo el proceso.
Hoy son 100 viviendas entregadas. Pero cien viviendas no son cien números ni cien direcciones tachadas de una lista. Son cien familias que vuelven a abrir la puerta de su casa. Cien hogares que recuperan parte de la normalidad que un terremoto alteró en cuestión de segundos.
Y quizá eso sea lo más importante de estos tres meses. Frente a una situación que pudo haber dejado únicamente daño y pérdida, apareció una comunidad capaz de organizarse, aportar, trabajar y acompañar. Fue el trabajo de muchos: personas e instituciones con experiencias, responsabilidades, criterios y maneras de hacer las cosas distintas, pero unidas por un mismo propósito. No siempre había una sola mirada ni una única forma de abordar cada reto; precisamente por eso, coordinar, escuchar, ceder cuando era necesario y construir acuerdos se convirtió también en parte esencial de la respuesta. Unos donaron recursos. Otros pusieron su conocimiento. Otros dedicaron horas, recorrieron edificios, acompañaron familias o estuvieron allí para entregar una vivienda terminada.
Cada uno hizo una parte. Y en esa capacidad de sumar diferencias alrededor de un fin común estuvo una de las mayores fortalezas del proceso: entender que la respuesta no pertenecía a una comisión, a una institución ni a un grupo en particular, sino a toda la comunidad.
La Comisión Lev acompaña a cada familia en el regreso a su hogar con un detalle de bienvenida
Entre todos, con funciones distintas pero con un mismo objetivo, hicieron posible que cien familias pudieran volver a casa. Esa unidad comunitaria —traducida en trabajo, coordinación y compromiso— fue tan importante como los recursos y la capacidad técnica.
Eso también es reconstruir dignidad.
En estos días de Sucot, la idea de hogar adquiere un significado todavía más especial. Durante una semana dejamos la solidez de nuestras casas para habitar, aunque sea por unas horas, una estructura temporal y frágil. La sucá nos recuerda que un hogar es mucho más que sus paredes y su techo; también es el lugar donde una familia encuentra seguridad, pertenencia y tranquilidad.
Después de estos tres meses, esa enseñanza se siente especialmente cercana. Hemos visto de cerca lo que significa perder, de un momento a otro, la seguridad de la propia casa. Pero también hemos visto lo que ocurre cuando una comunidad decide acompañar, sostener y ayudar a reconstruir.
Cien familias han podido volver a sus hogares. Y detrás de cada puerta que volvió a abrirse estuvo una comunidad entera diciendo, de muchas maneras: hineni. Aquí estamos.
*Miembro del Vaad Neemán.