Tengo casi toda mi vida adulta escuchando hablar de los Taurel, sí, pero también —y esto lo digo con el corazón puesto sobre la mesa— conocí muchísimo a don Rafael Nahmens, padre de mi queridísimo compadre Gustavo Nahmens (para sus hijas yo soy “tía”). Y cuando uno quiere a un hijo, termina queriendo, respetando y entendiendo al padre. Don Rafael era de esos hombres que no necesitaban presentarse: bastaba verlo caminar, hablar bajito, cumplir, para saber que allí había un señor de verdad.
Y sin embargo, su apellido siempre generaba confusiones simpáticas. Nahmens no es judío, ni lo ha sido jamás. Viene del alemán Newman, “hombre nuevo”, que en Venezuela se volvió Nahmens, con esa h muda que parece puesta para que uno tropiece. Pero no: don Rafael no entró a trabajar con los Taurel por ninguna presunción religiosa. Era católico practicante, de fe tranquila, de esos que no hacen alarde porque la fe se les nota en la conducta, no en el discurso.
La historia de los Taurel es una de esas historias que deberían contarse más, porque explican un país mejor que muchos libros. Llegaron a Venezuela como tantos inmigrantes judíos que buscaban un lugar donde rehacer la vida sin miedo, sin persecuciones, sin sobresaltos. Y encontraron un país que, en ese entonces, abría la puerta sin preguntar demasiado, con esa mezcla de curiosidad y afecto que nos caracteriza.
El puerto de La Guaira en las primeras décadas del siglo XX
(imagen colorizada y optimizada con IA)
Los Taurel no llegaron a mandar: llegaron a trabajar. A construir. A inventar. A sembrar industria donde había ganas, talento y un país dispuesto a crecer. Lo hicieron sin estridencias, sin propaganda, sin pretender ser héroes. Levantaron empresas, sí, pero también levantaron confianza. Crearon vínculos, amistades, lealtades. Por eso uno escucha “Taurel” y no piensa en una marca: piensa en una familia que echó raíces con elegancia silenciosa.
Los Taurel entran en la historia venezolana como quien abre una puerta sin hacer ruido, pero deja pasar un viento que cambia el aire de la casa. Llegaron desde Tetuán, con ese olor a cuero curtido por el sol y a comercio antiguo que traen los puertos del Mediterráneo. Venían con la memoria llena de callejones estrechos y rezos en ladino, y con esa terquedad elegante del sefardí que sabe que la vida es un oficio que se aprende trabajando.
A comienzos del siglo XX, cuando Caracas todavía era una ciudad que bostezaba más de lo que hablaba, León Taurel puso un pie en tierra venezolana. Era joven, casi un borrador de sí mismo, pero ya tenía esa mirada de quien calcula distancias sin mover los labios. Recorrió pueblos, cargó cajas, negoció con paciencia de relojero, y poco a poco fue entendiendo que Venezuela era un país que premiaba al que sabía esperar sin dormirse.
Con el tiempo, León dejó de ser un muchacho con maleta y se volvió un hombre con propósito. Se metió en el negocio de las importaciones, ese arte de traer al país lo que el país todavía no sabía que necesitaba. Y desde allí empezó a tejer una red que lo llevó a sentarse en mesas donde se decidía el futuro: La Electricidad de Caracas, el Banco de Venezuela, Venezolana de Cementos, Celanese. No era un magnate ruidoso; era más bien un arquitecto silencioso, uno de esos que construyen sin levantar polvo.
Pero el apellido Taurel no se quedó en los salones. También bajó al muelle, al olor a sal y a papeles timbrados. De allí nació “La Caraqueña”, que luego sería Taurel & Cía., una empresa que aprendió a moverse entre barcos, aduanas y mercancías como quien baila un danzón sin perder el compás. Más de cien años después, esa casa comercial sigue ahí, como un faro que ha visto pasar tempestades, bonanzas, gobiernos, crisis y resurrecciones.
Llegaron a Venezuela como tantos inmigrantes judíos que buscaban un lugar donde rehacer la vida sin miedo, sin persecuciones, sin sobresaltos. Y encontraron un país que, en ese entonces, abría la puerta sin preguntar demasiado, con esa mezcla de curiosidad y afecto que nos caracteriza
Y mientras todo eso ocurría, León Taurel también se dedicaba a otra construcción: la de su comunidad. Fue presidente de la Asociación Israelita de Venezuela, impulsor de sinagogas, defensor de la identidad judía en un país que, aunque a veces distraído, supo abrir espacio para quienes llegaban con ganas de quedarse. Su liderazgo no era de discursos inflamados, sino de convicción tranquila, de esas que se sienten más que se escuchan.
Así, los Taurel se volvieron parte del paisaje venezolano: comerciantes, industriales, filántropos, navegantes de tierra firme. No hicieron ruido innecesario, pero dejaron huella. Una huella que todavía se reconoce: firme, discreta, y con ese brillo antiguo de las cosas bien hechas.
Y ahí, en ese engranaje fino, estaba don Rafael. El venezolano con apellido alemán castellanizado, el católico disciplinado, el hombre íntegro que se volvió pieza clave en una empresa fundada por inmigrantes judíos. Esa convivencia natural, sin etiquetas, sin prejuicios, sin discursos, es exactamente la Venezuela que muchos recordamos con un nudo en la garganta. La Venezuela donde lo importante no era de dónde venías, sino cómo trabajabas, cómo cumplías, cómo te ganabas el respeto. A don Rafael cada vez que yo lo veía le pedía la bendición, y él me respondía con un beso y un “Dios y María Auxiliadora te bendigan, mija”.
La historia de los Taurel es lindísima, sí. Pero también es un espejo. Un recordatorio de lo que fuimos capaces de ser cuando la diversidad no era un eslogan, sino una práctica cotidiana. Cuando un Nahmens podía ser columna vertebral de una empresa judía y nadie hacía un comentario porque así debía ser.
Mucho que aprender de los Taurel y de don Rafael Nahmens.
*Periodista, ensayista y novelista venezolana.