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    28 octubre, 2026

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    Las elecciones en Israel revelaron una democracia llena de contradicciones

    Published by Yossi Bentolila on 28 octubre, 2026
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    • Benjamín Netanyahu
    • Elecciones en Israel 2026
    • Gil Troy

    Tres años después del peor día en la historia de Israel, el país ha emergido más fuerte, más unido a pesar de todo el ruido, e incluso más feliz a pesar del trauma

    Gil Troy*

    Y el pueblo ha hablado… aunque con un mensaje contradictorio. ¡Los amantes de «Bibi» pueden regocijarse! A pesar de que la mayoría de las encuestas pronosticaban su derrota, su partido, el Likud, se ha alzado como la fuerza más votada según los sondeos a pie de urna. ¡Los anti-Bibi pueden regocijarse! Los partidos de la oposición, en conjunto, podrían haber obtenido hasta 70 escaños, frente a los 50 de la coalición.

    Una vez más, unas elecciones israelíes han girado en torno a Benjamín Netanyahu, el incansable mago de la política israelí. Es sorprendente: tras sus fracasos del 7 de octubre, la mayoría esperaba que dimitiera o que fuera forzado a abandonar el cargo.

    Simpatizantes del partido “Democratim” celebran en Tel Aviv, tras la publicación de los resultados de las encuestas a pie de urna la noche del 27 de octubre. Los conteos dieron luego un resultado distinto
    (Foto: Flash90)

    Netanyahu y el tribalismo político en Israel

    Sin embargo, tres años después los israelíes acudieron a las urnas en «oleadas» —término que el propio Netanyahu utilizó en 2015 para advertir sobre una votación masiva de la población árabe, antes de disculparse una semana más tarde—, y él ha logrado sobrevivir. Ahora, tras haber normalizado a elementos extremistas y haber caído él mismo en una demagogia divisiva —impulsado, en parte, por el pánico—, es poco probable que se retracte de este despliegue de intolerancia.

    La resiliencia de Netanyahu, incluso sin una victoria que le garantice una coalición, refleja el tribalismo político de Israel. La afiliación a un partido —ya sea de derecha o de izquierda— constituye a menudo una declaración de identidad social, étnica y política; algo que Netanyahu explota con gran destreza.

    Pero siendo justos, su resurgimiento no es algo puramente irracional. Muchas de las decisiones tomadas tras el 7 de octubre —que convirtieron la imagen de Netanyahu en algo tóxico a nivel internacional, incluso en Estados Unidos— son, paradójicamente, las que han resucitado su carrera política a nivel interno. Incluso muchos israelíes que lo detestan reconocen que la extenuante batalla en Gaza contra Hamás fue una guerra justa.

    Israel es, en cierto modo, como un caleidoscopio que proyecta imágenes diversas, cambiantes y, a veces, contradictorias. También funciona como una prueba de Rorschach: la gente elogia o condena un Israel simplificado al extremo, una imagen que ellos mismos han construido porque el Israel real es, en cambio, multidimensional y esquivo

    Admiten que, al final, logró traer de vuelta a 168 rehenes con vida y esclarecer el destino de cada uno de los rehenes asesinados, todo ello mientras lideraba una guerra que desmanteló a Hamás, a Hezbolá y a Irán. El hecho de que, en medio de las escaramuzas entre Irán y Estados Unidos, ninguna de las partes desee que los israelíes intervengan en el combate, demuestra que el activo fundamental perdido el 7 de octubre —la capacidad de disuasión de Israel— ha sido restaurado. Quienquiera que se atreva a predecir qué configuración gubernamental resultará de esto posee una bola de cristal mejor que la mía. Pero una vez más, me llaman la atención tres percepciones contrapuestas: la democracia vibrante que tantos israelíes vivieron el martes; la imagen de un Israel opresor y racista —tal como lo perciben sus críticos más obsesivos en Occidente—; y la realidad de una sociedad exasperantemente exitosa, de la cual sus enemigos han vuelto a ser testigos una vez más.

    Israel es, en cierto modo, como un caleidoscopio que proyecta imágenes diversas, cambiantes y, a veces, contradictorias. También funciona como una prueba de Rorschach: la gente elogia o condena un Israel simplificado al extremo —reducido a una visión de blanco y negro—, una imagen que ellos mismos han construido porque el Israel real es, en cambio, multidimensional y esquivo.

    Esta jornada electoral resultó especialmente mágica, especialmente tras todo lo que hemos tenido que soportar desde el 7 de octubre. Muchos observadores destacaron lo significativo que es contar con una democracia judía donde podemos votar libremente, después de milenios bajo la opresión de regímenes autoritarios.

    Las familias disfrutaron de picnics y fueron de compras, los niños aprovecharon su día libre de la escuela, y la gran mayoría de los votantes —pese a esa característica efervescencia israelí— esperaron con paciencia y buena disposición en unas filas sorprendentemente largas; al final, el 77,7 % de los ciudadanos con derecho a voto depositaron sus papeletas, al estilo tradicional.

    La alegría, la calma e incluso la ansiedad que fue creciendo a medida que se acercaba el anuncio de los sondeos a pie de urna a las 22:00 horas, pusieron de manifiesto la fortaleza y el carácter sagrado de la democracia israelí. Estábamos a la espera del veredicto del pueblo.

    La calma frente al caos de la política israelí

    Esta contención contrastaba, además, con el caos y la beligerancia de la política israelí. Es el tipo de contradicción que experimenta todo soldado, todo reservista. Al disponer de mucho tiempo libre, todos saben cuál es la postura de los demás en el plano político, religioso e ideológico. Y dado que hay mucho en juego, no temen alzar la voz para exponer sus diferencias de vez en cuando.

    Los árabes no solo tienen derecho al voto, sino que su altísima participación en estos comicios —libres y pacíficos— los convierte, potencialmente, en una pieza clave para la formación de gobierno. Según los sondeos a pie de urna, los diputados árabes podrían ocupar el 14% de los escaños en la próxima Knesset de este Israel al que algunos tildan de “opresor” y de practicar el apartheid

    Pero llegado el momento de entrar en acción, estos individuos tan distintos —a menudo dispares y de carácter fogoso— se trasforman en una unidad altamente eficaz. Y cuando los hijos de los reservistas celebran su Bar Mitzvá, o cuando un compañero de armas se casa, es fácil identificar la mesa de los amigos del ejército: no solo aportan diversidad al evento sino que, además, son quienes mejor bailan.

    Los antisionistas, obsesivamente antisemitas, son incapaces de asimilar los numerosos momentos de calidez, humanidad, intimidad y democracia genuina que se viven en Israel. En lugar de centrarse en lo esencial, prefieren destacar las diatribas intolerantes de Bibi e Itamar Ben-Gvir, ignorando el dato más relevante de estas elecciones: que el extremismo de Ben-Gvir sirvió, paradójicamente, como incentivo para que muchos árabes acudieran a votar.

    Los árabes no solo tienen derecho al voto, sino que su altísima participación en estos comicios —libres y pacíficos— los convierte, potencialmente, en una pieza clave para la formación de gobierno. Según los sondeos a pie de urna, los diputados árabes podrían ocupar el 14% de los escaños en la próxima Knesset de este Israel al que algunos tildan de “opresor” y de practicar el apartheid.

    Israel emerge más fuerte y unido a pesar del 7 de octubre

    Cabe preguntarse qué estarán pensando los ayatolás y la Guardia Revolucionaria de Irán, los terroristas palestinos —desde Gaza hasta Judea y Samaria— y los efectivos de Hezbolá, cuyas filas no dejan de mermar. Ellos, junto con sus bots, difundirán todo tipo de retórica antisionista; un discurso que sus incautos seguidores en Occidente —e incluso muchos judíos en todo el mundo— terminarán repitiendo o, al menos, creyéndose en parte. Pero nuestros enemigos saben la verdad. «¡Maldición!», deben de estar pensando, «¡otra vez nos han frustrado los planes!».

    Hasta cierto punto, entiendo el odio ciego de los antisemitas hacia nosotros; no hay nada más irritante que ver a las personas que desprecias —y a las que intentas destruir constantemente— recuperarse de una tragedia, vivir la vida al máximo y mostrar al mundo cómo es una sociedad exitosa, a pesar de todos sus desafíos

    Tres años después del día más oscuro de la historia de Israel, el país ha emergido más fuerte y más unido pese a todo el ruido, e incluso más feliz a pesar del trauma, manteniéndose en los primeros puestos de todos los índices de felicidad. Hasta cierto punto, entiendo su odio ciego hacia nosotros; no hay nada más irritante que ver a las personas que desprecias —y a las que intentas destruir constantemente— recuperarse de una tragedia, vivir la vida al máximo y mostrar al mundo cómo es una sociedad exitosa, a pesar de todos sus desafíos.

    Ahora que se ha votado, nosotros, los israelíes, necesitamos una cualidad que hoy en día suele escasear: la paciencia. Los votos deben contarse, y el recuento debería concluir para el viernes. A continuación, deberán comenzar unas negociaciones que, inevitablemente, serán extenuantes. Después, si llega a formarse un nuevo gobierno y logramos superar el bloqueo electoral, cada ciudadano debería recordar actuar con patriotismo. Démosle al nuevo gobierno la oportunidad de triunfar —o de fracasar—, respetando al mismo tiempo el proceso democrático que, una vez más, se ha manifestado de forma tan impresionante este martes.

    *Especialista en historia norteamericana en la Universidad McGill, e investigador principal en el Jewish People Policy Institute.
    Fuente: The Jerusalem Post.
    Traducción Sami Rozenbaum, Nuevo Mundo Israelita.

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